Revolución fiscal
Un solo cambio
Trump usando las tarifas para cumplir sus promesas de mandato nos está recordando el poder que da fijar el precio de las cosas. Es como si dijese: “Haz lo que te pido o todo lo que intentes venderme costará un 25% más a partir de hoy”.
Y es que casi nadie se resiste a un buen precio. La ley de la atracción de los precios es casi tan poderosa como la ley de la gravedad.
El pionero de la economía circular Walter Stahel ya vio una oportunidad de influir en el precio de las cosas mediante los impuestos, si bien con fines muy distintos:
Un solo cambio marcaría una diferencia enorme a favor de la economía circular, que es intensiva en trabajadores pero usa pocos recursos: Eliminar las tasas sobre recursos renovables y costes de personal - la mano de obra es un recurso renovable. Gravar, en cambio, cosas que no queremos, como el consumo de recursos no renovables, los residuos o las emisiones.
Un solo cambio que parece sencillo pero sería poderosísimo: Seguimos con sistemas impositivos del pasado, que parecen más preocupados por recaudar al máximo que por su impacto sobre el consumo final y sus consecuencias. No soy experto en fiscalidad, y me encantaría conocer la opinión de los que sí lo son, pero todo apunta a que estos sistemas han llevado a que la lógica económica prime la mecanización y reduzca en lo posible el empleo.
Una economía cuyo foco pase de producir en masa productos de usar y tirar de forma centralizada a mantener productos de calidad con la ayuda de un ecosistema local se beneficiaría enormemente de un giro fiscal como este. Pensemos en el derecho a reparar: Para que reparar se imponga a la obsolescencia programada, es necesario que reparar sea más fácil y más barato que comprar nuevo. A fecha de hoy los números no salen en la mayoría de los casos.
Stahel lo continúa explicando en mayor detalle, y lo eleva al impacto que podría tener un cambio de este tipo sobre la economía mundial:
La economía circular requiere más trabajo que la economía lineal por razones estructurales. En torno a tres cuartos de todo el consumo energético industrial está asociado con la extracción y producción de materiales básicos, como el acero y el cemento; y sólo en torno a un cuarto es utilizado en la transformación en bienes finales como máquinas o edificios. Lo contrario ocurre con el trabajo: Se emplea en torno a tres veces más en la conversión de materiales a productos finales que en la producción de materiales.
La economía circular reduce la extracción y producción de materiales, centralizada y altamente mecanizada, y multiplica las actividades locales para los objetos en uso, como la reparación, reacondicionamiento, separación, limpieza, control de calidad… que son intensivos en trabajo y capacidades, y que tienen que hacerse dónde están los clientes.
¿Qué debería ser la regulación, sino una herramienta para fomentar las buenas consecuencias y evitar las malas? ¿De aplicar “zanahorias y palos” en aras del interés general y, en casos como este, “internalizar la externalidad” sobre los efectos positivos y negativos de la actividad económica que hoy se escapan?
En ese sentido se manifiesta la iniciativa del IVA Verde en España (puedes adherirte aquí), que surge con tres objetivos, centrados en sus efectos positivos y accesibles a cualquiera:
Impulsar las actuales empresas que ofrecen ya productos sostenibles y circulares.
Fomentar que las empresas que no son actualmente sostenibles y circulares, empiecen a ofrecer productos y servicios circulares.
Que los consumidores tengan mejores precios en torno a productos y servicios circulares.
Como sus impulsores explican, un esquema como este no deja de ser un simple ajuste de costes para la sociedad:
La oferta de productos y servicios sostenibles sigue avanzando, pero se encuentra con una desigualdad a la hora de competir en el mercado con las empresas que no adoptan modelos circulares.
Siguiendo el principio de “quien contamina paga”, las empresas no circulares disfrutan de mayores márgenes debido al uso de prácticas que contaminan el medio ambiente, sin pagar por su uso o su regeneración.
Igual que ya se viene haciendo con categorías como el alcohol o el tabaco, gravar el consumo de bienes que son perjudiciales, no sólo para el individuo, sino para el conjunto de la sociedad, puede tener el doble efecto de reducir su demanda, a la vez que financiar el coste adicional que supone para todos, sea el sistema de salud o el cuidado del medioambiente.
Las posibles aplicaciones prácticas de esta idea son muy numerosas, tanto en modo de “palos” como “zanahorias”: ¿aplicar una tasa Shein a los productos insostenibles social y medioambientalmente? ¿hacer más atractiva la tributación de la segunda mano o de compartir activos? Sin embargo, con frecuencia encontramos políticas fiscales que se centran en el lado recaudatorio y descuidan el poder de sus consecuencias.
Y es que, bien hecho, este cambio no debería ser subir el nivel de precios. sino darle a cada cosa el precio que tiene para la sociedad. Shein será más caro, y la ropa duradera más barata, incluida su venta de segunda mano, mantenimiento y reparaciones. Haría más asequible lo que realmente lo es.
La regla es muy sencilla: Gravar lo malo e incentivar lo bueno.
El reto es llevarla al terreno práctico: definir qué es sostenible y puede disfrutar de esta mejor tributación.
¿Y si partimos de los atributos que caracterizan a un producto como sostenible? Habría que tener en cuenta el origen, destino y vida útil de cada producto a la hora de aplicar zanahoria o palo. Primando a aquellos que menos recursos consumen, más pueden durar y menos emisiones y residuos van a producir, que vendrá determinado por su diseño, materiales, proximidad y circularidad. Podría también fomentar aquellas actividades y servicios que añaden mayor valor a la sociedad frente al consumo innecesario, como la educación o la salud. O el ahorro.
¿Cómo aplicarlo en la práctica? Requiere una definición lo suficientemente clara, consistente y ligada a resultados para asegurar que quepa el fraude o el greenwashing. Y evitar dejar su interpretación demasiado abierta, o su determinación en las manos incorrectas, de forma que se aleje de sus objetivos. Como la experiencia de la etiqueta “ESG” ha demostrado, la genericidad y la dispersión de objetivos pueden acabar siendo contraproducentes y desacreditar todo un sistema. No basta con hablar de “sostenible”, hay que hablar de impacto concreto, medido en emisiones, residuos u otras variables cuantificables.
Ahí destaca la sencillez de la propuesta de Stahel. ¿Y si bastase con no gravar lo que es renovable, incluyendo el trabajo? Aunque intuitivamente va en contra de la lógica de mecanización y automatización que nos ha llevado al modelo de crecimiento actual, tal vez pueda ser la corrección que necesitamos para equilibrar sus excesos y daños colaterales, como el consumismo y la economía lineal. Y prepararnos para una nueva fase de desarrollo equilibrado en tiempos de IA.
Eso sí sería una auténtica revolución, Tanto que suena a utopía. Pero, como nos ha recordado Trump, los impuestos no dejan de ser una herramienta para conseguir cosas, que cualquier gobernante puede activar. Incluidas cosas buenas. Tenemos que intentarlo. Con el permiso de los fiscalistas.



Interesante reflexión. Aunque no soy demasiado partidario de utilizar los impuestos para empujar otras agendas, sino más bien de tener el esquema con mejor eficiencia fiscal y mejor reparto de las cargas impositivas, sí es un tema que da para pensar, al menos como algo que nuestros políticos podrían estar discutiendo. Pero sí pongo un par de experiencias para la discusión. Los impuestos sobre hidrocarburos son muy altos y sin embargo no tienen demasiado impacto sobre su uso. Sería interesante ver el impacto que están teniendo, y desconozco, los impuestos sobre las bebidas azucaradas y sobre los envases de plástico en aquellos países donde ya están. Sería la prueba práctica de si el esquema teórico en la práctica se comporta también así o, en caso contrario, por qué ha sido.
¿Se aprobará la tasa Shein en Francia? ¿Servirá de referencia para la Unión Europea?
Una buena oportunidad para que las tasas y aranceles trabajen para darle a cada cosa el precio que tiene para la sociedad