Una cuestión de eficiencia
Hacer más con menos
No son pocos los inversores de climatetech que ahora se han renombrado como inversores en eficiencia energética, seguramente cambiando su etiqueta por eso de las modas y de los complicados vientos geopolíticos que nos azotan.
Y es que la eficiencia es sin duda uno de los vientos de cola que pueden impulsar la transición energética. Como de hecho está pasando.
Porque se trata de un win-win, que no sólo reduce las emisiones que causan el cambio climático, sino que además mejora la rentabilidad del negocio energético.
El gran secreto de la transición energética
El efecto de la eficiencia energética se produce por comparación entre combustibles fósiles y energías renovables: Quemar es mucho menos eficiente que capturar la energía del sol o el viento como electricidad.
Quemar combustibles produce a la vez calor y energía. Y ese calor que se pierde consume con frecuencia más recursos que la propia generación de energía. Esto es lo que explica que el motor medio de un coche de combustión convierta en movimiento solamente el 25% del combustible. O que incluso las mejores plantas térmicas desperdicien más de la mitad de su energía.
El concepto de eficiencia energética, entendido como la diferencia entre energía primaria y energía útil que finalmente consumimos, explica estas diferencias. No sólo se producen mermas apreciables en la producción y transporte para pasar de la fuente original (carbón, petróleo, gas…) al formato de energía final para su consumo (gasolina, electricidad…). También se siguen produciendo hasta que se realiza su uso final, como el movimiento del coche o el agua caliente de la ducha.
Así lo muestra este cuadro del RMI (muy recomendable su desarrollo más completo en “The Incredible Inefficiency of the Fossil Energy System”):
El propio RMI resume estos datos de forma inapelable:
El sistema actual de energías fósiles es increíblemente ineficiente. Casi dos tercios de toda la energía primaria se desperdicia antes de haber hecho ningún trabajo. O sea, más de $4.6 trillones al año, casi un 5% del PIB global, se convierten en humo por ineficiencia.
Frente a ello, un sistema energético basado en capturar en forma de electricidad la energía primaria de renovables como el sol y el viento tiene una eficiencia del 100%. Tres veces más eficiente que los combustibles fósiles.
Una razón para el optimismo ante el todavía desmoralizador gráfico de la distribución actual de energía primaria por origen, en el que los combustibles fósiles todavía se llevan la parte del león. Ya que las renovables avanzan en la sustitución a paso de 3X. Gracias a su mayor eficiencia.
Algo que, por cierto, no es la primera vez que ocurre en la historia. Se atribuye a James Watt y su máquina de vapor el inicio de la Revolución Industrial, ya que, gracias a la introducción de un condensador, redujo el consumo de combustible en un 75% respecto a anteriores modelos.
Porque la historia de la energía es una historia de sustitución impulsada por la eficiencia, en la que el carbón desplazó a la madera, y después el gas y el petróleo al carbón. Y ya contamos con una nueva alternativa más eficiente. Que además es más limpia y respetuosa con el medio ambiente.
Eficiencia sectorial
Esta idea de eficiencia no se limita al campo energético. Como muestra el propio cuadro del RMI, el reto de la eficiencia continúa una vez pasamos del campo de la energía al de los servicios finales y la prosperidad o valor final que generan.
Basta con que repasemos los sectores responsables de las emisiones de gases de efecto invernadero.
Tomemos la alimentación. Pensar en términos de eficiencia puede traer un impacto sustancial.
En primer lugar, reduciendo el desperdicio alimentario, ya que tiramos un tercio de la comida, lo que podría reducir en dicha proporción no sólo las emisiones asociadas sino además el uso de tierra, el agua, y los fertilizantes y demás insumos que usamos para producirla.
Por otra parte, aplicando principios de eficiencia al uso de la superficie cultivada, causa de la deforestación y sus emisiones. Entender la ineficiencia de alimentos como la carne de vaca en la producción de proteínas y calorías por hectárea utilizada, como ya analizamos en detalle, es la clave para desarrollar estrategias que reduzcan su impacto medioambiental. mediante una dieta razonable y la innovación en alimentos sustitutivos.
O en el caso de la climatización, donde la elección de materiales, un buen aislamiento y configuración de los equipos pueden reducir dramáticamente las necesidades de energía para calentar o enfriar espacios a lo largo del año.
Prácticamente en cualquier ámbito en el que quepa la optimización hay un espacio para que la eficiencia reduzca emisiones. Tanto que incluso podrían incluirse en esta categoría avances que mejoran el negocio de los combustibles fósiles, como la detección y eliminación de las pérdidas de metano en su transporte.
Aparte de su efecto medioambiental, la eficiencia sólo trae ventajas en consumo y coste. El win-win al que antes aludíamos.
Eficiencia universal
Más allá de estas oportunidades que casi podríamos calificar como “técnicas”, pensar en términos de eficiencia puede permitirnos pensar aún más en grande.
Como veíamos en la anterior entrega, vivimos en un mundo regido por una economía cuya medida de éxito es el crecimiento, expresado en términos del PIB, que podría resumirse como “todo lo que se produce”, y no por su eficiencia. ¿No sería más inteligente medirla en relación a cómo de exitosos somos utilizando menos recursos para proporcionar valor para el consumidor final, de forma similar a como hemos visto para la energía?
Sin embargo, tenemos un sistema que produce más de lo que necesitamos, no sólo en términos puramente cuantitativos, como evidencia la sobreproducción de excedentes, sino también en términos cualitativos, si tenemos en cuenta el escaso uso y satisfacción que tiene mucho de lo que se vende. Que además es terriblemente ineficiente en la explotación de recursos, que demanda constantemente mientras genera una enorme cantidad de residuos.
Problemas de economía lineal y consumismo a los que también tenemos solución, si pasamos a un sistema articulado sobre una economía circular y ejercido desde el consumo responsable.
Una economía circular que reemplace a la economía lineal del extraer-fabricar-tirar, que malgasta recursos y genera muchos más residuos de los imprescindibles. En la que por diseño cada residuo sea un recurso para el siguiente proceso.
Un consumo responsable que modere los excesos del consumismo y esté más alineado con un sistema de valores que evite la creación de necesidades artificiales y sobreproducción, y nos acerque a una felicidad más genuina y duradera.
Eficiencia + Eficacia
Porque si no olvidamos el qué queremos además de cómo lo vamos a conseguir, podemos hacerlo mejor aún. Esto es, unir la eficacia a la eficiencia, como cualquier manual de gestión recomendaría. Al fin y al cabo, ¿para qué tanto producir? ¿Qué beneficios perseguimos? Llamémoslos calidad de vida, prosperidad o felicidad. Pero no son la producción en sí misma. Producir por producir no lleva a ningún lado.
Lección que podemos aplicar también a nuestra vida con la filosofía del “menos es más”. Recordando qué fin perseguimos estando aquí. Y evitando que el ruido nos haga olvidarlo.
Tan win-win parecen estas palancas que sorprende que no las estemos aplicando ya. Quizás es cuestión de parar y pensar. De menos “Move fast and break things” y más “Just in time”. Tal vez ahí esté La Solución. Tal vez salvar el Planeta es más fácil de lo que creíamos. Porque todos podemos salir ganando.



