Hay que parar las fábricas
Que no las personas
Mi difunto profesor de Política Económica Olivier Cadot nos explicaba en los años noventa el PAC, o Política Agraria Común, de la Unión Europea, de forma muy contundente: “Es pagar a la gente para que cuide el campo”. Una buena explicación del sinsentido, no sólo en términos de eficiencia, que suponía subvencionar el sector agrícola por producir excedentes que después se destruían.
No tan distinto de las políticas de Keynes para la recuperación económica resumidas en el “pagar a unos para cavar zanjas y a otros para taparlas”. Quien justificaba que, si el objetivo es el pleno empleo, el fin justifica los medios. Al fin y al cabo, qué debería ser la economía sino el arte de ordenar los medios para alcanzar el fin que se persigue.
Ahora que la invasión de Irán ha puesto patas arriba el sistema basado en combustibles fósiles, parece un buen momento para analizar la situación con la agudeza de Olivier Cadot y ordenar fines y medios como sugería Keynes. Lo que requiere claridad en los objetivos.
El oscuro peaje de la inercia
Somos una civilización enganchada a la energía. Gracias a la que disfrutamos de los méritos del crecimiento. Pero su consumo no es neutro. Al disfrutar de los beneficios de la energía y de los productos en cuya elaboración participa estamos pagando un peaje proporcional a cuánto consumimos y de dónde viene. Peaje que no vemos, pero con el que aportamos al cumplimiento de objetivos implícitos que es mejor que no ignoremos.
Ya hemos hablado en Verdades Incómodas del efecto sobre el cambio climático y los límites planetarios derivados de la sobreproducción, el consumismo y las emisiones consecuencia del consumo de combustibles fósiles. Razones en sí mismas para haber actuado con más urgencia hace mucho tiempo. Pero este nuevo escenario económico, en el que ya se habla de que el precio del barril de petróleo puede duplicarse o triplicarse, añade dos nuevos agravantes: una enorme presión sobre el coste de vida que además supone “financiar al enemigo”.
Porque este sistema energético basado en quemar fósiles no deja ser una transferencia continua de riqueza de sociedades pobres en dichos recursos a los “afortunados” petroestados donde se concentran, a la vez que una carga que dejamos a las generaciones futuras (y a nuestros yos de las próximas décadas), que tendrán que hacerse cargo del coste de restablecer el desequilibrio planetario que les dejamos.
Una paradoja que alcanza un aspecto aún más trágico en el momento actual. Ya se dice que el gran ganador de esta contienda está siendo Rusia, que ha pasado a vender con mayor facilidad sus combustibles fósiles a precios más elevados. Un regalo para financiar su maquinaria bélica. Una subvención directa al invasor para que siga atacando.
Nos venden que estamos indefensos. Pero no es así. Porque lo que alimenta este despropósito es mantener una inercia que perpetúa estos fines que tan poco nos interesan. Cuando podemos prescindir de buena parte de la producción que requiere dicha energía y contamos con alternativas en cuanto a su origen.
Hay que romper esta inercia.
¿Y si lo que hemos considerado como impensable fuese lo más razonable?
¿Y si parásemos las fábricas?
Parar las fábricas
No se trata de parar todas. Aquellas que nos alejan de nuestros objetivos y abocan a esta dinámica dañina. Las que producen lo innecesario. O lo que se puede sustituir por alternativas que nos lleven a un futuro mejor.
Empecemos con los excedentes de producción. Esos porcentajes destinados a la destrucción, evitemos de raíz que se produzcan.
Sigamos con todo el consumo del que podemos prescindir. Aprovechemos para dejar de producir todo aquello que la naturaleza no es capaz de absorber. Acabemos con los envases de un solo uso. Y con todo lo que replique su funcionamiento, como esas prendas que duran poco más.
Además, podemos reducir el volumen de producción de cualquier producto. Nos sobra de casi todo. Apliquemos la economía circular. Extendamos la vida útil de lo que ya está fabricado, compartiendo, reutilizando y manteniendo. Y exijamos a los productos nuevos que se fabriquen para durar. Para volver a convertirse en recurso al final de su vida útil, con un diseño que lo facilite.
Apliquemos el menos es más. Pongámonos cada prenda muchas más veces. Evitemos la obsolescencia programada de electrodomésticos y electrónica. Cambiemos los nuevos lanzamientos anuales de cada móvil por más mantenimiento y reparación.
Aceleremos la transición energética. Sustituyendo todo lo que deja de funcionar por su versión impulsada por energías renovables y limpias. Ni un dólar extra para perpetuar esta situación.
Habrá que tomar decisiones duras. ¿Vamos a seguir fabricando máquinas de subvención masiva del enemigo y el calentamiento global, como los coches de gasolina, que nacen con el compromiso de un cheque mensual de emisiones y de transferencia de riqueza? Más cuando contamos con tecnologías listas para sustituirlos.
Nada de esto es nuevo. Ya el cambio climático y el deterioro del planeta llevan tiempo avisándonos de que tenemos que hacer algo así. Pero seguimos procrastinando.
Razones no nos faltaban para ya haber parado muchas de estas fábricas. Pero parece que somos duros de reaccionar. Si la guerra y los precios en espiral no lo consiguen, ¿qué lo hará?
Personas y futuro
Y claro que hay razones para dudar. Parar la inercia nunca es fácil. Sobre todo si no se tiene claro el objetivo y el plan. Y afecta directamente a las personas y al sistema que pensábamos que era nuestro tren hacia el futuro.
Al estilo de Keynes, ello no supone que tengamos que parar a las personas. Pero tampoco es cuestión de ponernos a cavar y tapar zanjas. No nos van a faltar ideas mucho mejores.
Qué gran oportunidad para imaginar otro futuro. Lo que en cualquier caso va a resultar necesario, porque la destrucción creativa en cualquier caso va a llegar, y si no estamos preparados nos lo impondrá por la fuerza. Tal vez sin que entonces podamos elegir.
Que necesariamente requiere industrias alternativas que aúnen un modelo económico menos dependiente con el equilibrio medioambiental. Y que podamos liderar y pongan las bases para el futuro de Europa - o de dónde te encuentres si sois más rápidos. Con nuevas oportunidades de empleo y crecimiento.
Que puede incluir nuevos usos para esas fábricas. Como mercadillos en los que intercambiar lo que ya no usamos, o instalar talleres en los que alargar la vida de materiales y objetos. O espacios de uso público y jardines que combinen comunidad y producción de alimentos. Recuperando y actualizando los oficios que locamente nos ayuden a mantener y reparar, y a integrar la naturaleza en nuestro día a día. Y que cada uno podremos apoyar con nuestro consumo particular.
Incluso cuidar el campo, de formas a las que Cadot sí encontraría sentido. No ya para generar excedentes, sino para ofrecernos modelos de vida alternativos que cuiden de la naturaleza, que además sumen al objetivo de un futuro mejor mediante la producción regenerativa de productos locales. E incluso eviten incendios.
El momento
Recuperemos la capacidad para imaginar otro futuro. Enlacemos nuestras acciones con su objetivo. Es mucho lo que podemos recortar sin sacrificar nuestra calidad de vida.
El punto más débil de una estrategia tan clara somos nosotros. Eso que ahora llaman “agencia”. Nuestra capacidad de decir basta ya.
Entonces si. Así ganaremos. Porque el futuro no está en las fábricas. Está en las personas.



Excelente artículo José Maria! Cambiar el paradigma económico dominante por el emergente de las nuevas economías es vital. En eso estamos, impulsando, conectando polinizadores, tejiendo redes para impulsar la transición a un nuevo paradigma. Gracias por tu artículo. Abrazo!
Me ha encantado este artículo, José María, tocando eficiencia con suficiencia, se despeja un gran camino de creatividad por delante para unirlos.
Justo he escrito un artículo donde se habla de tres atractores que, contemplando ese binomio yin/yang (eficiencia/suficiencia): creatividad para la mente, sinergia para el corazón de la sociedad y el trabajo que reconecta para las manos. El pie que me dio ese artículo es este texto de Wagensberg que ha estado en mi cabeza por más de dos años y que parece una especie de problema de los tres cuerpos, traído de la física, a las ciencias sociales y humanidades.
"El tiempo no ha existido siempre. Nació con la emergencia de la realidad hace unos 13.700 millones de años. Durante una primera edad del universo, todo lo que existe persiste con el permiso de las leyes fundamentales de la física. No hace falta más. Es la materia inerte. Por ejemplo: no existen estrellas cúbicas porque no son estables. Pero llega un día en el que aparece el primer ser vivo y la estabilidad deja de ser suficiente. Se inaugura entonces una segunda edad del universo y en ella, además de estabilidad, se necesita adaptabilidad. Es la materia viva. Por ejemplo: los animales y las plantas necesitan agua, así que si les falta la buscan y si les sobra la eliminan. Pero llega un día en el que emerge una mente capaz de descubrir, de aprender y de crear, y para ello no basta la estabilidad ni la adaptabilidad. Se inaugura entonces la tercera edad del universo: es la materia culta, donde la cultura ya no es una cuestión de estabilidad o de adaptabilidad sino, sobre todo, una cuestión de creatividad. El equilibrio es entonces un estado de referencia: lo vivo huye del equilibrio y si una mente no se desequilibra para crear, entonces se desequilibra por no crear. Las tres edades de la materia, la inerte, la viva y la culta, se integran así en la complejísima amalgama de la condición humana. Entonces, para bien o para mal, lo natural y lo cultural se funden y confunden." -Jorge Wagensberg
Así el problema de los tres cuerpos queda de esta manera relacionándose en una especie de yin/yang
Orden / Caos
Adaptación / Extinción
Creatividad / Mediocridad