¿ESG DEP?
Y qué significa para el futuro del Planeta
Entre los borradores nunca terminados de posts anteriores, hace unos dos años comencé uno que había titulado “El placebo del ESG”, que se fue viendo superado por otros candidatos que captaron más mi interés. Ahora, que las cosas han cambiado tanto, parece un buen momento para retomar su inspiración inicial, y completarlo con la luz que aporta el paso del tiempo.
El placebo del ESG
Me sorprendía entonces la paradoja entre la atención que estaba recibiendo la etiqueta de “ESG” como marchamo de cosas buenas para el planeta y la humanidad, y la inconsistente realidad de los resultados de su aplicación sobre el terreno.
Porque, aunque ESG significaba cosas distintas para gente distinta, incluidas muchas empresas e iniciativas entusiastas a las que ha servido como marco para llevar a cabo acciones valientes con excelentes resultados, también albergaba los peligros de las calificaciones genéricas a las que todos se cobijan, desplegada bajo una amplia gama de versiones.
La mayor relevancia de la etiqueta de ESG para generar impacto venía del gancho que suponía para atraer masivamente capital a los propósitos que perseguía. Esto es, ayudar a los mercados a priorizar inversiones con impacto en el bien común.
Y el sector financiero se entregó con entusiasmo al boom de los fondos ESG, no menos porque su comisión sumaba una prima adicional por su gestión. Desafortunadamente, no siempre con un producto leal a las expectativas generadas, como ya avisaba The Economist en 2021:
Fondos de inversión presuntamente verdes y mimosos están repletos de valores contaminantes y pecaminosos. Tras analizar los números de los principales 20 fondos ESG, cada uno incluye, de media, 17 productores de combustibles fósiles.
Sólo un número reducido de gestoras invierten de forma relevante en tecnologías renovables o disruptivas. Entre las 50 principales compañías participadas por los principales 20 fondos ESG, sólo se incluyeron 2 “apuestas verdes”.
Sorprende descubrir que una etiqueta esté tan lejos de lo que promete. Y es que, cuando se promete una solución complicada para un problema sencillo, es más fácil que nos confundan y “nos den gato por liebre”.
Una solución complicada para un problema sencillo
Buscando las causas de esta discordancia, hay que partir de qué significaba ESG para muchos de estos vehículos. En la mayoría de los casos, se limitaba a establecer un filtro negativo: Estos fondos no se comprometían a invertir en las compañías que trabajaban en solucionar estos problemas. Simplemente a no hacerlo en las que los agraven. Una oportunidad perdida para impulsar a los que pueden catalizar los cambios necesarios.
Problema que se compone al conocer esos filtros. Y entrar en qué significa ESG, que es donde reside el nudo gordiano del asunto. Porque mezclar el impacto medioambiental, social y normativo, cada uno muy necesario en su respectivo ámbito, pero de naturalezas muy distintas, no aporta la claridad y transparencia que requiere la solución de cada uno de estos problemas, sino más bien confusión y dilución de responsabilidades.
A veces los resultados hablan por sí solos. ¿Qué compañía es más sostenible? ¿Tesla o Ford Motor? ¿Vestas o Shell?
No faltaban ratings de ESG que anteponían a Ford y a Shell sobre Tesla y Vestas.
Porque para muchos de estos sistemas lo importante no eran los resultados sino el cumplimiento. Ratings como los del ejemplo no priorizaban el impacto medioambiental de Tesla y Ford, sino cómo de diligentes habían sido ambos en la cumplimentación de los informes de impacto.
Informes que, a su vez, se basaban en un “refrito” de criterios. Aunque una visión general ESG tenga utilidad como cuadro de mando de distintos objetivos gestionables por separado, la pierde en cuanto se convierte en índices agregados que mezclan criterios y propósitos. ¿O es que a la empresa que nos trajo el coche eléctrico se le va a negar su enorme aportación a la sostenibilidad porque no siga ciertas directrices sociales e informativas?
De nuevo The Economist, con una portada inolvidable sobre las “tres letras que no salvarán el Planeta”, avisó del despropósito y el riesgo de esta estrategia, pidiendo la sustitución de la ESG por una sóla métrica: la E de Emisiones.
A diferencia de la S (de Social) y la G (de Governance), la E (de Environment) se basa en resolver un problema cuantificable basado en un amplio consenso científico, con una clara cuenta atrás, y con indicadores capaces de facilitar acciones y seguimiento, como las Emisiones.

El auge y caída del ESG
Sin embargo, la inercia ya era imparable. El concepto de ESG seguía extendiéndose, como un conjunto de avances direccionalmente positivos, pero con la confusión que implicaba como bloque heterogéneo. Por lo que su progreso o fracaso afectaría a todas sus partes.
Y en esta evolución se produjeron excesos, no necesariamente malintencionados, pero sí contraproducentes, que afectaron a su popularidad. Si no ya entre sus propulsores, sí entre la mayoría silenciosa que trataba de asimilarlo.
Con la buena intención de medirlo todo para poder mejorarlo, se produjo una sublimación de los requisitos formales. Procedimentados por reguladores que no medían el coste-beneficio que implicaban sus normativas, sobre todo para las empresas más pequeñas. Y traducidos en sistemas hambrientos de datos que hicieron a muchas empresas creer que la sostenibilidad era reporting, haciendo confundir los fines con los medios.
Pero el mayor golpe llegó de forma inesperada, primero poco a poco y luego de repente. Como si se tratase de una revolución, los jacobinos se hicieron con la cabeza de la revuelta y ondearon la bandera del ESG con otros ánimos. El movimiento “woke” lo convirtió en ideología, con un fanatismo en su interpretación y aplicación que lo alejó del sentido común.
Con la aspiración de implantar lo que, parafraseando a Taleb, podríamos llamar “la dictadura de las minorías”, por la que un porcentaje reducido de personas adoptando posturas intolerantes pueden ser capaces de imponer su criterio a la mayoría de la población. Y en este caso haciendo olvidar a muchos todo lo bueno que tenían los propósitos originales del ESG y la aplicación de hechos científicos, mejoras sociales y principios de buena gestión que lo integraban.
La ley del péndulo
Probablemente haya sido esa combinación del ESG como un paquete que mezclaba cosas que resultaban más relevantes separadas que revueltas, junto al cansancio por estas percibidas “dictaduras” del reporting y las minorías, lo que desembocó, alentado por intereses oportunistas, en la implacable ley del péndulo.
Más cuando esos intereses contrarios van ocupando el poder e invocan su rebelión contra “la religión del ESG”, como un bloque, en el que incluyen todo. Cuando el ESG pasó a percibirse como ideología, abrió el camino para que otra ideología llegase y lo tratase como tal. Entre fanatismos anda el juego.
Ideología que ha llegado y no respeta ni a la ciencia, porque la considera parte del paquete. Con un efecto amenazante para la evolución del planeta. Es el camino que va del Acuerdo de París a la reciente declaración por parte de la EPA americana de que los gases de efecto invernadero no suponen ningún peligro (¡a menos que perjudiquen a la industria!). De nuevo una pérdida del sentido común, acompañada de un desprecio por la ciencia.
Dolor y gloria
¿En qué lugar queda ahora el ESG? ¿Fue en algún momento una buena idea? ¿O el problema fue que lo fueron secuestrando? ¿Y si ya ha cumplido su papel, y es el momento de pasar a la siguiente fase?
Nueva fase que debería separar la E de la S y de la G. Porque son problemas distintos con la suficiente entidad para afrontarlos con la importancia que merecen. Y porque hemos aprendido que mezclarlos está trayendo más inconvenientes que ventajas.
Tal vez, para que prevalezcan sus objetivos originales, es necesario que el ESG desaparezca como emblema. Como en las revoluciones, sus efectos duraderos no suelen producirse en los años de ruido y matanza, sino en los sucesivos, cuando se establece el nuevo orden social y queda la inspiración. Entonces es cuando las ideas y ejemplos calan.
Lo que puede ser una buena noticia para empresas, instituciones e individuos que ya empezaron este camino. Como ocurrió con la revolución digital, lo que inicialmente se vio como un cuerpo extraño, incluso una amenaza, acabó por incorporarse a las empresas, que optaron por crear departamentos digitales y chief digital officers. Hasta que digital lo irradió todo y ahora está presente en todas y cada una de las partes del negocio.
Tal vez sea el camino que les espera a los especialistas de sostenibilidad en las empresas. Aportar su sensibilidad y talento en toda la organización y convertirlo en parte del “core” de cada línea. Pasar del staff al negocio. De la cumplimentación a la transformación. De lidiar con el greenwashing a fomentar la transparencia y el aprendizaje. De los informes a los principios. De la sostenibilidad a la autenticidad.
Quizás sea el momento de proclamar que “la ESG ha muerto, larga vida a la E”. Y a la S, y a la G, y a todos los SDGs… cada uno por sus propios méritos. Y con sus propios objetivos y tiempos. Y sin olvidar que lo del Planeta nos corre prisa. Menos ideología y más impacto.




Reflexión interesante sobre el papel del ESG y sus limitaciones. Estoy de acuerdo en que la mezcla de criterios ha contribuido a diluir su impacto. Tiene sentido plantear esa separación o, de lo contrario, corre el riesgo de volverse irrelevante del todo.
Muy interesante 😃. Lo incluimos en el diario 📰 de Substack en español?