La Solución
(y no es la que estás pensando)
Hace varios meses, un lector esperanzado compartió conmigo una noticia con el titular de que un catedrático de química de Berkeley había descubierto un material que por sí mismo podría solucionar el cambio climático, al permitir absorber de forma masiva el CO2 en la atmósfera.
Mientras Sam Altman, el popular CEO de OpenAI, lleva años hablando de la necesidad de un “breakthrough”: una solución exponencial contra el cambio climático, que a la vez permita generar toda la energía que la IA necesita. Él ya ha hecho su apuesta por la fusión nuclear, como demuestra su inversión en Helion Energy, una de las compañías más avanzadas en su investigación.
Y es que las tecnologías que dan la impresión de poder solucionar nuestro problema de cambio climático “de un plumazo”, arreglándolo todo sin cambiar nada, tienen un atractivo irresistible. Sean las visionarias tecnologías de absorción de carbono, que aún se encuentran en fase incipiente, o explotar al máximo el potencial de la energía nuclear, cuya densidad ya permitiría “eliminar todas las emisiones que generamos a lo largo de nuestra vida con los recursos que caben en una lata”.
Todos tenemos nuestra solución para cada problema. En cuestiones de cambio climático no somos menos.
Desafortunadamente, estas soluciones no están ocurriendo. Al menos no al ritmo que las necesitamos para que se conviertan en La Solución, con mayúsculas. Entendida como aquella que nos trae el comodín para solucionar el calentamiento global rápidamente y sin sacrificios.
Al contrario, corremos el riesgo de que, si creemos en que llegará una solución mágica que lo resolverá todo, estos anuncios tan esperanzadores se conviertan en excusas para no actuar. No porque no sea bienvenida, sino porque no es cierta ni parece probable. No podemos esperar.
Más cuando algunas de estas soluciones que nos cuentan parecen interesadas. Y con frecuencia auspiciadas por quién más podría ganar con que deleguemos nuestras esperanzas en ellas, como los productores de combustibles fósiles confiando en la captura de carbono.
Pero todas coinciden en algo: Dar la impresión de que no tenemos que preocuparnos, que La Solución llegará y nos salvará. Mientras, cada uno de nosotros compramos la indulgencia de que no nos tenemos que ocupar, justificando seguir haciendo lo que hacemos, y culpando a lo que menos nos duele.
No es que no haya soluciones. De hecho estamos trabajando en muchísimas más, desde extraer la energía del centro de la Tierra hasta atraparla desde el espacio. La innovación y la ambición por resolver problemas es algo que se nos da muy bien a la especie humana. Pero nuestras habilidades por tenerlas desplegadas a tiempo son más irregulares.
La IEA, Agencia Internacional de la Energía, lleva años haciendo un ejercicio más detallado sobre cuál será la solución, con un horizonte muy claro: Lograr cero emisiones netas en 2050, el llamado “net zero”, con la transición energética como salvador. Y no apunta a una única solución, sino a la combinación de varias tecnologías.
En concreto, su informe de 2021 apuntaba que la solución vendría a partes iguales de tecnologías ya en el mercado y de otras aún en fase de desarrollo. Estimación que ya ha cambiado. En su más reciente informe sobre base 2023 valora que las soluciones que ya están disponibles en el mercado bastan para eliminar dos tercios de las emisiones que se producirían sin ellas hasta 2050, gracias al desarrollo de las energías renovables. ¡Dos tercios de la solución que sólo dependen de su despliegue! Un avance importante y esperanzador.

Otras listas, como esta de McKinsey, también reparten entre distintas tecnologías el potencial de “abatimiento de gases de efecto invernadero”, con las renovables y el nuevo stack eléctrico llevándose la parte del león.
Skander Garroum de The Climate Drift aporta otra perspectiva, situando sus 24 soluciones favoritas (agrupadas en 8 categorías) en la “curva del hype” de Gartner, de las que 7 ya han superado el “canal del desencanto”.

Y es que el problema del cambio climático se puede trocear de muchas formas.
De hecho lo que más se escucha es que el calentamiento global es un problema de energía, y ahí está La Solución, en línea con los estudios anteriores. Hipótesis dominante, ya que se calcula que la energía participa en 3/4 de las emisiones.
Pero la energía es un medio para un fin, siempre se utiliza para algo más. ¿Y si La Solución también pasa por reducir dichas aplicaciones? En torno al 50% de las emisiones participa en un proceso de fabricación. ¿Son todos eficientes y, sobre todo, necesarios? ¿Necesitamos todas las fábricas que tenemos y productos que fabricamos?
Tampoco conviene olvidar que, además de las nuevas emisiones, hay que eliminar el llamado “committed warming”, esto es, el CO2 ya acumulado en la atmósfera. El problema de “el grifo y la bañera”, que nos recuerda que no basta con cerrar el grifo del “net zero” de nuevas emisiones, sino que además hay que reducir el stock ya acumulado. Y ahí es donde necesitamos el joker de la absorción de carbono.
Y al final, las emisiones se generan en actos de producción y consumo concretos, y es necesario bajar a sectores concretos. Sobre todo cuando uno escucha que un tercio de la comida se desperdicia o una prenda se usa 7 veces de media. Por no hablar de la frecuencia con que cambiamos de móvil o volamos en low cost.
¿Y si a la vez que sustituimos energía e introducimos eficiencia actuamos de forma un poco más razonable en el día a día? Seguramente los cálculos combinados resultantes pueden acercarnos más a la solución. Sobre todo si nos centramos en aquellas partidas dónde nuestro impacto individual es más importante, que es lo que va a determinar el impacto global sobre el clima.
En su día intenté, con el gorro de humilde aprendiz, sintetizar con qué estrategias contamos, en formato de juego, para dar con La Solución. Con tres tipos de acciones: 1) eliminar consumo y producción innecesarios, 2) sustituir tecnologías que emiten, y 3) absorber CO2. Impulsadas por dos palancas exponenciales, la tecnología y la naturaleza. Y cuya activación está en manos de tres agentes: empresas, consumidores y reguladores. De nuevo los protagonistas de la trilogía El Sistema.
Tenemos buenas cartas en ese juego, sobre todo dados los avances que estamos haciendo en el desarrollo de tecnología y el entendimiento de la naturaleza, que son nuestras bazas exponenciales frente al cambio climático, que también lo es.
Pero no parece que nos podamos permitir el lujo de elegir. Porque alcanzar el “net zero” es una ambición de una magnitud probablemente no comparable a nada que hayamos conseguido antes como civilización.
Como dice Julio Friedmann, Chief Scientist de Carbon Direct, referente en el mercado de la captura de carbono, “las necesitamos todas”. Los electrones y las moléculas. La captura y la sustitución. La transición energética y la economía circular. La revolución renovable y el kaizen medioambiental. En cuanto más mejor.
Pero la evolución de las temperaturas acucia, y no falta quién ya plantea la necesidad de acudir a remedios que no suponen La Solución, pero nos pueden hacer ganar tiempo. Como la geoingeniería solar, que no ataca la raíz del problema del calentamiento global, pero puede enfriar las temperaturas ocultando el sol, acotando sus riesgos si se aplica de forma temporal y con garantías. Aplicar El Parche hasta que demos con La Solución.
The Economist estima que este tipo de solución bien ejecutada puede permitir reducir un 50% el calentamiento global, pero también puede convertirse en una nueva excusa para no actuar. Y llevarnos a un mundo donde nunca alcancemos el “net zero”. Y que requiera que El Parche, y sus desconocidos efectos secundarios, sean cada vez mayores.
¿Conseguiremos dar con La Solución a tiempo, antes de que el cambio climático no tenga vuelta atrás al ir superando “tipping points” irreversibles?
Para lo mucho que nos jugamos, llama la atención que todos los relatos de La Solución acaben pasando siempre porque nos salve la tecnología. Como si ya supiéramos que no se puede esperar mucho de las decisiones personales en esta sociedad que hemos construido. Como si descontásemos el impacto que puede tener algo tan sencillo como moderar el consumo.
Tampoco la IEA deposita confianza en las medidas que dependen del consumidor. Estima que menos del 5% de las reducciones de CO2 serán resultado de cambios en el comportamiento. Estimación que se ha reducido en su último informe.
¿Hay que olvidarse del consumidor? ¿O necesita un acicate que lleve a un cambio de sensibilidad hoy difícil de imaginar? Tal vez si se entera que la Agencia Internacional de la Energía “no cree en ti”, encuentre un motivo para la rebeldía.
Su actuación es fundamental no sólo para eliminar actos de consumo innecesario que son fuentes de emisiones. También para adoptar tecnologías que no emiten y sustituir las que sí. Acelerar los tiempos.
Hasta los científicos, que mejor conocen el potencial y las limitaciones de las soluciones basadas en la tecnología, insisten cada vez más en la importancia de los cambios de comportamiento. Como el físico Antonio Turiel, que insiste en que “pequeños sacrificios pueden tener un gran impacto”. Cambios como limitar el uso del vehículo privado, transportar las mercancías en trenes en lugar de camiones, alargar la vida útil de electrodomésticos y dispositivos… Al fin y al cabo, recordemos, un tercio de la comida se desperdicia y una prenda se usa 7 veces de media. Y todo así…
Señoras y señores, dejen de esperarla…
LA SOLUCIÓN NO EXISTE
La Solución somos todos y cada uno de nosotros, al menos hasta que llegue La Solución.
Y es que, por mucho que las tecnologías puedan salvarnos, no lo conseguiremos si no les indicamos dónde queremos llegar. Votando con nuestro consumo. Podemos parar fábricas y quebrar empresas. Y hacer triunfar aquellas con soluciones que nos permitan adelantarnos a los “tipping points”. Con el poder de nuestras decisiones de compra y diciendo no. Cada día.
Y nadie nos debe decir qué tenemos que hacer. Pero sí tenemos el deber de informarnos y actuar en consecuencia. Aplicar el imperativo categórico de Kant: obrar de forma que queramos que nuestra conducta se pueda convertir en ley universal. Pensando en todos los demás y en las futuras generaciones.
Y tú, ¿eres parte del problema o de la solución? Piénsalo.
Porque si lo decides, La Solución eres Tú.




Muchas gracias por este año de Verdades incómodas y a por 2026.
Creo que es clave darnos cuenta de que reducir nuestro consumo tiene un efecto positivo doble. Por ejemplo, usar una prenda más de 7 veces no solo reduce el impacto ambiental, también mejora nuestra salud mental. Una vez cubiertas las necesidades básicas, el exceso de consumo rara vez nos hace más felices o más sanos. Al contrario, suele traducirse en ansiedad, apatía, desencanto y carga mental. Creo que necesitar menos no es solo una estrategia ambiental, sino también una condición para cuidar nuestra salud.