Los almendros
y los limones
No suelo estar de acuerdo con los Goya (ni con los Oscars) pero este año coincidimos en la belleza de la canción “Los Almendros” de “La guitarra flamenca de Yerai Cortés”, bonito broche al debut como director de “Pucho” Tangana, que recomiendo. Me encanta su estribillo:
Y dicen que no es época
De que florezcan los almendros
Desde que me ha dicho que viene
Viene, están floreciendo
Al volver a escucharla una y otra vez en este mes de febrero, me recordaba que tenía pendiente mi cita anual con los almendros del Retiro. Porque esta sí es “la época de que florezcan los almendros”.
Desde que empecé a correr regularmente, cambió mi relación con los parques y su evolución a lo largo del año. En una de esas carreras tempranas, descubrí los almendros del Retiro floreciendo.
Desde entonces, espero expectante a que llegue este momento del año para visitarlos al amanecer, cuando la ciudad se está levantando. Disfrutando de las pocas semanas en las que están florecidos. Qué tendrán los almendros.
Este año, la primera visita se retrasaba por culpa de unas molestias musculares, que me han tenido varias semanas en vilo, cuidándome para no faltar a la cita.
Y finalmente lo he conseguido. He vuelto a encontrarme con los almendros en flor y sentir su energía. Volví a escuchar la melodía de “Los almendros” y ya sonaba distinta, con más plenitud. Me hacía más feliz.
Porque no me podía perder los almendros en flor. No se pueden disfrutar las flores de los almendros todo el año. Y eso las hace más bonitas. Hay que disfrutar el momento. No cuesta nada pero tampoco se puede comprar. Hay que esperar que llegue su época, un año tras otro. Saber que hay cosas maravillosas que no podemos disfrutar todo el año. Que tal vez simbolizan la vida, el florecer, ese milagro… “Priceless” de verdad.
Febrero es también el mes de los limones.
Años después de descubrir los almendros del Retiro, cuando la Filomena sepultó Madrid bajo la nieve, una de sus víctimas fue el laurel de nuestra terraza. Vimos en ello un mensaje de la naturaleza para que su lugar lo ocupase un limonero. Nos hacía especial ilusión, porque es un árbol bonito y nos encantan sus frutos.
Nuestro pequeño limonero fue recibido con mucha ilusión. Debió de ser tanta que el primer año nos sorprendió ya con cuatro limones. Desde entonces, nos ha acostumbrado a una cosecha anual en el entorno de la decena. Limones que no sólo nos alegran con su color y aroma. Nos hacen compañía a lo largo de las estaciones.
Esta compañía empieza en primavera, con flores que después se convierten en limones en miniatura, algunos de los cuales sobreviven a los rigores del verano madrileño y crecen durante meses hasta convertirse en los espléndidos limones que consumimos en febrero. Nuestra cita con los almendros es cuando florecen, pero los limones nos acompañan todo el año. Vivimos con ellos sus primeros brotes, cómo van creciendo, su lucha contra el calor y el frío… Los acompañamos con celo hasta que llega la cosecha.
Tanto nos alegra el momento de recoger los limones que hemos instaurado una tradición a la antigua, e invitamos a unos cuantos amigos a celebrar sus frutos un día soleado de febrero. Es un momento especial. Por algo los ritos y fiestas patronales en los pueblos coinciden con las fechas de cosecha, seguramente una de las tradiciones más ancestrales que aún nos acompañan. Tan unidos a la naturaleza estábamos.
Y es que los ciclos de la naturaleza tienen una belleza especial. Que seguramente tardé demasiado en descubrir. Y se pueden disfrutar aunque vivas en una ciudad, siempre que estés atento.
Hay que abrir nuestra vida a la naturaleza. Aprender y saber cuándo florecen los almendros, y cuándo se cosechan los frutos del limonero. Hacerle hueco en nuestras vidas. Cualquier pequeña apertura a su belleza puede ser la puerta a una nueva sensibilidad.
La naturaleza es salud, tanto mental como física. Kathy Willis, profesora de Biodiversidad en Oxford que fue responsable científica de los Kew Gardens de Londres, recopila numerosas investigaciones científicas que lo confirman en su libro “Good Nature: Por qué mirar, escuchar, oler y tocar plantas es bueno para nuestra salud”. Exponer nuestros sentidos a la naturaleza - desde ver verde por la ventana hasta tocar tierra orgánica - tiene beneficios para nuestra salud. Y a mayor biodiversidad, mejor.
Tanto que los enfermos en contacto con la naturaleza se recuperan antes. La naturaleza puede ser tanto o más efectiva que muchos medicamentos. Y las plantas artificiales no dan el pego. Somos parte de la naturaleza y eso se nota.
Qué mejor aliada para liberarnos de las cosas que nos quitan salud y alegría. Y hacer bueno el menos es más. Necesitamos más naturaleza y menos pantallas. Nos estamos perdiendo mucho pero nos sigue sobrando FOMO. Más naturaleza es más. Más sencillez. Más belleza. Más música.
Las opciones son infinitas. Encuentra cuáles son tus almendros y limones. Tus propios rituales. Elige tu tradición.
Hay que recuperar la alegría de maravillarnos de nuestros antepasados. Y sentir ese algo especial cuando es época de que florezcan los almendros.





Bello post, hoy me di cuenta en Barcelona del cambio de luz a las 7:20h, puede que también porque hemos tenido muchos dias nublado... Más luz... nos acercamos a la nueva estación!
Delicada reflexión. Que importante comprender la importancia de lo que parecen pequeñas cosas y que sólo nuestra indiferencia hace pequeñas.