Antropoceno
Una historia de ciencia ficción en positivo
Vivimos en el Antropoceno.
Al menos es lo que se escucha cada día más. Que nos encontramos en una nueva época geológica. Cualitativamente diferente al Holoceno, en el que la Tierra entró hace 11.700 años tras la última glaciación. Y que por tanto merece una denominación propia.
El nombre de “Antropoceno” (del griego “anthropos”, ser humano) lo dice todo. Frente a las épocas geológicas anteriores, sometidas a los movimientos planetarios y la Madre Naturaleza, esta se caracteriza por el peso de la acción de una única especie, el ser humano, sobre la evolución de los ecosistemas terrestres.
Pese al rechazo formal a su oficialización como nueva época por la Unión Internacional de Ciencias Geológicas en 2024, nuestro impacto sobre el planeta es innegable. Lo que empezó con la rueda y la agricultura nos ha llevado a la proliferación de tecnologías de crecimiento exponencial, sobre todo desde la Revolución Industrial, donde muchos sitúan el inicio de esta época.
Hablar del Antropoceno supone tomar conciencia de la importancia creciente de nuestras acciones. Como evidencia nuestro impacto sobre los límites planetarios y el cambio climático.
Porque con mayor poder, viene más responsabilidad. Ahora que conocemos nuestro poder, tenemos que actuar en consecuencia.
Crisis y oportunidad
Carlota Gallo, creadora del marco conceptual para el diseño Antropocore, define el Antropoceno como “la acumulación física de siglos de decisiones de diseño, urbanismo, ingeniería, logística y consumo que nos han llevado al estado actual donde nos tenemos que enfocar en las decisiones para poder mejorar”. Y añade:
Todo objeto es arqueología en potencia. Cada lámpara, taburete, envase, interfaz, tejido o mueble que diseñamos está escribiendo, sin querer, un capítulo de la historia material del planeta.
Todo lo que hacemos impacta en nuestro entorno. Y como hemos descubierto nuestros poderes antropogénicos en clave de crisis, hemos entendido que la solución es resolver y no agravar los problemas que hemos causado. Lo llamamos “sostenibilidad“.
Tomas Pueyo ve un error de base en este enfoque en la sostenibilidad. En su post “Not Sustainable ➡️ Abundant” lo asocia a pensar en un mundo con recursos finitos, cuando “la naturaleza es un sistema caótico que sí podemos mejorar”. Y “mientras un sistema delicado debe ser preservado, un sistema complejo puede ser optimizado”.
Porque nuestra capacidad para influir en la evolución del planeta no sólo importa como solución a nuestros problemas. Podemos pasar de la sostenibilidad a la optimización. En clave de oportunidad.
Ciencia ficción en positivo
Somos una civilización que está pensando en extenderse a otros planetas, con ideas como el “terraforming”: habilitar las condiciones de vida en Marte o la Luna. Sería una paradoja no aplicar una atención proporcional a mejorar el funcionamiento del planeta en que vivimos.
Se habla de geoingeniería. Según Wikipedia, la modificación deliberada y a gran escala del clima terrestre para limitar o revertir el calentamiento global. O de intervenciones sobre otros recursos como el agua, desde la desalinización hasta la creación de mares en el desierto, compitiendo con la naturaleza.
El emprendedor e inversor Maex Ament, fundador de 2 unicornios e inversor en climatetech, decidió dedicarse a hacer realidad su ilusión: un futuro en el que podamos influir sobre la naturaleza mediante la tecnología. No sólo para resolver nuestros problemas medioambientales, también para mejorar nuestro entorno. Como un relato de ciencia ficción en positivo.
Como su inversión en Stardust Solutions, un “sistema seguro, medible, ajustable y completamente reversible para estabilizar la temperatura de la Tierra”. Un “hack” para ganar tiempo mientras reducimos la capa de CO2 en la atmósfera (y sin inyectar SO2). Una intervención humana basada en la ciencia.
¿Nos encontramos ante una nueva era, en la que no sólo seamos capaces de resolver nuestros problemas actuales, pero también convertir nuestro planeta en una fuente inagotable de recursos que nos garantice el futuro?
¿O estamos siendo tan optimistas como ingenuos y podemos acabar como “el aprendiz de brujo” de Disney, desencadenando problemas mayores que los que queremos resolver?
Earth OS
Todo va a depender de lo bien que entendamos el sistema.
Porque, por mucho que haya evolucionado nuestra tecnología y más poder tenga nuestro efecto antropogénico, todo empieza por la naturaleza.
Ante la Naturaleza todavía somos pequeños. Es una fuerza exponencial tan importante que nos interesa comprender, y entendernos bien con ella.
Pero la naturaleza es a la vez delicada. Se basa en un equilibrio donde la alteración de unos pocos factores críticos puede desencadenar efectos irreversibles.
Tenemos que pactar con la naturaleza. Reforzar sus ciclos y aprovechar todo lo que nos deja. Como ya estamos haciendo con el sol.
Podríamos hablar del Sistema Operativo de la Tierra (llamémosle “Earth OS”), determinado por la Naturaleza, pero en el que la Tecnología cada vez tiene más influencia. Donde el juego de estas dos fuerzas exponenciales llevará a degradar o regenerar el sistema.
Crack the code
Entender este sistema operativo puede convertir al Antropoceno en una nueva edad dorada. Que nos facilite articular y llevar a cabo un plan de negocio para la Tierra. Con más recursos y menos emisiones y residuos. Una etapa de regeneración, que revierta en la salud y calidad de vida humana.
Descifrar su código requiere combinar ciencia y humildad. Porque nuestro planeta es un sistema complejo sobre el que vamos aprendiendo según evoluciona. Todavía es mucho lo que no sabemos, y necesita aprendizajes a pequeña escala ejecutados con prudencia (“los experimentos, con gaseosa”). Pero ya podemos avanzar con decisión en lo que sí. Desplegando nuestras tecnologías y adaptando nuestras decisiones de consumo.
Y, como hemos demostrado a lo largo de la historia, contamos con el ingenio para conseguirlo, más ahora que viene reforzado con el nivel de inteligencia aplicada que puede aportarnos la IA. Sólo necesitamos asegurarnos que está bien dirigida y optimice hacia los parámetros que importan. Al final nuestro punto débil siempre acaba siendo el governance del sistema.
Entonces tal vez hablar de Antropoceno nos lleve al optimismo. Y nos ilusione tanto como a mi amigo Maex. Incluso lleve a replantear su postura a la Unión Internacional de Ciencias Geológicas.




Este post apunta a una de las grandes preguntas de nuestro tiempo: cómo aprovechar las oportunidades del siglo XXI para convertir el planeta en una fuente inagotable de recursos sin caer en los riesgos de jugar a ser Dios. Cómo acercarnos al sol sin quemarnos las alas.
Para responder, quizás necesitemos una taza de prudencia por cada taza de innovación.
El texto es interesante y propone una lectura optimista del Antropoceno, apoyada en la idea de que la combinación entre ciencia, tecnología e ingenio humano permitiría no solo “sostener” el planeta, sino incluso optimizarlo. El problema de fondo es que esa premisa ignora el contexto político, económico y cultural real en el que hoy se produce y se valida la ciencia. Vivimos no solo un avance del negacionismo del cambio climático, sino algo más preocupante: un avance del negacionismo de la ciencia como bien público. La ciencia que progresa y se financia es, en gran medida, aquella que puede transformarse en objetos tecnológicos rentables, controlables y apropiables por el poder económico. En ese marco, disciplinas como la ecología, que cuestionan límites, interdependencias y responsabilidades colectivas resultan incómodas y son sistemáticamente relegadas.mPor eso no sorprende que se hable con entusiasmo de geoingeniería, “hacks climáticos” o terraformación de Marte, mientras fracasan o se postergan las metas climáticas globales al 2030, incluso en los países que más han avanzado. Fuera de algunos casos europeos y China, la agenda ambiental y la evidencia científica ni siquiera forman parte del debate público, que queda en manos de quienes concentran poder político y económico. El optimismo tecnológico del texto asume un “Earth OS” gobernable, cuando en la práctica el verdadero cuello de botella no es técnico, sino institucional, democrático y epistemológico. Quién decide, con qué intereses, bajo qué incertidumbres y quién asume los riesgos. Sin resolver ese problema de base, la promesa de “optimizar” la Tierra corre el riesgo de repetir la lógica que nos trajo hasta aquí, como intervenir sistemas complejos sin comprenderlos del todo, confiando en que el poder tecnológico compensará la falta de límites.