Magos, profetas y desacoplamiento
Green Growth versus Degrowth
Magos y profetas
En “El mago y el profeta”, Charles C. Mann muestra dos “formas de salvar la humanidad” frente al reto de alimentar a 10 billones de personas en el año 2050 sin destruir nuestro planeta. Para ello, contrapone dos figuras del siglo XX que encarnan ambas visiones.
Por una parte, el agrónomo Norman Borlaug, “el Mago”, que, trabajando en una explotación empobrecida de trigo en México, desarrolló nuevas variedades híbridas de cereal de alto rendimiento, e inventó y extendió nuevas prácticas agrarias, con semillas híbridas, fertilizantes sintéticos y nuevas técnicas de irrigación. Por lo que se le considera el padre de la llamada “revolución verde”. Incluso se le ha llamado "el hombre que salvó mil millones de vidas", ya que consiguió acabar con el hambre por primera vez en la historia. Aunque con efectos colaterales negativos, en términos de biodiversidad y degradación del suelo y medio ambiente.
Por otra parte, el ornitólogo William Vogt, “el Profeta”, que, estudiando las aves locales en las islas de Perú, y tras observar sus problemas de alimentación y supervivencia, acuñó por primera vez el término “capacidad de carga”, al referirse a los límites de la naturaleza para hacer frente a todas las necesidades de sus habitantes. Origen de otras expresiones posteriores, como los “límites al crecimiento” y los “límites planetarios”, se le considera iniciador del movimiento ecologista y de la preocupación por agotar los recursos del Planeta.
Este debate entre el Mago y el Profeta sigue presente. ¿Nos salvará la ciencia o nos salvará nuestra capacidad para establecer límites? Los profetas piensan que vivimos en un mundo finito, con restricciones impuestas por la naturaleza, mientras que los magos creen que el ingenio humano nos irá proporcionando una serie sin fin de herramientas para moldear el entorno y satisfacer nuestras necesidades. Aunque ambos persiguen el mismo fin, sus visiones les separan.
El propio Mann, al ser preguntado por qué visión impulsó a la humanidad a cambiar de opinión en cuestiones como la esclavitud, que hoy nos parece inconcebible pero en 1800 estaba ampliamente arraigada, comentaba que los partidarios de ambas se habrían atribuído su abolición. Los profetas, por el compromiso moral de la sociedad que la abolió. Los magos, ya que la maquinaria industrial lo hizo posible, al sustituir necesidades de mano de obra. Tal vez fue la combinación de ambas causas lo que lo hizo posible.
La fórmula del “decoupling”
En la lucha contra el cambio climático y la eliminación de los gases de efecto invernadero de la atmósfera, nos encontramos de nuevo con ambas visiones que compiten. Aún unidos por un mismo fin, solucionar la amenaza del calentamiento global, sus recetas para conseguirlo difieren.
Pero contamos con una “fórmula magistral” que nos facilita mucho el entender cada visión. Y un concepto que las separa, el llamado “decoupling”, que podría traducirse como desacoplamiento o desemparejamiento. Esto es, si es posible mantener el crecimiento económico y sus beneficios sin que se sigan produciendo las emisiones de gases de efecto invernadero que causan el calentamiento global. Llamémoslo crecimiento SIN emisiones.
Concepto elegantemente resumido en esta fórmula por el economista japonés Yoichi Kaya (simplificada para el CO2 como el principal gas de efecto invernadero):

El total de CO2 emitido por la economía es el resultado de la población, el PIB per cápita, la energía usada por unidad de PIB y las emisiones de CO2 generadas por dicha energía. Si queremos reducir emisiones tendremos que reducir uno o más de estos cuatro factores.
Green growth vs degrowth
Los magos de hoy, más conocidos como “tecno optimistas”, apuestan por el llamado “green growth”. Esto es, las tecnologías que pueden hacer realidad el “decoupling”. Gracias a una mayor eficiencia energética y la adopción de energías sin emisiones, podremos mantener el crecimiento mientras se elimina el daño medioambiental. Trabajando los dos últimos factores de la ecuación.
A lo que los profetas actuales, muchos de ellos asociados al concepto de “degrowth” o “post growth”, contraproponen trabajar en el segundo factor, y reducir la producción por habitante del planeta, como medida más sencilla e inmediata, desconfiados de que el desacoplamiento sea suficiente y llegue a tiempo.
Incluso algunas facciones más radicales abogan por reducir la población - aunque parece que las últimas tendencias demográficas ya se están encargando de ello. Y tampoco por sí mismo tendría un impacto material suficiente.
El argumento más utilizado a favor del degrowth como solución es que el decoupling no es posible. Al menos al nivel que es necesario. Y es que no basta con reducir las emisiones por unidad de PIB. Necesitamos que la reducción de emisiones sea absoluta, esto es, sobre el total de la producción. Y a la vez suficiente para evitar la generación de nuevas emisiones.

A lo que los tecno-optimistas replican que sí es posible, gracias a la tecnología, conseguir el desacoplamiento. Entre sus principales armas para influir en el tercer y cuarto factor de la fórmula presentan la desmaterialización y desmonetización y las energías limpias.
Más por menos
Frente al “Less is More” de Jason Hickel, obra de referencia del degrowth, que insiste en la necesidad de reducir el volumen absoluto de lo que producimos y consumimos como única solución viable, Andrew MacAffee contrapone el “More From Less”, que destaca el papel de la tecnología introduciendo eficiencia y reduciendo el consumo de recursos, y que ilustra en la tendencia de reducir el número de objetos físicos que necesitamos que ha hecho posible la revolución digital. Y lo ejemplifica en el iPhone.
MacAffee contrapone un anuncio de Radio Shack de finales del siglo XX a la tecnología que usamos hoy para ilustrar la idea de “desmaterialización”: Hemos conseguido mantener todos los usos que nos proporcionaban los 11 objetos que aparecen en el anuncio de Radio Shack con un solo dispositivo, el smartphone. Con el efecto de reducir drásticamente el número de recursos o moléculas en su fabricación, distribución y transporte. Simplemente han desaparecido. Se han “desmaterializado”.

A lo que Chris Anderson añade una segunda característica: la “desmonetización”. Al convertirse dichos dispositivos en aplicaciones, al pasar de átomos a bits, su coste marginal es prácticamente cero, con lo que pueden ser accesibles a cualquiera que tenga un smartphone. Podemos aumentar su producción y sus beneficios para los habitantes de todo el planeta de forma accesible y prácticamente ilimitada.
En efecto, las tecnologías digitales han disparado las posibilidades de proporcionarnos “más por menos". No sólo en el uso personal, también en numerosas aplicaciones empresariales e industriales. Sin embargo, este hecho aislado también puede llevarnos a engaño. Dependiendo del uso que hagamos de estos dispositivos y su consumo de energía y recursos asociados, más de menos puede acabar siendo más. Particularmente si sus fabricantes nos obligan a renovarlos mediante actualizaciones continuas y ciclos de obsolescencia programada.
¿Menos o más?
Pero la mayor apuesta de los tecno optimistas se encuentra sin duda en el cuarto factor de la fórmula, gracias a las energías limpias. Reducir, hasta el punto de eliminar, las emisiones de la energía, como proceso transversal que se estima afecta a más del 70% del total de gases de efecto invernadero, es la principal apuesta para llevarnos a un desacoplamiento que pueda ser absoluto y suficiente.
Logro que cada día parece más creíble, gracias a la revolución de las energías renovables y en particular la energía solar. Más cuando las leyes del mercado ya están de su parte, al convertirse en la energía más barata de la historia, que además es renovable e ilimitada. Que está llevando al entusiasmo de referentes en la batalla del clima como Al Gore (así lo celebra en su reciente presentación en TED).
Además, la tecnología se muestra aún más decisiva para hacer frente a uno de los mayores retos que plantea el cambio climático: ya hay demasiado CO2 en la atmósfera, que es necesario eliminar, en paralelo a la reducción de emisiones. Necesitamos soluciones para absorberlo, sean de base técnica o natural, y necesitamos herramientas para acelerarlas y desplegarlas masivamente.
Pero parece arriesgado confiar todo a que la tecnología nos salve sin ajustar o establecer límites al crecimiento total. El reciente libro de Jean-Baptiste Fressoz, "More and More and More", pone foco sobre un hecho sorprendente y poco conocido: Aunque se está añadiendo de forma acelerada capacidad energética renovable en el sistema, no está siendo suficiente para reemplazar la energía que demanda el crecimiento económico, y por tanto el resto de fuentes energéticas también sigue creciendo. Más que una transición energética, estamos viviendo una “adición” o acumulación energética, por la que añadimos más energía al sistema sin prescindir de la que ya tenemos. Incluso “el mundo quema ahora más madera y carbón de lo que nunca lo hizo”.

Minuto y resultado
¿Dónde nos encontramos entonces? ¿Estamos consiguiendo desacoplar crecimiento y emisiones?
Un indicador cercano son los datos de evolución de emisiones frente a crecimiento de la Unión Europea. Que sí muestran el efecto “decoupling” entre crecimiento y emisiones, tanto en relación al PIB per capita como al PIB total, incluso cuando se incorpora un ajuste por las emisiones asociadas al consumo de productos fabricados en otros países.


Son datos esperanzadores. Pero aún muy lejos de lo que sería una solución.
En palabras de Hannah Ritchie, que los conoce como casi nadie, hay que celebrar que un grupo de países han sido capaces de separar el crecimiento del PIB y las emisiones de CO2. Pero añade: “Siendo muy claros, el desacople no está ocurriendo con la suficiente rapidez. Estamos muy lejos. Y solamente lo han logrado hasta la fecha países ricos. Tenemos que movernos más rápido.”
¿Será el green growth suficiente? ¿Llegaremos a tiempo? Sin duda tenemos que seguir intentándolo. La historia nos ha demostrado que la tecnología es lo que más rápido nos ha permitido avanzar como humanidad a lo largo del tiempo. Pero “más es más es más". Y seguir creciendo sin límite complica cualquier solución.
¿Y si reducimos el crecimiento? ¿Cortar toda la producción y el consumo innecesario en países como el nuestro, que con frecuencia ni siquiera mejora nuestra calidad de vida? ¿Sería suficiente para compensar el crecimiento que va a ser inevitable en otros países, y marcarles un nuevo modelo a seguir? ¿Seremos capaces de pasar de las 7 a las 2 toneladas de tCO2 al año que cada uno tendríamos que generar? ¿Cómo lograrlo de una forma que no comprometa todos los avances conseguidos en calidad de vida y libertades? ¿Es realmente factible?
¿Y una combinación? Cualquiera de las dos vías sigue siendo un reto, pero al final está en nuestras manos ser decisivos, tanto pasándonos a las tecnologías que pueden resolverlo como ajustando nuestro consumo. ¿Por qué jugársela a una carta cuando contamos con dos? ¿Y si combinamos lo mejor de los magos y los profetas?
Seamos listos y tratemos ambas como herramientas, que es lo que son, y no como ideologías. Como soluciones, no como dogmas. Son nuestras armas frente a un enemigo común: el calentamiento global. Y estamos en una carrera contra el tiempo. Decidamos qué futuro queremos y, sobre todo, actuemos, que opciones no nos faltan.



Muy interesante, José María, gracias por esta visión tan lúcida. Para mí, una combinación de ambas es imprescindible. El problema del crecimiento desmesurado es que no respeta los límites de la biosfera, pero hay crecimiento posible desde direcciones regenerativas. Mi marido y yo lo estamos viendo con la agroforestería sintrópica: un modelo de producción agrario (y de maderables y otros productos vegetales) que aumenta la biodiversidad y la fertilidad del suelo cada año, hasta prescindir de insumos externos (fertilizantes sobre todo) porque el propio sistema aporta la fertilidad que necesita para producir comida. Ahora se está empezando a unir el mundo de la producción de setas con la agroforesteria, y las setas son muy versátiles y capaces de multiplicar tanto la fertilidad como las ganancias. Hay mucho ingenio ahí fuera listo para ser puesto a favor de la naturaleza, y cuando trabajamos siguiendo sus principios, la abundancia es posible. M. 💜
Muy oportuna la comparación y la propuesta, Jose Maria. Creo que el punto clave está en lo que comentas: “tratemos ambas como herramientas... no como ideologías”. Tal vez lo más importante y lo más difícil. Y qué buena pinta tiene el libro, otro más para la lista.