Nueva Europa
Volver a liderar
Últimamente se habla mucho de Europa. Y no en clave positiva. “Me duele Europa”, que diría Unamuno.
Porque a Europa “se le está juntando todo”. Pasar de potencia central a protagonista secundario. De “protectorado de América” a pieza suelta - y amenazada por la guerra. De referencia económica a sociedad insatisfecha, inmersa en una crisis demográfica y de crecimiento.
Tanto que esta crítica casi se ha convertido en un lugar común, desde el que abogar por soluciones simplistas, incluso sin pasar por un diagnóstico equilibrado de los problemas de raíz que se quiere resolver y de nuestras fortalezas y debilidades.
La solución que más se escucha puede resumirse en que hay que imitar a los demás. Lo que en materia de clima y energía muchos traducen en mirar a lo que está haciendo USA y dar carpetazo a los planes de una economía baja en emisiones. Justificado porque “hemos sido unos quijotes”.
Pero a la gente se la conoce de verdad en los momentos difíciles. ¿Es esta la oportunidad para que Europa supere la confusión resultado de esta crisis y salga reforzada? ¿Estamos ante el momento de una Nueva Europa?
Hagamos un sucinto inventario de hechos y del problema al que nos enfrentamos. Y, por qué no, veamos si podemos salir reforzados, y no simplemente aguantar el tipo. Dicen que la mejor defensa es un buen ataque.
La envidia del mundo
Paradójicamente, esa Europa, tan en crisis y amenazada, es una referencia mundial en cuanto a calidad de vida. Es el continente que encabeza los rankings de los países más felices del mundo y el que concentra el 50% del bienestar mundial, en cifras de gasto social.
También es Europa el continente más visitado por los turistas y el que ha creado muchos de los iconos culturales, marcas y símbolos más aspiracionales a nivel global. Y un polo de atracción creciente como residencia deseada por gente de todo el mundo. Para muchos, la calidad de vida se resume en un buen café en alguna de las capitales europeas.
Europa y el cambio climático
Esta apuesta por la calidad de vida es coherente con la apuesta de Europa por ser un líder activo en el proceso de descarbonización para detener el cambio climático. Una consecuencia moral de apostar por un futuro que la mantenga.
Así lo demuestra su consistente posicionamiento medioambiental en los distintos COPs y foros internacionales. Y muy especialmente su liderazgo en el establecimiento del esquema de “carbon tax” más ambicioso del mundo, que, mediante el mercado de emisiones ETS y el mecanismo de compensación de importaciones CBAM, establece “la tasa que puede salvar el mundo”, un excelente punto de partida para que otros países lo repliquen, dada la trascendencia de Europa en el comercio internacional.
Sin embargo, no faltan las voces que piden “que lideren otros”, al considerar que el cambio climático es un problema global del que Europa es una pequeña parte, negando la vocación de liderazgo y nuestro efecto multiplicador.
Voces que no sólo descartan la oportunidad de liderar. También ignoran lo que el cambio climático y la transición energética implican para Europa, como amenaza y oportunidad.
Porque Europa ya está siendo seriamente afectada por el cambio climático. No son sólo los incendios, inundaciones y otras catástrofes naturales que van a más. Europa es el continente que más rápidamente se está calentando.
También nos amenaza otro cambio radical, de naturaleza muy distinta: el riesgo que supone el posible colapso de la AMOC, o Circulación de Vuelco Meridional del Atlántico, el sistema de corrientes oceánicas que distribuye el calor a lo largo del planeta. Dada la ralentización de la corriente de agua atlántica, producida por el deshielo del Ártico, que, de paralizarse, podría llevar a buena parte de Europa a una nueva Edad de Hielo.
Incluso si fuéramos más cínicos y quisiéramos negar la gravedad del cambio climático, una estrategia que elimine las emisiones de CO2 le conviene a Europa por puro coste de oportunidad: Frente al mantenimiento del status actual dominado por los combustibles fósiles, Europa sólo tiene que ganar.
No siendo productora de petróleo ni gas, que se ve obligada a importar, recuperar la soberanía energética eliminaría la dependencia de potencias hostiles e inestables, como hemos visto con la guerra de Ucrania y ahora en Irán. Además, evitaría depender de precios de terceros para la energía y facilitaría definir su propio mix con un mayor control de su estrategia industrial. En cuanto antes reduzcamos la dependencia energética, más libres y soberanos seremos.
¿La sociedad del futuro?
En definitiva, Europa es un continente envidiado a la vez que amenazado por el cambio climático, pero con vocación de liderar como referencia moral. No sólo eso. Hay datos esperanzadores que indican que está “walking the talk”. Si miramos a las palancas de la descarbonización que proponen magos y profetas, Europa parece avanzar en ambos sentidos.
Europa es el mejor ejemplo de desacoplamiento entre crecimiento y emisiones por el que apuestan los “magos” tecno optimistas del “green growth”, resultado de la adopción de tecnologías y energías más limpias, ya alcanzado en la mayoría de sus países.
A su vez, Europa es una sociedad que proporciona una mayor calidad de vida percibida con un menor consumo material que otros países comparables, como USA. A su vez acompañada de apuestas por modelos económicos más sostenibles, como la movilidad alternativa ejemplarizada por ciudades como Amsterdam o la circularidad plasmada en regulaciones como la Ley Anti-Desperdicio francesa.
Aunque sea sólo a nivel tendencia, con mucho recorrido aún para seguir incorporando ideas de los “profetas”, son razones para pensar que un crecimiento más sostenible es posible. Y a no preocuparse tanto por un menor crecimiento del PIB, si se debe a una menor incidencia de la producción espoleada por el consumismo.
Baño de realidad
Sin embargo, ese futuro está amenazado por nubarrones. No es tan fácil apostar por un modelo de crecimiento más sereno, con una calidad de vida envidiada, si hay terceros que no lo comparten o simplemente ambicionan. Que a la amenaza climática suman otra más inminente.
Nada más duro que la guerra para demostrarlo. La invasión de Ucrania por Rusia nos recordó que mantener un estilo de vida también implica defenderlo. A lo que se ha unido el abandono por USA del compromiso de defensa que mantenía tras la segunda guerra mundial. Defenderse tiene un coste, que hay que ser capaces de financiar.
Lo que hace mirar al crecimiento con otros ojos. No por el lado del consumo, sino por el de la competitividad. Ya no sólo se trata de poder mantener la calidad de vida lograda, se trata de poder defender el futuro. De contar con la tecnología y la capacidad de producción para evitar que pueda desbaratarse.
Situación agravada a su vez por una situación demográfica alarmante, de población decreciente, también compartida por otras sociedades igualmente avanzadas como Japón.
Contamos con un modelo insostenible para estos retos. Por muy tentador que sea parar y disfrutar de todo lo que nos envidian, hay que pagar el precio de la independencia.
El qué y el cómo
Cuentan que, tras su reciente visita a China, el canciller alemán Friedrich Merz regresó con una idea: “En Europa tenemos que trabajar más”.
Y es que los problemas de Europa no parecen estar en el qué, sino en el cómo. No es que nos perjudique este nivel de calidad de vida y el defender un futuro en equilibrio con el planeta. Lo que nos perjudica es haber creado una operativa que no resulta económicamente sostenible en el largo plazo.
Es la pérdida de competitividad causada por una sobrerregulación que se impone sobre los principios que la informaron, por una apatía social más preocupada por la edad de jubilación que por seguir construyendo, y por la falta de un liderazgo decisivo que facilite alcanzar resultados. La llamada “euroesclerosis”.
Pero los del “que lideren otros” nos venden que renunciemos a nuestro propio qué. Y que lo copiemos de otros, a los que intentaremos copiar también el cómo. Algo que, llevado al qué hacer contra el cambio climático, es una renuncia moral. Pero ni siquiera es una receta para el éxito económico.
Porque copiar la estrategia de frenar la transición energética de un petroestado como USA, exportador neto, no tiene sentido para un continente sin abundancia en combustibles fósiles como Europa.
Puestos a copiar, miremos a China, cuya situación energética es más similar. Y que está instalando más capacidad en energía renovable cada año que el resto del mundo junto. Que, en lugar de mirar al pasado, avanza hacia el futuro con el impulso de la revolución electrotech. Aunque su principal motivación no sea el clima, sino la competitividad.
En cuanto a la operativa, tampoco parece que copiar nos ofrezca ninguna garantía. La única forma de ser exitoso con un modelo “me too” es si eres un “fast follower” del “first mover”, lo que requiere velocidad y ejecución best in class, que no es algo de lo que andemos sobrados últimamente en Europa.
Cuando China quiere desarrollar un sector de futuro, lo incentiva en el largo plazo, y fomenta una competencia feroz entre las empresas que pueden buscar una solución hasta que acaba creando líderes mundiales en velocidad y costes. Cuando en Europa quisimos ser relevantes en baterías, pusimos todos los huevos en la cesta de Northvolt, que sucumbió tras inversiones públicas billonarias sin haber sido capaces de desarrollar la agilidad que la apuesta exigía.
El problema de Europa no es el qué, es el cómo. No es la estrategia, es la operativa. El problema no es que queramos liderar soluciones contra el cambio climático. El problema es que los avances no se consiguen con complacencia, obstáculos y burocracia, sino con innovación, esfuerzo y agilidad. Y un liderazgo que los haga posible.
Nueva Europa
Es el momento de preguntarnos qué modelo de futuro queremos. Y qué tenemos que hacer para conseguirlo. Cómo mantener lo mejor de nuestra riqueza cultural, estilo de vida y compromiso medioambiental. Y a la vez asegurar la innovación y competitividad necesaria para llevarlos al futuro.
Un modelo basado en la diferenciación sobre nuestras ventajas competitivas en cuanto al qué, y que supere las dinámicas que han convertido en un problema el cómo. Y que nos permita liderar en campos como nuevos materiales o economía circular donde ya contamos con ventajas de partida. O en modelos alternativos de consumo.
Activos no nos faltan. Europa cuenta con un tercio de los institutos referentes de investigación mundiales, produce un quinto de las publicaciones científicas (sólo por detrás de China) y genera más del 20% de la innovación en energías limpias.
Tampoco nos faltan diagnósticos ni planes. Basta con leer el informe Draghi para entender muchas de las cosas que no funcionan en ese cómo y en qué teclas tocar para resolverlas. Otras propuestas, como The Constitution of Innovation promovida por Luis Garicano, desarrollan medidas concretas para facilitar ese entorno de valentía y destrucción creativa. Y no falta talento e iniciativas trabajando en soluciones que piden algo tan sencillo como que les hagamos las cosas más fáciles - y si además lo incentivamos, mejor todavía.
Es hora de pasar a la acción. Remover obstáculos y evolucionar hacia un entorno que sea capaz de sacar lo mejor de nosotros. Que pueda, incluso, convertirse en un imán para atraer el mejor talento del mundo, que ya envidiaba nuestros cafés. Y nuestras sociedades, ciudades, instituciones, educación, sistemas de salud y cohesión social. Marca Europa.
Entonces podremos pensar en grande. Y volver a liderar con una estrategia que aúne lo mejor de nuestra tradición con las innovaciones que pueden traernos ese futuro mejor. Trabajemos por esta Nueva Europa.
Y por si nos quedase alguna duda, ha llegado una nueva crisis energética. Es el momento de pisar fuerte y salir reforzados. A la gente se la conoce de verdad en los momentos difíciles.







Felicidades por el magnífico análisis! Y hago mío, el planteamiento y la oportunidad de trabajar, desde todos los ámbitos, por esa Nueva Europa que, ahora, está anestesiada socialmente y paralizada, por un exceso regulatorio.
Abz tocayo
Excelente análisis. La nueva Europa necesita más trabajo y para eso necesitamos nuevos líderes o mejores líderes.