El opio del pueblo
Acerca del consumismo 2
Al salir de la parada del metro de Shanghai llamada “Sitio del Primer Congreso Nacional del Partido Comunista Chino”, uno se lleva una sorpresa inesperada. No es una evocación de aquellos pioneros del comunismo lo que llama la atención, sino las deslumbrantes luces del Xintiandi Style Shopping Centre, un imponente centro comercial.
Y no es una excepción. China está repleta de templos del consumismo. Probablemente sea hoy uno de los mejores lugares para descubrir las últimas tiendas más exclusivas y exuberantes de las marcas de lujo internacionales.
Tanto que si teletransportásemos a Marx a esta iteración del paraíso comunista, probablemente volvería a repetir aquello del “opio del pueblo”, pero esta vez no lo encarnaría en la religión, sino en el consumismo.
Esta combinación de anestesia y adicción que implica el opio no nos es ajena. De hecho es una de nuestras exportaciones más exitosas a los sistemas que buscan ofrecer su nueva versión del despotismo ilustrado (“todo para el pueblo pero sin el pueblo”).
Parece que necesitamos ídolos. Y seguimos perfeccionando el sistema. Porque el consumismo es más controlable que los dioses. Permite su renovación y adaptación infinita para incorporar modas y tendencias y que nunca nos cansemos. Seguir en el juego crea la dependencia financiera que nos mantiene anclados en el sistema.
Los jóvenes occidentales lo tienen tan internalizado que hablan incluso de “retail therapy”, o terapia de compras. Darse al consumismo como medicina. O más bien como placebo, porque sus efectos no suelen durar.
Como resume la IA de Google, la “terapia de compras” es “el acto de comprar productos para mejorar el estado de ánimo, reducir el estrés o gestionar emociones negativas como la tristeza. Aunque ofrece alivio momentáneo y un aumento de dopamina, puede convertirse en una evasión emocional y generar tensión financiera si se vuelve un hábito excesivo”.
Algo que no es nuevo ni exclusivo de los jóvenes. Ortega y Gasset lo ejemplificaba en el nuevo rico, que “ha encargado a los demás que deseen por él”. “Todos con el mismo Mercedes, el bolso de Louis Vuitton y el último iPhone”, añade Sergio San Juan al compartirlo.
Y concluía: “El hombre actual no sabe qué ser, le falta imaginación para inventar el argumento de su propia vida”.
Ya se lo inventa el capitalismo simbólico, que aparece cuando las necesidades están más que cubiertas, y que, en su encarnación como consumismo, en lugar de crear riqueza la destruye. Basado en el juego de suma cero del status, fabrica escasez de bienes exclusivos que dejarán de serlo cuando lleguen los siguientes. Un ciclo que nunca acaba.
En “El Club de La Lucha”, de Chuck Palahniuk, su protagonista Tyler Durden encuentra en el combate una salida a la insatisfacción del sistema:
Tienes una generación de jóvenes hombres y mujeres fuertes, y quieren entregar sus vidas a algo. La publicidad les tiene persiguiendo coches y ropas que no necesitan. Generaciones que han estado trabajando en empleos que odian, sólo para poder comprarse lo que no necesitan. No tenemos una guerra en nuestra generación, o una gran depresión, lo que tenemos es una guerra del espíritu. Tenemos una depresión espiritual.
Como respondía Alex de la Iglesia cuando le preguntaron si le daba miedo su cine: “Lo que da miedo es la gente que, después de pasar toda la semana trabajando, se pasa el fin de semana en un centro comercial”.
Nos venden una falsa sensación de libertad. Si rascamos, huele a opio.
En su libro “Fuck You Money”, Joan Tubau comparte su ruta de la libertad financiera a la libertad personal. Cuando Luis Torras le pregunta con motivo de su lanzamiento si tuviese que elegir un solo consejo, Joan elige evitar el consumismo.
Volviendo a Oriente, E. F. Schumacher, en “Small is Beautiful”, comparte sus aprendizajes de “economía budista” frente al “pan y circo”:
El economista moderno está acostumbrado a medir la calidad de vida por el consumo anual, y asume que el que consume más está “mejor” que el que consume menos. Un economista budista consideraría irracional este planteamiento: siendo el consumo un medio para un bienestar humano, el objetivo sería obtener el máximo bienestar con el consumo mínimo.
Porque para la “economía budista”, “la esencia de la civilización no es la multiplicación de deseos, sino la purificación del carácter humano”.
Menos es más. Y las dependencias, del opio o del consumismo, hacen daño. Citando a Vernon Howard, “has triunfado en la vida cuando todo lo que realmente quieres es sólo lo que realmente necesitas”.
Este post rima con “Acerca del Consumismo”, de hace casi un año. Por si te apetece seguir la pista…




Este artículo me genera una reflexión. Si bien entiendo que el nivel de vida de Europa hace que probablemente mas del 60 % de la población tenga prácticas de consumo, digamos "nivel shopping"; no refleja la realidad de consumo de las mayorías. De hecho China tiene una clase media de 480 millones de habitantes y mas de un millón de multimillonarios, por lo que las luces de esos centros comerciales no están al alcance de mas de 1000 millones de chinos y chinas. Algún día tendremos que discutir si los niveles de vida de las clases medias y altas de todo el mundo son justas y soportables económica y ambientalmente por las sociedades de cada país (no uso sostenible porque no quiero abrir otra ventana de discusión). Algún día tendremos que hacer el ejercicio mental de pensar si una redistribución de la riqueza equitativa podría cambiar la cultura del consumo global. No me refiero a aumentar impuestos para redistribuir. Sino al hecho de que las dos terceras partes del mundo que vive en la pobreza o en sus umbrales y que practican un consumo "normal" o básico, en mercados, ferias, comercios de cercanía, formalizaran sus modos de vida y a su vez perciban una renta justa por su trabajo: ¿Qué pasaría? Y que pasaría con las clases medias europea o china cuando tengan que pagar por el servicio doméstico, por el trabajo de cuidados de la salud o por lo que vale el trabajo de un productor de té lo que corresponde? O de cuanto sería la inversión para desarrollar cualquier emprendimiento si ello implicara el respeto del ambiente y el pago justo de lo que vale el trabajo de las personas? Y si el problema no es solo el consumo si no lo que cuesta globalmente la clase media y alta. A modo de cierre va un ejemplo. Si el exceso de consumo de proteínas de origen animal de países con clases medias muy extendidas y alto poder adquisitivo como Estados Unidos y Alemania, equivale a calmar el hambre de África: ¿Se imaginan una redistribución de los excedentes de consumo globales hacia inversiones que mejoren la vida de al menos un tercio de la población mundial? ¿Y si se redujera el poder adquisitivo de las clases medias y se aumentaran los impuestos a los superricos y se redirigiera a poner en valor el trabajo de trabajadores y productores rurales que producen alimentos, el personal del servicio doméstico o los obreras y obreros de la construcción, los feriantes. No me odien es solo una idea. Felicitaciones por el artículo, es muy bueno.
Fue un placer desvirtualizarte el otro día. Ortega en esto, como en tantas otras cosas, fue un adelantado a su tiempo. Gracias por la mención.