No
La fortaleza de la renuncia
Nos cuesta decir no.
Aunque sepamos que es lo correcto.
Y eso es complicado. No nos han educado para ello. No queremos hacer sentir mal a los demás si podemos evitarlo.
Pero es que además todo el mundo insiste en ofrecernos y pedirnos cosas que nos cuesta rechazar.
Como el camarero del restaurante que insiste en traernos el agua embotellada aunque le hayamos pedido una jarra de agua. Aunque sabemos que cuesta 1000 veces más que el agua del grifo y viene acompañada de daños y riesgos medioambientales innecesarios. Insiste y sabemos que le remuneran por ello. Nos resulta difícil defendernos del que quiere imponernos algo.
Pero es que también nos pasa incluso con quien sólo trata de agradar. ¿Por qué nos cuesta tanto prescindir de la pajita del refresco?
Con sólo 9 años, Milo Cress sí decidió decir que no, y no volver a usarlas.

Tras ver un vídeo de una tortuga marina con una pajita de plástico inserta en su nariz, y conocer que en EEUU se tiraban 500 millones de pajitas cada día, lanzó el movimiento Be Straw Free, invitando a seguir su ejemplo y dejar de usarlas. Consiguió el apoyo de celebrities en redes sociales, con el hashtag #stopsucking, e incluso de ciudades como Seattle, que prohibieron su uso.
Pero las pajitas resistieron. Más que desaparecer, empezaron a ser sustituidas por otras alternativas, pero sin una ventaja tan clara: No siempre estaban listas para que la naturaleza las absorba antes de que acaben en la nariz de otra tortuga, facilitando cierta recuperación sigilosa de las de plástico, que para ese uso seguían siendo funcionalmente superiores.
Y es que no somos capaces de decir que no ni a la pajita del refresco.
Poder decir no es nuestra defensa frente al consumismo desatado. Que cuando nos vende que decimos que no, es para que digamos que sí a otra cosa. No renunciamos, sólo cambiamos.
Como aquel legendario anuncio de una marca de vaqueros, marca que no duró mucho, pero cuyo spot dejó su estribillo marcado a toda una generación:
No me gusta señora
Que me digan lo que debo hacer
Esto está bien
Esto está mal
Hace ya tiempo que decidí
Dejarles de escuchar
Visto como quiero
Grins Grins Grins
Vender rebeldía para vender vaqueros. Un aparente no que oculta un enorme sí. Ser rebelde era comprar vaqueros. Hay que monetizar hasta la rebeldía.
En estos tiempos en los que nos sobra de todo y nos falta tiempo y claridad de prioridades, reivindiquemos el valor de la renuncia. Un no calmado y sereno que reivindique que menos es más.
Cuenta Francisco Colom el ejemplo de los arquitectos Lacaton & Vassal, que, en respuesta al encargo del ayuntamiento de Burdeos para reformar una plaza, concluyeron que «no había nada que hacer, porque tenía ya todas las cualidades necesarias». Bastaba con limpiarla más a menudo.

Eso sí que es un acto de rebeldía. Decir no a lo que es innecesario.
Francisco Colom lo eleva a máxima para la arquitectura:
Lo que decidimos eliminar es más importante que lo que decidimos añadir. El edificio más sostenible es el que decidimos que no hace falta. El segundo es el que ya existe y decidimos reutilizar. El tercero es el que podemos reducir a la mitad de tamaño y conseguir el mismo objetivo. Y así sucesivamente.
Nos han enseñado a resolver problemas añadiendo, que no quitando cosas. Si un medicamento nos produce molestias, tomamos otro para combatirlas. El exceso nos supera, y con frecuencia crea más problemas de los que resuelve. Hay que sumar menos y restar más.
Naval Ravikant, fundador de Angel List, considerado por algunos “la persona más sabia de Silicon Valley”, acuñó sus 3 reglas heurísticas para decisiones difíciles, siendo la primera regla1:
Ante una decisión difícil, si no puedes decidir, la respuesta es no.
Y es que la renuncia es una herramienta mucho más poderosa de lo que pensamos. Cuesta muy poco ejercerla pero sus efectos son enormes. Es capaz de liberar todos los recursos y energía que comprometemos al decir sí. Y nuestra mejor arma contra lo innecesario.
A este mundo le sobran cosas. Tener está sobrevalorado. Estar ocupado también. Nos invade un “horror vacui” en nuestros espacios y nuestra vida. Todo el mundo quiere algo de ti.
Si estamos a todo, no estamos a nada. Decía Napoleón: “divide y vencerás”. Cada vez que decimos no, protegemos nuestra libertad para dedicarnos a lo que nos importa.
Decir no requiere más fortaleza que decir que sí. Es ir contra la corriente. Hacer que nuestra valentía se imponga sobre nuestra debilidad. Y tiene un poder liberador.
Renunciar nos hace más fuertes que “vestir como quiero”. Eso sí que es rebeldía. Just say No.
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Las otras dos reglas de Naval son:
Si dudas entre 2 opciones que percibes iguales, elige la más difícil en el corto plazo
Si tienen efecto en otras personas, elige la que te dé más paz mental en el largo plazo




Me parece un temazo esto de aprender a decir “no” y todo lo que implica. Me ha gustado mucho cómo conectas los beneficios medioambientales con los de nuestra salud, tranquilidad y claridad mental. Como dices: “Cada vez que decimos no, protegemos nuestra libertad para dedicarnos a lo que nos importa”. Totalmente de acuerdo. Hay una guerra por la atención, y la mayoría vamos perdiendo. Pero aprender a decir “no” puede liberarnos. A nosotros y al planeta.
Una de mis lecturas de psicología que más me impacto fue "No diga sí cuando quiera decir no". Un tratado sobre asertividad que, por desgracia, nones fácil llevar a la práctica porque, como afirmas, decir NO cuesta.
Al menos, es importante tomar conciencia de ello y, en la medida de lo posible, no hacer demasiadas concesiones innecesarias.
La regla de "ante la duda...NO" me parece esencial