El futuro
Historias que nos contamos
Cuando soluciones esto,
todo va a cambiar.
Cuando esto sea el pasado,
no temerás más al futuro.
“Al Futuro”, Astrud
Uno de los principales problemas del mundo es que hemos perdido la ilusión por el futuro.
Porque si pensar en el futuro es enfrentarse a lo desconocido, nuestra relación con el futuro a lo largo de la historia ha oscilado entre el temor y la ilusión.
Lo refleja esta representación gráfica del futuro que Iván Leal compartía recientemente con esta explicación:
Aunque ese futuro esté poblado por las sombras de lo desconocido, hay que ir apartándolas con un pie tras otro. Caminar a tientas pero con confianza, en lo que uno cree e intuye. Uno elige mirar al abismo (que siempre está ahí) o centrarse en el camino que se abre a cada paso.
En esta relación hemos pasado por fases optimistas y temerosas. En las últimas décadas nos habíamos acostumbrado a pensar en el futuro como un lugar interesante, al que nos llevaban visiones de ciencia ficción y sociedades utópicas, aunque algunas nunca llegasen, como los coches voladores y otras tantas predicciones nunca cumplidas, y nos sorprendiesen otras que nadie esperaba.
Esta ilusión optimista nos llevaba a sitios mejores. Como el “efecto pigmalión”, que mejora al que sabe que otros esperan su mejor versión, las civilizaciones que más han creído en sí mismas han sido las que han progresado más. Como Corea del Sur, que pasó de ser uno de los países más pobres de la Tierra a su envidiado nivel de desarrollo actual. Superando los temores, haciendo frente a la adversidad.
Pero hoy nos sentimos amenazados por el futuro.
Razones no nos faltan para temer. Nos hemos topado con obstáculos que tenemos que superar.
Empezando por un planeta amenazado por el cambio climático: Aunque ya estemos notando sus efectos, lo realmente grave es su evolución exponencial: degradación de la naturaleza, catástrofes naturales, migraciones masivas procedentes de regiones que pueden convertirse en inhabitables, deterioro de nuestra salud y bienestar…
Un temor fundado al que se han unido visiones distópicas como sabotajes masivos y totalitarismos vigilantes entrelazados con una evolución imprevisible de la tecnología que pueden convertirnos en pieza de un entramado que no controlaremos.
Una visión del futuro que nos supera y a la que preferimos no tener que hacer frente. No avanzar. Pero ocultar las amenazas no elimina los temores.
No es de extrañar que sucumbamos a la tentación de mirar a otro lado y disfrutar el momento, el “carpe diem” de los romanos. Que dediquemos más tiempo y energía a planificar las vacaciones de verano que a preparar nuestra vejez. Y no digamos a proteger nuestro entorno natural. Como si sólo existiese lo inmediato.
Pero el futuro es el lugar donde vamos a pasar el resto de nuestros días. Con lo que más vale que cuidemos su escenario: el cuerpo que vamos a habitar, la gente que nos acompaña, el lugar en que vivimos. Y asegurar nuestro legado como buenos ancestros, dejando un planeta en condiciones a las siguientes generaciones.
Porque el futuro es “ampliamente negociable”, que diría Rafa Sarandeses. Pero para llevarlo a buen puerto, necesitamos recuperar la ilusión. Vencer a esos temores y convertirlos en parte de un pasado que hemos superado con éxito.
Porque lo que pensemos sobre el futuro importa. Como cuenta Carissa Veliz en su reciente TED Talk:
Las predicciones sobre el tiempo no influyen en el tiempo, pero las predicciones sobre la gente sí influyen en la gente. Tienden a actuar como imanes que retuercen la realidad sobre ellas.
En su libro “Tiempo de Futuros”, David Alayón va un paso más allá al invitarnos a pasar de la predicción al diseño de ese futuro, bajo la premisa de que “el futuro no es algo que solo sucede: es algo que construimos”:
Sin la capacidad de imaginar futuros mejores, estamos condenados a la deriva, a navegar sin rumbo, dejándonos llevar por las corrientes del presente sin capacidad de elegir dirección, reaccionando constantemente a lo que viene sin anticipar ni moldear activamente hacia dónde queremos ir. Y los futuros mejores nunca llegan por inercia. Construir un mañana deseable requiere esfuerzo deliberado, visión compartida y acción sostenida. Es luchar contra la entropía, contra esa tendencia natural de los sistemas a degradarse hacia el desorden si no aplicamos energía para mantenerlos o mejorarlos. Sin ese esfuerzo consciente, no llegaremos a ningún futuro mejor, sólo a visiones desgastadas del presente.
Pero los futuros no se quedan en blanco esperando a que actuemos. Cuando abandonamos nuestra capacidad de agencia, de influir en que las cosas sean diferentes, otros ocupan ese vacío, desde corporaciones tecnológicas que priorizan la extracción de datos hasta gobiernos que perpetúan sistemas obsoletos. El futuro se está diseñando ahora, con o sin nuestra participación.
David comparte herramientas para participar en el diseño de ese futuro. Entre las que destaca la “protopía”, concepto creado por Kevin Kelly para reflejar una dirección que nos oriente a mitad de camino entre la utopía y la distopía. “No un futuro perfecto donde todos los problemas se han resuelto, ni la distopía del colapso inevitable, sino algo más honesto y por eso más poderoso”.
Diseñar ese futuro implica hacer frente a los temores que lo amenazan. Porque lo que nos preocupa no es el cambio climático, es nuestra futura salud y felicidad.
Tal como cuidamos nuestro cuerpo para los años venideros, preparemos nuestro planeta - para nosotros y para nuestros sucesores. Decidamos si queremos un futuro de salud y naturaleza o de refugios climáticos y aire acondicionado. Necesitamos contagiarnos de lo que Hannah Ritchie denomina “optimismo urgente”.
Y a partir de ahí hacerlo realidad, día a día, todos los días. En palabras de F. M. Alexander: “Una persona no decide su futuro. Decide sus hábitos, y sus hábitos deciden su futuro”. Todo es empezar.
Como concluye Carissa: “La incertidumbre es una buena noticia. El futuro está para que lo escribamos”.



