El mundo de ayer
Grandeza y autosabotaje
“El mundo de ayer” de Stefan Zweig, una de las obras más conmovedoras del siglo XX, nos muestra un mundo que se desmorona movido por las peores cualidades humanas y las fuerzas del caos.
Escrito durante la segunda guerra mundial, mientras su autor huía de una Europa inmersa en la peor de las pesadillas, evoca una sociedad basada en la libertad y el mérito que se desvanece de forma precipitada: “nadie había visto derrumbarse tantos valores que creía eternos”. Zweig se suicidó en Brasil poco después de publicarla, antes de que acabase la guerra.
La distancia entre el sur y el norte de Miami es de unas 20 millas, lo que debería permitir desplazarse de un extremo a otro en menos de media hora. Pero es habitual que no baje de una hora. Si te mueves en Miami, es probable que pases bastante tiempo en el coche. Con el aire acondicionado puesto.
No es una ciudad pensada para el transporte público. Disfrutarla implica conducirla. Coches atascados quemando gasolina y emitiendo CO2. Probablemente conducidos por personas solas que van al shopping mall a comprar algo que no necesitan. No tan distinto de otras ciudades americanas. Un elemento de The American Way.
Mientras quemaba gasolina en un atasco que no se movía, me encontré comparando “mundos de ayer". Y si las comparaciones son odiosas, esta duele. Pero hay algo de evocar un pasado que se va que las une.

Porque alguien en USA ha decidido que hay un mundo que está en peligro y que hay que proteger y perpetuar, antes de que se convierta en “el mundo de ayer”.
Y es que “the American way” es el inevitable referente internacional de muchas cosas. En buena medida, un cercano continuador del mundo que añoraba Zweig, que casi perdimos y cuyo restablecimiento no llegó a ver. El mundo de las oportunidades, el progreso científico y la libertad.
Un modelo tan exitoso - no sólo económicamente sino también culturalmente y como creador de un imaginario colectivo poderosísimo - que ha sido aspiracional para numerosas generaciones. Todos los mejores quieren ser americanos. The Land of the Free.
Aunque, sorprendentemente, esa no es “The American Way” que alguien se ha empeñado en proteger. Parece que el mundo que se quiere proteger es el atasco de Miami.
Un modelo basado en pasar horas en un coche sin que falte el aire acondicionado. Propulsado por emisiones que ya sabemos que no nos hacen bien. Calentando el clima y amenazando nuestro futuro. Sin que a cambio nos haya proporcionado felicidad duradera.
Medidas como la One Big Beautiful Bill (sic) impulsada por Trump no ofrecen dudas: Ese es el mundo que se quiere proteger. Poniendo todo tipo de obstáculos al despegue de las energías limpias y, no ya reduciendo, sino estimulando aquellas, como el carbón o el petróleo, que sabemos que seguirán aumentando las emisiones de CO2. Para que el atasco no pare. Y el Planeta se siga calentando.
Paradójicamente, el otro lado de “The American Way”, el de la ciencia y la libertad, el que nos recuerda a Zweig, no sólo no se protege, sino que está siendo amenazado. ¿Qué está pasando? ¿Se quiere perpetuar un pasado que se fue? ¿Y a la vez abandonar lo mejor que tuvo y quedarse con lo que deberíamos superar? ¿Qué papel va a jugar USA en la siguiente fase de la historia?
El lado ganador de la historia
Dicen que la historia la escriben la demografía y la tecnología. Los principales poderes desde la Antigüedad se han caracterizado por una comparación de ambas que les ha resultado favorable.
Durante estos últimos siglos, la historia ha seguido a la tecnología. Y de forma muy relevante desde la Revolución Industrial. Inglaterra se convirtió en el principal Imperio del siglo XIX gracias al carbón y todos los desarrollos técnicos derivados del mismo, que sirvió para ir gradualmente introduciendo otras innovaciones, como el acero en sustitución del hierro, o la electricidad y la turbina de vapor. El mundo funcionaba con carbón y eso decidía quién ganaba las guerras, como ocurrió en la primera guerra mundial.
Desde la segunda guerra mundial, hemos vivido la “Pax Americana”, consolidada una vez que USA se convirtió en el principal centro de atracción del talento a nivel mundial. Ello le permitió tomar el relevo del liderazgo de la revolución industrial, y lanzar la revolución digital y tecnológica que reforzó aún más su ventaja.
Grandeza y futuro
Es también en USA dónde arranca la preocupación por el calentamiento global y se inicia una nueva revolución tecnológica capaz de hacer compatible el crecimiento económico con nuestra prosperidad futura. Plasmada en desarrollos como las energías renovables y el vehículo eléctrico, que a su vez construyen sobre los avances de la revolución digital.
La globalización y deslocalización de la producción hizo que buena parte de los aprendizajes de esta nueva revolución sostenible hayan permitido a China, convertida de facto en “fábrica del mundo”, replicar el conocimiento industrial que suponía fabricar los iPhones, Teslas, placas solares y baterías. Unidos a una agresiva política industrial, le ha permitido apalancar estos desarrollos y presentarse como un líder alternativo para la siguiente revolución.
Porque la revolución renovable y de las tecnologías limpias excede su impacto medioambiental y trasciende al liderazgo económico con una oferta más competitiva: estas son las innovaciones que parecen perfilar las tecnologías del futuro. Más allá de las ideologías, como esperábamos que hubiese podido ver un Trump más pragmático y ya ocurre en Estados republicanos como Texas.
¿Entonces por qué renunciar a ellas y dejarle a otro el terreno libre? ¿Qué está pasando?
No es ya la insensatez, difícil de justificar, de seguir generando emisiones para acelerar el calentamiento del Planeta. Es renunciar a las tecnologías que, como el carbón o el microprocesador en su momento, abren la llave del futuro. En paz y en guerra.
Y por si no fuese suficiente, esta renuncia tecnológica viene acompañada de abandonar la apuesta por la ciencia que, en el marco del país de las oportunidades y la libertad, atraía a lo más preparado del mundo. Se le atribuye a Reagan la frase “podremos con China, porque nuestros chinos son mejores que los suyos”. Negar ese superpoder es como pegarse un tiro en el pie.
Y es que a lo largo de la historia todos los imperios han ido cayendo… primero poco a poco y luego muy deprisa. Si algo tienen en común esas caídas es que han ocurrido cuando dichos imperios se convertían en sociedades más cerradas y decidían dejar de avanzar. Como comparte Noah Smith tomando como referencia a la Dinastía Ming con la que China perdió su liderazgo global hace medio milenio:
La China de los Ming fue de lejos la nación más importante del Planeta en buena parte de los siglos XV y XVI. Pero con la lente de la historia, el período Ming no parece tan fantástico. Mientras China disfrutaba de gran estabilidad, Europa avanzaba con nuevas ideas y progreso tecnológico. Mientras el gobierno chino prohibía el tráfico transoceánico y restringía severamente el comercio exterior, los países europeos estaban descubriendo el Nuevo Mundo y construyendo imperios comerciales… Otra razón probable de su declive fue el desprecio a la ciencia… su sistema educativo forzaba a sus aspirantes a burócratas a aprender filosofía “confucionista” en lugar de ciencia y estudios técnicos.
A lo largo de la historia también ha habido ejemplos en que los ciudadanos y la iniciativa privada han decidido ser más fuertes que sus dirigentes, resistiendo y logrando prevalecer. Y puede que ocurra de nuevo. Pero la tecnología y el calentamiento global van deprisa, y el tiempo no se puede recuperar. Sería una pena que, por un entendimiento equivocado de qué es la grandeza, perdamos un motor clave para impulsar la revolución sostenible que necesitamos, a la vez que mantener un liderazgo inspirado en valores como la iniciativa y la libertad.
Porque la grandeza de América no está en los embotellamientos ni en los combustibles fósiles. Está en ser “la tierra de las oportunidades”. Ese es el mundo que hay que evitar que se quede en el ayer.
Hay que salir el atasco de Miami. Y escribir un futuro mejor con todo lo que ahora sabemos.



La historia se repite: imperios que caen por aferrarse al retrovisor. Mientras tanto, seguimos quemando gasolina para proteger un modelo que ya ni siquiera nos lleva a donde queremos ir...
La tierra de las oportunidades está muy cuestionada