Recuperar la Navidad
De lo material a lo intencional
Un año más estamos en Navidad. No sabemos muy bien desde hace cuánto, porque cada año “las Navidades” son más difusas y duran más. Aunque aún quedan días para el 25 de diciembre, hace ya semanas que comenzaron los despliegues de luces y la publicidad omnipresente que nos recuerda no olvidarnos de hacer muchos regalos y gastar más.
El año pasado un lector me envió un mensaje que me animaba a reflexionar sobre la “verdad incómoda” de la evolución de estas fiestas y cómo recuperar su esencia. Como fiesta de origen religioso, celebración de un nacimiento en un humilde portal de Belén, muy alejada del desenfreno consumista que nos rodea en estas fechas.
Que la Navidad se haya convertido en otra fiesta del consumismo es una enorme paradoja. No deja de ser otra víctima de la abundancia tan contraria a la austeridad y pobreza que, si bien seguimos representando en el recuerdo de Belén, no replicamos en la moderna encarnación de esta festividad. En la que los motivos cristianos tradicionales cada vez están más relegados por Papa Noel, Santa Claus y otros iconos con un perfil mucho más comercial.
Porque la Navidad sufre dos plagas, de materialización y deshumanización. Y no es que impidan que cada uno decida aferrarse a su esencia, pero sí la complican y afectan a lo que como sociedad entendemos que significa y propagamos con el ejemplo a las nuevas generaciones.
Hemos materializado la Navidad. La hemos convertido en sinónimo de regalos. En colofón a un año de fiestas del consumo, que cada vez se extienden más. En regalos que son compras que a menudo acaban en la basura. Incluso en competiciones por quién regala más cantidad, en luchas de status que llegan hasta el ámbito familiar.
Pero también hemos deshumanizado la Navidad al convertirla en un carrusel de festividades acumulativas. Ya no son los excesos de cenas, comidas y eventos con colegas y amigos, sean reales o invisibles, donde el problema suele estar en la dosis. Son las celebraciones masivas estandarizadas entre luces y festejos que no nos podemos perder, aunque haya que aglomerarse en calles de dirección única entre multitudes de desconocidos.
Tanto que las celebraciones callejeras en estas fiestas recuerdan cada vez más a los no-lugares de Marc Augé que tan bien nos cuenta Cuca Casado. Las calles convertidas en parques temáticos. Miles de personas juntas… pero sin mirarse. Espacios en los que nos convertimos en buscadores de experiencias de forma impersonal. Sin conexiones con los que nos rodean.
El problema no es que celebremos. La esencia de la Navidad es la celebración, es una fiesta por una fantástica noticia, y un momento de juntarnos y cuidarnos en comunidad. Con los valores de sencillez, solidaridad y espíritu familiar.
El problema es cuando esa esencia queda sepultada bajo un consumismo que la materializa y despersonaliza. Por los excesos que acaban convirtiendo todas las fiestas en una fiesta más, con distintos disfraces pero el mismo ritmo frenético de usar y tirar. Que han convertido al día de los difuntos en Halloween. Que tienen más como referente una visita a Disney o Las Vegas que la tradición.

¿Podemos rescatar lo que es único de la Navidad entre tanto estímulo?
Festejar es pasar buenos momentos junto a los que más nos importan. La fórmula de la felicidad. Sea adornando el hogar, organizando concursos de villancicos o campeonatos de mus (esta mención con cariño para Jacobo Bergareche). Compartiendo historias juntos o recordando a los que ya no están. Encuentros, comidas o cenas donde lo importante es quien participa. Las personas.
Regalar también puede ser un momento mágico, siempre que su contenido material no sacrifique su lado intencional. No dediquemos estas fechas a comprar bajo presión, como si nos pusieran “deberes consumistas”. Es difícil acertar haciendo regalos apresurados. Y muy probable que se conviertan en regalos no deseados, que cada año llevan a más devoluciones y reventas.
Sería mucho mejor haber pensado y comprado esos regalos a lo largo del año, con menos prisa y más intencionalidad. O comprometerse a un regalo que será cuidadosamente preparado durante las próximas semanas. Qué mejor forma de tener presentes a los demás no sólo unos días, sino todo el año.
Mejor aún, producirlos. Escribir un cuento de Navidad para leer juntos en Nochebuena. Tejer un jersey que no es perfecto pero lleva incorporadas horas de pensar en ti. Crear un juego de mesa para estrenarlo juntos. O unas simples notas dedicadas. Tal vez agradeciendo algo que nos hizo este año mejor.
O compartir nuestras cosas con quien creemos que las puede valorar aún más. Regalos de segunda vida. Esos libros que siguen en una balda y que creo que te encantaría leer. Prendas o complementos que tienen algo especial y quiero que uses tú. Que me cuentes qué tal resultan, qué te dice la gente cuando las llevas puestas. Relevos generacionales para construir nuevos recuerdos compartidos. Herencias en vida. Sin necesidad de pasar por El Corte Inglés ni por Alibaba. Todos tenemos mucho más de lo que usamos.
Y es que Navidad no es comprar. Movimientos como Buy Nothing Christmas, que abogan por no comprar nada en estas fechas, persiguen evitar tanto la presión social como el daño al medio ambiente que supone.
Curiosamente, tener presente a la naturaleza y a nuestro planeta tampoco falla como guía para recuperar la Navidad. Comprar cosas innecesarias no sólo nos aleja de su esencia, sino que además es insostenible. Aplicar el menos es más, con acciones como regalar menos pero de forma más intencional, y traducirlo en pequeños detalles, como cuidar los adornos de un año para el siguiente, puede acercar estas fiestas a su sentido original. Hacia una sencillez que armoniza mejor con la tradición y la naturaleza.
Recuperar la Navidad no es tan complicado. Es decidir cómo quieres celebrarla y con quién, y de qué materia prima quieres que esté hecha.
Porque la materia prima de la Navidad no son las cosas, son las personas. No es el dinero, es el tiempo. No es la cantidad, es la calidad. Es tu tiempo de calidad y qué decides hacer con él. Si eliges dedicarlo a compras y aglomeraciones, o parar tanto exceso. Dedicar tu atención a los demás y recordar el ejemplo y los valores que la hacen única.
Un espíritu, que por cierto, no tendría por qué limitarse a estas fiestas. Como promete Ebenezer Scrooge al final del Cuento de Navidad de Charles Dickens, “conservaré la Navidad en mi corazón, y trataré de mantenerla todo el año”. Más personas, menos consumismo. Felices Fiestas.



Qué reconfortante encontrarse con tu reflexión navideña y cuan necesaria es en estos tiempos de consumo voraz y efímero. Como bien dices, "la materia prima de la Navidad no son las cosas, son las personas. No es el dinero, es el tiempo. No es la cantidad, es la calidad". Suscribo tus palabras.
Se suele olvidar que los pequeños actos cotidianos, y más concretamente los propios de estas fechas —el momento de decorar el árbol o poner el belén, la carta a sus majestades o esa taza de chocolate caliente, entre otras–, son la esencia de la vida en común.
Gracias por incluirme en tu reflexión.
Un saludo, José María.
Personas y tiempo esa es la verdad que reforzamos en Navidad - Gracias !!!