Planeta Basura
Retrato de una civilización
“La basura es una invención humana” - Ellen MacArthur Foundation
Si un marciano visitase nuestro Planeta, probablemente le llamaría la atención cuanta basura nos rodea.
Tal vez el susto sería mayor si uno de nuestros antepasados se trasladase al presente. Tanto ha crecido nuestra capacidad para generar cosas que rápidamente se convierten en desperdicio.
Nos hemos acostumbrado a vivir con la basura. Nos hemos hecho tolerantes a que nos rodee. Y no tendría por qué ser así. Ya no es una cuestión de sostenibilidad, se trata de hacer frente a una inercia absurda. Si ese marciano viniese de una civilización superior, probablemente nos preguntaría cómo no hemos sido capaces de diseñar un sistema que incluya su eliminación. O impedir su producción masiva.
Y es que se habla mucho de emisiones pero no se habla tanto de residuos. La urgencia de la lucha contra el calentamiento global ha quitado protagonismo al problema base del sistema de economía lineal bajo el que operamos: extraemos recursos para fabricar objetos que luego se convierten en residuos.
Y es que, si hoy diseñásemos nuestra economía desde cero, seguramente no habríamos creado la basura. Pero no somos capaces de parar esta inercia que ya está en marcha. ¿Podríamos pensar en un Planeta con Basura Cero, el tantas veces mencionado “zero waste”? ¿O vamos a resignarnos a seguir viviendo en Planeta Basura?
La civilización de la basura
Una razón para pensar que podemos conseguirlo es que esto no siempre fue así. Antes de la segunda guerra mundial la gente intentaba reutilizar los materiales y evitar los desechos en la medida de lo posible. La basura era una pérdida.
En pocos años las cosas cambiaron. En 1960 Vance Packard publicó “The Waste Makers”, pionero en llamar la atención sobre “el consumo por el consumo” y las consecuencias de fenómenos como la obsesión por la novedad y la acumulación, los bienes desechables, la obsolescencia programada y la cantidad sobre la calidad. La basura pasó a simbolizar el progreso y la prosperidad.
Según Packard, somos la civilización de los “creadores de basura” (“waste makers”). Mientras las civilizaciones anteriores intentaban eliminarla, nos convertimos en una sociedad desechable, que “no sólo está degradando el medio ambiente, sino también el carácter financiero y espiritual de la sociedad americana”.
Desde entonces, no hemos parado de generar cada vez más basura. Más de 2 billones de toneladas anuales, que se estima pasen a casi los 4 billones en 2050, conforme a la ONU, si nos referimos a la controlada directamente por los municipios. A la que podríamos sumar los residuos industriales y comerciales.
Pensar en un mundo sin basura supone un enorme salto. Y es que el punto de partida no sólo es complejo sino también contradictorio: ya nos hemos dado cuenta que tenemos un problema con la basura, pero nuestros intentos por resolverlo no avanzan al ritmo que esta sigue creciendo. No queremos sentirnos mal, pero tampoco queremos hacerle frente.
Más que eliminarla, lo que estamos haciendo es esconderla - o incluso pasearla por el mundo. Como el que barre el polvo debajo de la alfombra. Echemos un vistazo ahí.
Debajo de la alfombra
En “Waste Wars: The Wild Afterlife of Your Trash”, Alexander Clapp describe cómo, tras verse sorprendido por las montañas de basura que cubrían los paisajes de Rumanía desde la ventana de un autobús, descubrió que los desechos procedían de Alemania y Francia, lo que le llevó a rastrear adónde van nuestros desperdicios. Alexander resume sus hallazgos en que “tú no conoces la vida posterior de tu basura - y no quieres conocerla”.
En dicho viaje descubrió “la ruta de la basura”: el lucrativo y nada limpio tráfico internacional de residuos que viajan de países ricos a países pobres, que cifra en billones de dólares.
La basura se ha convertido en una importación neta de los países ricos. Moverla es un negocio en sí mismo. Impulsado por sus cada vez más exigentes legislaciones medioambientales a partir de 1990, resulta más barato exportarla que cumplirlas. Y estos países pobres encuentran así una nueva fuente de ingresos.
Tráfico de basura que se convirtió en foco de atención internacional con el episodio del “Khian Sea”, un barco que pasó 2 años intentando “colocar” basura de Philadelphia en otros países y acabó volcandola en el Océano. Tanto que desató tal alarma que llevó a prohibir la exportación de basura en la Convención de Basilea de 1989.
Dirty business, dirty Planet
Lo que llevó a una complicación inesperada de esta trama: el comercio de la basura se ha convertido en comercio de “materiales reciclables”, muchas veces instrumentados como donaciones.
Ghana ejemplifica dónde acaba nuestra basura. Allí se encuentra Agbogbloshie, la “capital de la basura electrónica (eWaste)”: un slum en su capital, Accra, en el que 60.000 personas trabajan directa o indirectamente con residuos tóxicos sin la preparación ni seguridad necesarias.

Además, Ghana recibe 15 millones de prendas de ropa a la semana en donaciones, la mayoría fast fashion, para una población de 30 millones de habitantes. Como comenta la diseñadora local Chloe Asaam en el reportaje Buy Now! The Shopping Conspiracy, donaciones que no sólo son innecesarias, sino que además destruyen la industria local. “Hay demasiada ropa en el mundo”.
Y es que el “contrato social con la basura” que nos han vendido no parece ser cierto. Cuando la gente habla de reciclar, en realidad habla de separar. Porque se da por hecho que alguien hará buena la promesa - el reciclaje en sí mismo.
¿Para qué separar para el reciclaje, si al final todo acaba contaminando los bosques de Rumanía o la jungla de Ghana? Clapp menciona muchos más ejemplos en su libro, como la isla de Java, que “solía ser un paraíso y hemos convertido en el peor sitio del mundo”. ¿Estamos llenando el mundo de paraísos perdidos con nuestra basura?
El mito del reciclaje
¿Era el reciclaje “demasiado bueno para ser cierto”? Nosotros podemos consumir todo lo que queramos, sólo tenemos que separar. Y, como por arte de magia, las cosas que dejamos en los cubos de basura desaparecen. ¿O no?
No faltan voces críticas al sistema. Que resume este vídeo de John Stossel, compartido por Elon Musk con el comentario “el reciclaje no tiene sentido”:

Más allá de caricaturizar el mensaje del reciclaje como “sacramento de la religión verde”, que exculpa al consumidor que separa sus desechos, coincide en que reciclar no basta para eliminar la basura.
De hecho, su crítica está directamente enfocada en el plástico, donde el reciclaje no resulta todavía económicamente viable, y para el que los vertederos sorprendentemente parecen una opción más barata y segura.
Oliver Franklin-Wallis, que también siguió la “ruta de la basura”, plantea en su libro “Wasteland” un nuevo giro en esta trama, al atribuir la “invención” del reciclaje a las grandes corporaciones que pretendían limpiar la imagen de sus productos y reducir sus costes, sustituyendo los envases rellenables por desechables a la vez que pasando al consumidor la responsabilidad final de sus residuos.
Como hito señala el anuncio del “Crying Indian”, de 1971, al que se atribuye el despertar de la conciencia por el reciclaje. Impulsado por la fundación Keep America Beautiful, promovida por Coca Cola, incitaba a los consumidores a reciclar para cuidar de la naturaleza, y de esa forma pasarles la responsabilidad sobre los envases desechables, proceso con costes mucho más atractivos para la compañía que el de devolver envases de vidrio en las tiendas, como se hacía con anterioridad.
La vida final de nuestra basura
Acabar con la basura nos va a requerir mucho más que separar nuestros desechos. Ahora que ya conocemos “la vida posterior de nuestra basura” no tenemos excusa. Y no es cuestión sólo de decidir qué hacemos con la que generamos, es cuestión de generar mucha menos. Especialmente si se trata de plástico o cualquier residuo para el que no contamos con una solución económica para su aprovechamiento a escala.
Y es que la basura cuenta mucho sobre una civilización. Es como un espejo en el que mirarnos. Y paraísos degradados por el tráfico ilegal de desechos no hablan muy bien de la nuestra.
Podemos hacerlo mejor. Marcarnos un objetivo de “basura cero”, similar al de emisiones, que permita que nuestros antepasados nos feliciten si se trasladan al presente y los marcianos se maravillen de nuestra civilización.
De cómo acabar con la basura y acercarnos a ese objetivo “zero waste” hablo en esta entrega de Verdades Incómodas. No te la pierdas.







Yo creo que con el tema del reciclaje se ha confundido el foco del problema, o la solución.
No es solo separar, es que pasa antes y después del consumo.
Hace poco reflexionaba sobre el uso de las palabras, recuerdo que de pequeña a los vertederos se les llamaba “basureros”, ahora ser les dice “relleno sanitario”. ¿Será por aquello de que suene menos a problema y más a solución?
Muy interesante reflexión, José María.
Triste e interesante artículo. He aprendido muchas cosas que no conocía. Me quedo con la preocupación sobre como se resolverá esto. No parece fácil. Como mensaje de optimismo, creo que hoy en día hay mucha más conciencia e interés sobre este tema. También es verdad que el mundo a mejorado en muchos aspectos. Leía este verano un libro muy entretenido, Rome, de Robert Hughes. Entre muchas cosas interesantes este libro contaba que las calles de Roma eran vertederos de basura con gravísimos problemas sanitarios. Parece ser que la vida en Roma era una vida de basura. Gracias Chema.