Go Local
La distancia importa
Dicen que la distancia es el olvido. La realidad nos recuerda que es así.
Nos acordamos del cambio climático cuando nos molesta y las mínimas en las noches de verano no nos dan tregua. Pero nos olvidamos cuando no nos sentimos perjudicados por sus consecuencias. Como cuando batimos un récord histórico de lluvias en marzo en España, aunque en media Europa haya sido el marzo más seco de la historia. No nos conmueve lo que se aleja de nuestra inmediata realidad.
Ello explica la recurrencia de la foto del oso polar en un polo que se derrite. Necesitamos recursos para empatizar. Se da la paradoja de que, en la era del peak travel, nunca antes el mundo ha estado tan interconectado, la empatía no lo está. Aunque sólo fuese por interés propio - lo que pasa en cualquier lugar del Planeta nos va a acabar afectando a todos.
Sin embargo, actuamos como si la distancia no existiera para otras cosas. Tenemos una relación desigual con ella.
Las distancias se han acortado. La globalización nos ha traído productividad y especialización de la producción, con un aumento de la riqueza que ha mejorado las condiciones de vida de la mayoría de los habitantes de la Tierra. Pero “ignorar que la distancia importa” trae problemas medioambientales y sociales.
El 40% del petróleo que se consume en el mundo es para mover petróleo (y algo de carbón), menciona Andrés Turiel citando al profesor ya jubilado de la Universidad de Barcelona Carlos Riva.
Y es que la distancia no es neutra para el Planeta. Se atribuye al transporte el 14% de las emisiones de gases de efecto invernadero.
Hemos creado una economía de producción que incorpora el mover cosas de un sitio a otro como un coste adicional, sin reparar en sus externalidades o efectos secundarios. Y que no estamos cuestionando, sino todo lo contrario, como demuestran las rutas comerciales que se están perfilando para atravesar el Polo Norte. Que para reducir la distancia crean un nuevo riesgo medioambiental.
Ahora que sabemos que el transporte tiene más costes que los que conocíamos y que, cada vez que algo se mueve, algo se deteriora, ¿deberíamos replantearnos nuestra relación con la distancia? ¿tener en cuenta su coste real para el Planeta y para nuestra salud?
No se trata de dar marcha atrás a la historia y eliminar el comercio internacional que tanta riqueza ha generado y que nos ha abierto el acceso a tantos productos.
Se trata de ser más razonables y medir mejor en qué ganamos y en qué perdemos. Valorar dónde la distancia se convierte en algo innecesario, un lujo caro, y buscar alternativas que nos lleven a un equilibrio. Minimizar la distancia allí donde sea posible.
Tal vez sea el momento de mirar a la distancia con una nueva perspectiva y, aplicando el principio de “menos es más”, explorar lo que significa la filosofía del consumo de cercanía.

Empecemos con la “local food” y veamos hasta dónde nos lleva. Que los alimentos viajen menos, es menos transporte, embalaje y conservantes. Reduciendo emisiones, residuos y riesgos para nuestra salud. Fomentando productos de calidad y productores cerca de nosotros. Lo que cada vez es más posible, facilitado por avances como la agricultura de precisión, o los jardines verticales o en las propias ciudades.
Sigamos con la energía. Pasarnos a las renovables es aprovechar la energía que nos llega todos los días y sólo tenemos que recoger. Pongamos placas solares en nuestros tejados sin que nadie nos la tenga que traer. Evitemos no ya que venga en petroleros desde regímenes sospechosos, incluso que tengamos que llenar el campo de líneas de alta tensión. Hagamos realidad la revolución de los tejados. Que pueden venir acompañadas con baterías y estar mejor preparados si llega el próximo apagón.
¿En qué otros campos podemos aplicar esta filosofía? ¿Priorizar los materiales locales, como en esta escuela en la selva que nos cuenta Francisco Colom ? ¿Fomentar la artesanía local sobre la producción en masa? ¿Aprovechar la basura que generamos para convertirla de nuevo en materiales y energía, aplicando la economía circular?
Precisamente el vínculo entre economía circular y economía local puede transformar nuestras ciudades. Hemos creado una economía de producción, que se basa en la fabricación masiva a escala de productos de vida corta, nacidos para durar poco y ser reemplazados. No sólo por sus materiales y calidades, también por la obsolescencia programada que traen incorporada de serie a su diseño y ciclo de vida.
El paso de una economía de producción a una economía de mantenimiento, en la que los productos se diseñan en origen para extender su vida útil al máximo, no sólo puede reducir enormemente los recursos que requiere y los residuos y emisiones que genera. También puede crear un ecosistema local de mantenimiento y reparaciones que multiplique el empleo local. Y el fomento de marketplaces y comunidades que compartan, colaboren y extiendan el uso de las cosas.
Nuestro consumo es nuestro voto y nos permite elegir en qué entorno queremos vivir. Si queremos trabajos, producción y tiendas cerca de nosotros, más empresas y más empleo local, hagamos hablar a nuestro bolsillo. Tal vez encontremos algunos retos iniciales, como precios que suben y voces que nos dicen que este modelo es menos productivo, que ocultan los costes reales de la distancia que hoy no vemos pero pagaremos mañana. Pero los podremos vencer. Busquemos un nuevo equilibrio más alineado con cómo queremos vivir y qué queremos para nuestro entorno y nuestro planeta.
Elegir “go local" nos puede hacer también más independientes. Más antifrágiles, que diría Taleb. Menos sensibles a aranceles, y más a los que nos rodean.
No dejemos que la distancia caiga en el olvido. Y hagámosla lo más corta posible. Tanto para minimizar sus efectos nocivos, como para acercar nuestra empatía.
Recalibremos nuestra relación con la distancia. Y veremos con otros ojos la foto del oso polar.

¿Tienes otras ideas o datos por qué “go local” es una buena idea? ¿Y experiencias e iniciativas a compartir? Me encantaría conocerlas. Te leo en los comentarios.
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Chema, el tema del transporte de mercancías es un tema fascinante. Gracias por escribir sobre ello. Quiero aprovechar para mencionar un tema que me interesa desde hace tiempo. En España nos han contado que los trenes de alta velocidad, el famoso AVE, son una demostración de lo avanzados que estamos en la industria del ferrocarril. Yo pienso lo contrario. El AVE es otra muestra de un proyecto donde la ideología política y el discurso falaz se anteponen a la ciencia y la ingenieria. Yo creo que es por culpa de las inversiones brutales que se han hecho en el AVE para transportar personas, es por lo que no se ha invertido en mejorar el transporte de mercancias por ferrocarril, que eso si que es ecologico, eficiente y técnicamente una maravilla. Es EEUU, de nuevo, el que tiene un magnifica tecnología de transporte eficiente de mercancias con trenes que van a poco más de 90 por hora (velocicad de máxima eficiencia de energética), que miden varios km de largo y que transportan muchas toneladas de una vez. Encima quitan camiones de las carreteras. Bueno, pues en España, lo contrario. ¿Te parece interesante escribir sobre esto? Yo creo que es otro ejemplo de otra verdad muy incómoda
Muchas gracias por la mención y por otro artículo que nos invita a recuperar el sentido común y a valorar lo que sí está en nuestra mano hacer para encontrar un equilibrio entre los beneficios de un mundo hiperconectado y la sencillez de muchos mundos locales.