Crecimiento y riqueza
Méritos y deméritos del crecimiento
Decía Eric Schmidt, entonces CEO de Google, que “revenue solves all known problems”. No había problema empresarial que no se pudiese resolver con más ingresos.
De igual manera, nos hemos acostumbrado al mantra, casi universal, de que el crecimiento resuelve todos los problemas. Hablemos de un país, una empresa o una trayectoria personal, crecimiento y éxito se han convertido casi en términos equivalentes.
Aunque el crecimiento trae riesgos y efectos colaterales, sería injusto negar sus méritos, que son muchos.
Un buen punto de partida es la imagen conocida como “la historia de la humanidad en un cuadro”, que relaciona el PIB per cápita con otras variables:
Aunque el crecimiento sea desordenado, y traiga cosas buenas y malas, su elevada correlación con las cosas que importan (en el gráfico podemos ver esperanza de vida, ingesta calórica, reducción de la pobreza, libertad) es tan elevada que probablemente sea la mejor herramienta que tenemos para conseguirlas.
En el mismo sentido, el economista Noah Smith justifica la importancia económica del PIB por “su correlación con muchas de las cosas que son importantes para los seres humanos”, entre las que destaca los ingresos, la calidad de vida, el empleo y el poder de las naciones.
Podríamos concluir que, dados estos beneficios, la Humanidad se ha convertido en un proyecto basado en el crecimiento.
La fórmula del crecimiento
Otra forma, no menos gráfica, de mostrar sus efectos es esta poderosísima imagen de la península de Corea, en la que puede compararse lo distinta que es la vida de los coreanos que quedaron a cada lado de la frontera tras años de caminos separados. Las luces hablan por sí solas.
El crecimiento es el resultado de las decisiones que se toman. Y la historia da buena cuenta de ello. De igual manera que la Revolución Industrial explica “la historia de la humanidad en un cuadro”, son los entornos que favorecen el desarrollo y difusión de la innovación y la tecnología los que explican la diferencia entre las dos Coreas.
Para celebrar sus exitosos primeros 100 años, McKinsey ha publicado “A Century of Plenty”, redactado por su prestigioso McKinsey Global Institute (MGI), que elige el crecimiento como el “leiv motiv” del centenario.
El libro se pregunta qué ha hecho posible el extraordinario desarrollo global en estos últimos cien años, y qué tenemos que hacer para que este modelo pueda continuar y nos lleve mucho más allá. Y concluye recordando que “el crecimiento es bueno”:
No ya porque genere ingresos. Porque permite vivir vidas más seguras, saludables y libres. Porque expande nuestra experiencia vital. Nos proporciona un mayor acceso a ideas, culturas, gente, opciones. Extiende nuestras posibilidades.
Un mundo sin crecimiento es uno en el que tenemos que elegir entre quién se beneficia del progreso y quién se queda atrás. En el que la ganancia de una persona es la pérdida de otra. Un mundo de ganadores y perdedores.
Adictos al crecimiento
No sólo es que el crecimiento nos haga bien. Su ausencia nos roba la esperanza.
De hecho, la felicidad percibida tiene su mejor proxy en el PIB per cápita, al menos a nivel país.

A la inversa, dejar de crecer nos lleva a esa dinámica de suma cero que no estamos acostumbrados a tolerar. Una ruptura con la promesa implícita de que las generaciones futuras van a vivir mejor que las actuales.
No faltan voces que asocian los conflictos sociales e inestabilidad política que estamos viviendo a la reducción del crecimiento económico. Porque ya sólo el 36% de la humanidad espera que el mundo de la próxima generación sea mejor que el suyo, que se reduce a un 9% en el caso de Francia (frente al 66% en China o India).
¿Ha pasado el crecimiento de ser un motor del progreso a una pieza indispensable para mantener el sistema? ¿Nos hemos convertido en un mundo adicto al crecimiento?
Los límites al crecimiento
Un crecimiento que como solución puede ser condición necesaria pero no suficiente para dicho progreso. Más cuando ya se ha topado con ciertos límites que evidencian sus efectos secundarios.
De tanto crecer, hemos topado con los límites de nuestro planeta, como el semáforo de los límites planetarios testifica, con un diagnóstico nada tranquilizador. El cambio climático ya no es una amenaza sino una realidad a la que hay que dar marcha atrás para evitar escenarios irreversibles que impidan contar con una Tierra habitable en el futuro.
A este inquietante escenario responde el crecimiento como solución universal con “la magia de la abundancia”, para resolver los problemas de recursos, y el desacoplamiento entre crecimiento y emisiones, que ya empezamos a ver producirse en cada vez más países.
Sin embargo, conviene recordar que, por mucha abundancia y mucho desacoplamiento que seamos capaces de activar, vamos con retraso. Nunca se había producido un cambio tan grande en las temperaturas en tan poco tiempo. Conviene incorporar rápidamente cualquier mejora que corrija las disfunciones de este modelo.
Un segundo límite, menos mencionado, es nuestra felicidad. Pese a la positiva correlación agregada que ya hemos visto, si bajamos al nivel de lo que hace feliz a cada persona, la lectura es más sutil.
El crecimiento es tremendamente efectivo para aumentar la felicidad que da el pasar de la pobreza al confort. Y sigue funcionando a nivel individual, al menos hasta cierto nivel de ingresos o renta media. Pero, por encima de cierto umbral, su valor marginal produce rendimientos decrecientes.
Como observó Kahneman, a partir de ahí entramos en territorio Maslow: la felicidad depende mucho más de nuestras creencias sobre qué nos hace felices que de razones materiales.
Dollar Street es un proyecto que quiere complementar los fríos datos que comparan el poder adquisitivo en cada país con testimonios reales de familias en todo el mundo compartiendo en imágenes y vídeos su renta mensual y una selección de objetos y acciones que resumen su vida diaria, desde sus mejores zapatos a cómo tiran la basura.
Un buen escaparate para entender las maravillas del progreso y que, gracias al crecimiento, no somos tan diferentes. Y que muestra que el objeto más apreciado en cada familia o lugar no guarda necesariamente relación con su nivel de renta, ni con su precio.
Unfinished business
Porque si bien los beneficios del crecimiento son indiscutibles, no parece que más crecimiento sea la solución universal a todos nuestros problemas. Al menos en su versión actual.
El propio MGI admite en “A century of plenty” que, social y medioambientalmente, “progress is unfinished business”, y el crecimiento debe seguir mejorando sus efectos sobre la distribución, el entorno natural y nuestra propia alegría.
Cuanto menos, este modelo podría ser más eficiente. Se podrían lograr sus mismos beneficios con menores daños colaterales y menor esfuerzo. Porque se basa en la economía lineal y el consumismo:
Una economía lineal, que malgasta recursos y genera muchos más residuos de los imprescindibles. Y que ya cuenta con una alternativa por diseño que podríamos adoptar en su lugar, la economía circular.
Un sistema de producción que depende de la estimulación de un consumo desmedido, más allá del que cubre nuestras necesidades y que no mejora nuestra calidad de vida.
Tal vez sea la solución sea evolucionar a un modelo de crecimiento más cualificado. ¿Necesitamos cambiarlo de nombre o basta con optimizarlo?
No faltan candidatos a sustituirlo. Kate Raworth lo llama “thrive”. Tim Jackson habla de “prosperity”. Tal vez podríamos seguir llamándolo “growth” si somos capaces de asociarlo a otras referencias. Como que genere progreso genuino. O auténtica riqueza.
Naval Ravikant, en su legendario tweetstorm “How to get rich” resume en qué consiste la creación de riqueza:
Todos podemos ser ricos, gracias a la creación de riqueza. Es preferible ser un pobre en un país desarrollado hoy que un rico en la Francia de Luis XIV.
¿Cómo medir esta riqueza? Naval la define por exclusión: La riqueza no es dinero ni status. Frente al status, que es un “viejo juego” de suma cero, la riqueza se genera creando riqueza para los demás, y su gran valor es que te permite comprar tu libertad.
Para Matt Ridley, que se autocalifica como “optimista racional”, el “tiempo ahorrado” es el mejor indicador de progreso, y nos invita a pensar en qué empleamos las 24 horas del día. Nos recuerda que una campesina en Malawi puede “desperdiciar” el 90% de su tiempo en tareas como ir al río a por agua. Y es que el tiempo es la verdadera riqueza.
Paradójicamente, una vez que hemos logrado tanto progreso que hemos liberado nuestro tiempo, nos hemos puesto a inventar objetos de nuestra atención que nos lo quitan. ¿Nos traen más calidad de vida, o es la forma que tiene el sistema de que sigamos alimentando su adicción al crecimiento?
Esperanza y progreso
Nos hemos acostumbrado a que el crecimiento sea la melodía de la esperanza. Pero el sistema necesita un upgrade. Tal vez baste con decidir dónde vale la pena seguir creciendo, y dónde no. Y recordar que el crecimiento es un medio, y no el fin.
Afinar el criterio, porque el progreso es desordenado y habrá que seguir ajustando sobre la marcha. Decidir qué definirá nuestro futuro. Como la vida misma.





Excelente!!! De lectura obligada, bueno... recomendada, en todas las aulas de enseñanza secundaria y universitaria
Chema, incontestable, excelente!!
Abz fuerte
Chema Cobo