La duda
Matar al mensajero
Esta entrega es particular (y extensa). Ante el interés de algunos lectores, comparto un resumen de aprendizajes sobre las dudas divulgadas en medios sobre la ciencia del cambio climático.
“Ella cree en Dios como tú crees en el cambio climático”, le dice a Maite su pareja en “Los Domingos”. Un gag de la premiada película que nos arranca una sonrisa.
¿Nos haría sonreír también si la comparación se produjese con las matemáticas? ¿O con la medicina, en relación a una grave enfermedad? Algo falla cuando se asimilan de forma implícita religión y ciencia. ¿Estamos llevando sin darnos cuenta la ciencia al terreno de la fe? ¿”Ella cree en Dios como tú crees en la ciencia”?
Sin dar más importancia al gag, que toca resortes muy actuales y por eso hace sonreír, lo relevante es que da que pensar sobre qué está pasando a nivel social para que funcione.
La Religión del Cambio Climático
Porque si intentas mencionar a un purasangre del MAGA los efectos de las emisiones de CO2 sobre el clima, es muy probable que directamente te acuse de “pertenecer a una religión”. Ya lo dice el propio Trump en sus intervenciones y leyes, su objetivo es luchar contra “la Gran Estafa Verde”. Y no es el único.
Doctrina que concibe “la Gran Estafa Verde” como una conspiración a gran escala por la que oscuros intereses poderosos han construido la falsa teoría del cambio climático con la necesaria connivencia de la comunidad científica y los organismos multilaterales que persiguen un cambio en la hegemonía mundial para desmontar la economía basada en los combustibles fósiles.
Lo sorprendente es que una tendencia tan doctrinaria esté creando las condiciones para lograr su objetivo: el descrédito de la ciencia. Matar al mensajero portador de malas noticias.
Sin una robusta explicación científica alternativa, pero con una sutil herramienta que funciona: sembrando la duda. Vamos a ir revisando los ingredientes de esta receta.
Refutar una tontería
El otro día, gracias a David Alayón (y este vídeo de Tamara Galimova que compartió y recomiendo visualizar), descubrí el “principio de asimetría de la tontería“, que llevaba mucho tiempo intuyendo, pero desconocía que podía contar con una formulación conceptual tan elegante.
Dicho principio, también conocido como “la Ley de Brandolini”, viene a decir que la cantidad de energía necesaria para refutar una falsedad es un orden de magnitud mayor que la necesaria para crearla. Lo que se aplica fundamentalmente a problemas complejos como la política de vivienda o el propio cambio climático. Como resume David, “se tardan unos segundos en emitir este tipo de juicios, llenos de sesgos y falacias, pero se tarda muchísimo tiempo y energía en intentar desmontarlo”.
Al que, para complicarlo, añade un segundo efecto, el llamado “de Dunning Kruger”, también conocido como “efecto cuñado”:
“Las personas con pocos conocimientos en un ámbito tienden a sobreestimar su propia competencia, mientras que las personas más expertas suelen ser más conscientes de sus limitaciones y, a veces, infravaloran lo que saben. El resultado es que las voces que más se oyen son, en la mayoría de los casos, las que menos saben pero mejor simplifican. Y saben tan poco que no saben lo que no saben, y dicen una burrada y se quedan tan anchos”.
Esta combinación de efectos, amplificada por los medios sociales que sólo valoran titulares breves e impactantes, explica en buena parte que cualquiera se sienta en condiciones de rebatir a los que saben, y entrar en el mercado de comprar verdades absolutas por razón de su prescriptor, o de la ideología a la que sirven, sin contrastar su veracidad.
Leyes sobre las que los que simplifican la problemática del cambio climático parecen haber tomado buena nota. Porque el esfuerzo de plantear objeciones es muy inferior al de rebatirlas, sobre todo cuando estas conversaciones ocurren entre personas sin las credenciales necesarias, como somos la mayoría de los habitantes del planeta que nos vemos afectados por un problema de esta dimensión pero no nos dedicamos a la ciencia.
Ciencia y discrepancia
El otro día mi artículo “Por qué lo llamamos cambio climático cuando queremos decir calentamiento global” recibió varios comentarios de un usuario que me acusó de ser un “bot” por compartir el consenso científico sin ser científico yo mismo. Aunque a juzgar por los hechos, es probable que el bot fuera él. Tras mencionar una lista de “autoridades” y teorías que cuestionaban dicho consenso en un tono doctrinario y ofensivo, decidió eliminar todos sus comentarios y desaparecer, tal vez porque otro lector le respondió de forma clara y respetuosa dejando expuestas sus contradicciones (¡gracias, Jabylo!). Y quién sabe si también porque no encontró la escalada verbal que esperaba.
Este usuario afirmaba que “los modelos del IPCC son políticos, no científicos, y están trucados”, y ofrecía su elenco alternativo de “autoridades” que consideraba más de fiar. Nombres como Lindzen, Happer y Clauser, que, pese a tratarse de científicos con contribuciones históricas respetadas, no son climatólogos, y son conocidos por sostener posiciones discrepantes marginales frente al consenso científico.
No se trata de un caso aislado. Existe un universo paralelo de divulgadores, algunos con miles de seguidores y visualizaciones en redes sociales, que comparten las teorías de científicos seleccionados con una sola condición: que cuestionen el consenso científico.
El consenso científico respecto al cambio climático es muy elevado, y se ha cuantificado en el 97%. Entre otras razones por tratarse de un sistema muy complejo con múltiples interacciones donde la validación mutua entre especialistas resulta crítica.
Lo que no impide que, como en todos los campos de la ciencia, exista la discrepancia, necesaria para mantenerla viva avanzando nuevas teorías y descubrimientos. Como bien formula en su libro “Unsettled” Steven E. Koonin, reputado físico que es una de las figuras más destacadas entre los escépticos a dicho consenso, la ciencia nunca termina de estar establecida, y es mediante nuevas aportaciones que pueden empezar siendo discrepantes como se va enriqueciendo.
Sin embargo, ello no quiere decir que ser discrepante sea suficiente para llevar razón. El rigor científico lo dará la validación (más sobre ello en un apartado posterior).
Teorías discrepantes (e incompletas)
Animado por algunos lectores intrigados por estas teorías que discrepan del consenso, he dedicado tiempo a tratar de entender y contrastar algunas de las más mencionadas.
No siendo yo un científico ni experto en estas disciplinas, me he centrado en valorar su metodología y lógica con el apoyo de herramientas y consultando autoridades de referencia. Con el objetivo de compartir aprendizajes, más que de proporcionar una verdad alternativa, para lo que claramente no estoy cualificado. Y aviso que, aunque he tratado de simplificar, este apartado puede resultar denso.
Como titular común a la mayoría de estas teorías podríamos destacar que no están tan centradas en cuestionar el calentamiento global como tal sino en romper su relación con las emisiones de CO2 y el efecto invernadero.
La más popular viene a decir que nos encontramos en un período interglaciar y, como en los anteriores, nuestro destino está escrito y es normal que aumenten las temperaturas. También se insiste en que en los ciclos paleoclimáticos el CO2 aumentó después y no antes del aumento de temperaturas.
Otras tratan de buscar una alternativa distinta al CO2 que explica los cambios de temperatura, atribuyendo mayor peso al sol, al vapor de agua, a variaciones en la rotación de la Tierra o al desplazamiento del polo norte magnético.
Teorías todas que comparten la misma estructura lógica. Parten de afirmaciones parcialmente ciertas, pero insuficientes. Por ejemplo, que el clima siempre ha cambiado y la Tierra ha experimentado numerosos períodos cálidos y fríos mucho antes de la aparición del ser humano. Pero se formulan de una manera que parece más dirigida a reducir la influencia humana sobre el clima, avalada por la climatología moderna, que a proporcionar alternativas que expliquen la complejidad del sistema.
Porque si bien es cierto que estamos en un período interglaciar, el llamado Holoceno, ello no implica que las temperaturas deban subir de forma continuada, y menos a la velocidad que estamos sufriendo. O que sólo exista una causa para que aumente el CO2 en la atmósfera, ignorando la diferencia entre cuando se produjo como consecuencia de la retroalimentación del calor en los ciclos paleoclimáticos, y ahora que es efecto de la acción humana. Que es de hecho una intervención sin precedentes en la historia del planeta, que incluso ha llevado al uso del término Antropoceno.
De igual manera, existe influencia del sol sobre las temperaturas en períodos muy largos, pero no es comparable a la clara correlación con el CO2 mostrada desde que lo emitimos de forma antropogénica. Y aunque el vapor de agua esté más presente en la atmósfera, la función de “control o picaporte de la temperatura” la ejerce el CO2 (este vídeo lo explica mucho mejor en solo 4 minutos). Y efectivamente se están produciendo variaciones en la rotación de la Tierra y un desplazamiento del polo norte magnético, pero no se ha podido demostrar causalidad alguna con las temperaturas.
Hay más afirmaciones. Otras no cuestionan tanto la influencia del CO2 sino nuestra capacidad de hacer algo al respecto. Como la que, en base a la saturación relativa del CO2 atmosférico, argumenta que más emisiones no van a tener mayor efecto. Lo que no es cierto, aunque este efecto sea menor, pero sí pone de manifiesto la necesidad de reducir las emisiones ya en la atmósfera mediante tecnologías de captura directa de carbono.
O juegos numéricos, retóricamente impactantes pero científicamente engañosos, como el que nos hace pensar que, dado que el CO2 atmosférico sólo supone un 0,042% del aire y sólo es de origen humano el 5% del CO2 emitido cada año, el posible impacto de cualquier programa de reducción de emisiones es trivial. Sin mencionar que antes de la Revolución Industrial dicho CO2 atmosférico era del 0,028%, y que ese 5% de emisiones adicionales es lo que rompe cada año el equilibrio que existía entre emisiones y sumideros naturales, acumulándose hasta crear el efecto invernadero causa del calentamiento global.
Es un buen ejemplo de cómo estas teorías parten de afirmaciones ciertas pero pecan de simplificar un sistema complejo, cuyo equilibrio es frágil y requiere una revisión en su totalidad dado el elevado número de factores que influyen.
Y aunque sorprende que una sola variable pueda tener tanto impacto, como argumentan autores como Koonin, se ha demostrado una correlación significativa entre el calentamiento global y las emisiones de CO2 que lo explica. Como el símil del grifo y la bañera a punto de rebasar.
Con un claro patrón. Parece que nos encontramos ante una situación sin precedentes en la evolución del planeta: nunca se había producido una aceleración tan veloz de las emisiones de CO2, que coincide con nuevas actividades humanas, ni se había calentado tan rápidamente el planeta. Que, curiosamente, es lo que parece que estas teorías intentan ocultar.

No faltan otros cuestionamientos, como el de los puntos de medición de temperaturas o el propio concepto de temperaturas medias globales. Pero tampoco parece que estas críticas, cada vez más limitadas gracias a las mediciones satelitales y metodologías de verificación como las validaciones cruzadas, afecten de forma sustancial a las conclusiones.
Siendo legítimo e incluso positivo el compartir estas opciones que, aunque cuenten con escaso apoyo entre la comunidad científica, puedan introducir nuevos puntos a considerar en el avance de la ciencia del clima, hay otros atributos que caracterizan a estos divulgadores. que parecen servir a otros objetivos.
Como el apoyar y destacar el mayor número posible de teorías, siempre que susciten la discrepancia. Por un mero sesgo de confirmación, haciendo un ejercicio de “cherry picking” de argumentos que puedan hacer surgir la duda.
O el presentarlas de forma abrumadora, con un montón de datos y variables que sólo los científicos pueden evaluar, abusando de un lenguaje del que ellos tampoco son profundos conocedores, que evitan una conversación que ayude a entenderlas.
Que probablemente no necesitan, porque tienen un público que no se lo pide. Y que tal vez explique el tono categórico que utilizan. Como si esa seguridad ocultase que no son expertos en climatología (más sobre ello más adelante en este post).
Aplicando el método científico
Andrew Dessler es un prestigioso climatólogo, especialista en ciencia atmosférica y física del clima. Además, divulga sus aprendizajes y reflexiones junto al también climatólogo Zeke Hausfather en The Climate Brink (publicación que recomiendo, y que también cuenta con un dashboard a tiempo real con la evolución de las temperaturas medias globales). Ambos tienen un papel relevante dentro del consenso en la ciencia del clima y son contribuyentes destacados al IPCC.
En su artículo “We’re scientists. We know the climate’s changing. And we know why”, que publicó en 2018, ya llamaba la atención sobre la diferencia entre el debate en la opinión pública y el fuerte consenso entre la comunidad científica.
De forma amena, planteaba el enigma de quién cambió el clima como si se tratase de una novela de misterio (“whodunit” en inglés) y los científicos fueran detectives tratando de resolver el misterio de quién ha estado calentando la Tierra durante el último siglo:
Un posible culpable es el brillo del sol. Pero hemos podido medir su luz con satélites y no se ha vuelto más brillante. Un sospechoso menos.
Otra posibilidad sería la órbita de la Tierra. Sabemos que entre edades de hielo la Tierra se tambalea, y tal vez ello pueda causar un calentamiento. Sin embargo, la órbita varía muy despacio y está ahora en fase de enfriamiento. Otro sospechoso menos.
Los volcanes pueden enfriar la atmósfera un año o dos. Pero no pueden explicar décadas de calentamiento. Otro sospechoso menos.
Hay una larga lista de sospechosos a los que los científicos han investigado y no han encontrado ningún presunto culpable. Con una única excepción: los gases de efecto invernadero.
Las series policiacas con frecuencia se encuentran con “el criminal más torpe del mundo”. Que no lleva guantes, deja huellas por toda la casa, se olvida la cartera, es grabado abandonando la escena del crimen, se jacta de haberlo cometido con sus amigos - y cuando es arrestado lleva la prueba del crimen en sus bolsillos.
Este es el Dióxido de Carbono (CO2), que deja evidencia por todas partes de su culpabilidad.
Primero, porque la física nos dice que añadir CO2, o cualquier otro gas que absorba las radiaciones infrarrojas, a la atmósfera debería calentar el planeta.
Segundo, porque estamos seguros de que los humanos estamos añadiendo CO2 a la atmósfera, en base a lo que el Premio Nobel Svante Arrhenius ya predijo a finales del siglo XIX que se calentaría el clima, como está ocurriendo.
Pero además, existen registros geológicos que prueban que los gases de efecto invernadero impactan el clima. Por ejemplo, hace 55 millones de años (en el llamado “Paleocene-Eocene Thermal Maximum”), cuando las temperaturas se dispararon tras su emisión, requiriendo 100.000 años para que se disipasen y las temperaturas volviesen a su estado anterior.
De lo que se concluye que no tendríamos otra opción que arrestar al Dióxido de Carbono (CO2) por calentar el planeta.
Dessler también expone, en otro de sus artículos, How Science Works, la independencia y necesidad de validación dentro de la comunidad científica que requiere alcanzar un consenso como el que hay detrás de los escenarios del IPCC:
La ciencia se inicia cuando un individuo formula una hipótesis. Pero esto no es ciencia. Sólo es un primer paso. Cualquier científico puede equivocarse - los científicos son humanos.
El segundo paso es el peer review o revisión de pares, primera capa de control de calidad. El científico escribe lo que ha hecho y lo envía a un journal, que lo comparte con otros expertos en su campo. Estos juzgan la solidez del método, referencias a trabajos previos, y si las conclusiones siguen a los datos. Aunque ello no es suficiente para su validez.
Entonces llega la tercera etapa, el “crisol de la ciencia”: los resultados importantes se contrastan por la comunidad científica más amplia. Y si la afirmación sobrevive en el tiempo suficiente, pasa a ser aceptada.
A lo largo de este proceso, se llega al consenso. Que es orgánico: no hay votos ni encuestas ni reunión para decidirlo. Los científicos van a conferencias, hablan entre ellos, y de forma independiente llegan a la misma respuesta. Es un mercado libre de ideas. Y cuando el consenso se alcanza, ni siquiera menciona teorías rivales. Porque el consenso no significa que todos y cada uno de los científicos está de acuerdo, pero sí que no hay debates legítimos.
Hay un problema adicional. Esta literatura científica está escrita en un lenguaje que yo llamo “nerd”, que es muy difícil de leer, y que no podemos esperar que llegue a la gente o los legisladores. Aquí es donde entran los “scientific assessments” o evaluaciones científicas.
La más famosa es el IPCC (Intergovernmental Panel on Climate Change). El trabajo de una evaluación es leer y resumir la literatura científica revisada, sintetizar qué está establecido, qué ha sido descartado, y qué debates siguen genuinamente abiertos.
Para asegurar que son comprensivas y precisas, estas evaluaciones son escritas por equipos grandes, menos proclives al sesgo que un científico aislado. Con un proceso riguroso con múltiples rondas de revisión por pares, ello explica que se considere al IPCC como el patrón oro de todo lo que sabemos sobre el sistema climático.
Se puede incluso contemplar el consenso a través de evaluaciones. Como la atribución del calentamiento. El informe de 1990 observaba que era consistente con las predicciones del modelo pero también con la variabilidad natural. En 1995 concluyó que la evidencia ya sugería una influencia humana discernible. En 2001 se juzgó “probable” la atribución a los gases de efecto invernadero del calentamiento de los 50 años previos, que pasó a “muy probable” en 2007 y “extremadamente probable” en 2013. Lo que se ha mantenido en 2023.
Concluyendo, la ciencia es nuestra herramienta última para descifrar el universo - el método de mayor éxito que hemos desarrollado para determinar qué es verdad y qué no. Nuestro entendimiento se escribe en la literatura científica, que contiene lo que piensan los científicos. Y para aquellos que no hablamos “nerd”, las evaluaciones científicas nos lo traducen.
Los mercaderes de la duda
Dessler también nos pone sobre otra pista relevante para evitar que la evidencia científica pueda quedar en papel mojado: El libro de 2010 “Merchants of Doubt: How a Handful of Scientists Obscured the Truth on Issues from Tobacco Smoke to Global Warming“ escrito por los historiadores de la ciencia Naomi Oreskes and Erik M. Conway.
Este libro data los antecedentes de los “mercaderes de la duda” a un memo de 1969, que recogía la estrategia de la industria del tabaco para debilitar la evidencia científica sobre los riesgos de fumar que amenazaba su negocio:
“La duda es nuestro producto, ya que es el mejor medio para competir contra el “cuerpo de conocimiento” que existe en la mente del público general. Es también el medio de establecer una controversia”.
Dessler comparte que, de igual manera que la industria del tabaco contaba con un interés legítimo por desligar cualquier responsabilidad legal sobre el daño derivado de sus productos, los productores de combustibles fósiles tienen un interés económico en poner en duda la ciencia de atribución climática. Y de igual manera, suscitar una “duda científica razonable” de que “el CO2 suponga una amenaza a la salud y bienestar humanos”.
Matar al mensajero
No sorprende que a la elección en USA de un Presidente que hacía de “Drill, Baby Drill” uno de los slogans en su campaña, que contó con financiación de la industria de combustibles fósiles, haya seguido una campaña de persecución e instrumentación política contra la ciencia.
Y es que la Administración Trump ha seguido el playbook de los mercaderes de la duda, no sólo cuestionando el consenso científico sino modificando a su medida la composición del organismo que lo regula, la EPA (Agencia Americana del Medio Ambiente), y creando su propio panel de expertos compuesto por 5 conocidos “científicos discrepantes” que elaboraron un informe, sin un proceso “peer review” representativo ni riguroso, que, ignorando el 99% de las publicaciones científicas, concluía que “el cambio climático es demasiado incierto para justificar políticas que limiten el calentamiento”.

Acción que culminó en la revocación en febrero por la EPA del “endangerment finding”, calificación normativa que reconocía los efectos nocivos del CO2, sin que el informe de este Climate Working Group hubiese llegado a discutirse en ningún foro relevante.
Tal vez lo único que hacía falta para justificar este cambio era sembrar algo más la duda. Para dejar de considerar peligrosas y darle rienda suelta a las emisiones.
El paraíso del CO2
Curiosamente, muchos de los divulgadores antes mencionados celebraron este cambio legislativo en USA como si se tratase de una gran noticia para la humanidad. Como si hubiésemos acabado con el cambio climático y regresado a los veranos que queríamos que llegasen y no que se fuesen.
Como un éxito propio. De forma más propia de un partido de fútbol o un reality del corazón que si de ciencia se tratase. Y exhibiéndolo como la prueba de que “no hay nada de qué preocuparse”.
Porque además de condenar el consenso científico sobre el cambio climático, estos divulgadores hacen una defensa proselitista del CO2 y ensalzan sus efectos como buenos para el medio ambiente y el planeta.
Y es cierto que el CO2 no es dañino en sí. Los seres vivos estamos hechos de carbono. Y el CO2 tiene efectos positivos, como un demostrado mayor crecimiento de la vegetación.
El problema no es el CO2 en sí. Es su acumulación en la atmósfera donde sirve como control del efecto invernadero que causa el calentamiento de las temperaturas.
Cosa que en su delirio parece tampoco importarles. Ya que incluso se declaran fans del calor, que consideran mejor que el frío. ¿Es que no se han informado sobre lo que se pueden encontrar en el Infierno?
La duda ofende
Y es que la duda está de moda. Ahora cobijados y armados por Trump, al que jalean sus desvaríos contra la ciencia. Y a cuya palabra dan mucho más valor que a la de los científicos.
Porque no necesitan consenso científico, ya que cuentan con tantos expertos o teorías como lo cuestionen. Sin más certeza que la de que son víctimas de una conspiración.
Ahí no arrojan dudas. Y proclaman alto y fuerte que conocen el origen del “cambio climático”: Es una conspiración globalista. Por lo que se declaran pensadores libres que se rebelan contra el sectarismo progresista.
¿Y si hiciésemos de abogados del diablo? ¿Por qué se sienten así?
Hay que reconocer que también hay fundamentalismos climáticos de sentido contrario que pueden haber actuado de forma similar, y, sin por ello justificar a los fans del calor, crear condiciones que han ayudado a su emergencia. Tratando como simple lo complejo, abusando de plazos en clave apocalíptica e ignorando la dificultad de acometer los cambios necesarios, con la implicación de que todos seamos parte de la solución.
Porque también hay gente más razonable que acepta que sí tenemos un problema con el clima y el CO2, pero cree que hace falta más reflexión y menos adhesión a doctrinas. Y que no entiende cómo algunos de los que alertan sobre la crisis climática condenan una energía sin emisiones como es la nuclear o no impulsan una gestión forestal activa de los bosques para combatir los incendios.
No es así cómo actúan los partidarios de las teorías de la conspiración. No valoran objetivamente los excesos en los que pueden estar cayendo radicales del signo contrario. Ya ni siquiera centran su ataque en ellos. Lo hacen atacando a los científicos. Porque lo que parece que quieren es destruir la verdad. Y es que hay una duda que no admiten: que somos víctimas de esa conspiración en la que creen.
Puestos a elegir conspiración, es mucho más plausible que esta venga de los que atacan a la ciencia. Como en otro ejercicio de “whodunit”, parece que el principal sospechoso está claro: Son muchos más los intereses creados que se ven amenazados por esa “verdad incómoda” tan contrastada por la ciencia.
¿Qué persiguen los mercaderes de la duda? ¿Qué van a hacer cuando cada año vuelva a hacer más calor? ¿Tal vez tratan de llevarnos de la desesperación al nihilismo? ¿A un punto en el que sólo un líder nos puede rescatar, frente al camino de la virtud? Y es que la duda es políticamente útil. Y la polarización gana elecciones.
Desgraciadamente, parece que esa conspiración sí avanza. Las leyes de Brandolini y Dunning-Kruger han acabado por trasladar una cuestión del ámbito científico al debate general entre los que quieren hacer parecer simple una ciencia que no lo es.
¿Nos matará la duda?
Quizás el mejor resumen de lo que está pasando lo hacía Jacobo Bergareche en su artículo “La destrucción del mundo empieza con una crisis de la epistemología”:
Nos hallamos ante una crisis epistemológica, es decir, una crisis en la manera en que como sociedad obtenemos y validamos el conocimiento, y consensuamos qué aceptamos como verdad y qué no. Da exactamente igual lo que diga la comunidad científica asociada a los centros de prestigio académico («los chamanes del cambio climático», en palabras de Abascal), al negacionista no le hacen efecto los argumentos científicos –no los entiende, de la misma manera que tampoco los entiende todo aquel que no sea geólogo, entre los que me incluyo– y tampoco siente ya que el prestigio académico confiera autoridad o fiabilidad alguna al científico, pues te dirán que la academia está sometida ideológicamente o recibe financiación de George Soros (por ejemplo). Al negacionista le basta saber que si busca, siempre podrá encontrará en Internet un discurso con apariencia científica que esté perfectamente alineado con lo que desea creer.
Nunca en la Historia hemos tenido tantos conocimientos y tantos recursos científicos a nuestra disposición para identificar los grandes problemas que acucian a la Humanidad y afrontarlos de manera eficaz, y sin embargo, resulta cada vez más complicado situar el debate respecto a estos problemas en el marco de la ciencia y sacarlos de la batalla cultural entre izquierdas y derechas.
Y cierra con una pregunta que debería hacernos reflexionar: “Y si el mundo está enfermo, aunque la ciencia no lo sepa todo y no siempre tenga un remedio, ¿no te irías al mejor científico de la mejor universidad?”.
¿Y si la duda fuese la principal amenaza para nuestro futuro?
Porque la duda trae consecuencias. Nos paraliza y nos impide actuar cuando es necesario. Inhibe nuestro instinto de supervivencia cuando más lo necesitamos.
Esta duda es un problema de “governance global” que impide que usemos la ciencia y hace que entreguemos sus despojos en manos de lobbies, demagogos y campañas de manipulación masiva.
Porque el cambio climático es un problema, no una ideología. Ojalá lo fuese y sólo con dejar de pensar en ello se pudiese desvanecer.
Y por supuesto no es una religión.
¿Cuanta certidumbre necesitamos para actuar en la vía de salvación más probable que tenemos?
Pretenden los mercaderes de la duda que nos corresponda a los demás la carga de la prueba, y por ello se agarran a cualquier teoría que la suscite. Pero que hay cambio climático ya lo dice el termómetro, lo refrenda la ciencia con un consenso inusual, y lo confirma que las previsiones del modelo se están cumpliendo. Incluso si se equivocase, es la mejor opción que tenemos. Aplicando el concepto de antifragilidad de Taleb, renunciar a intentarlo sería una estrategia perdedora.
La mayoría silenciosa sólo somos gente normal y corriente que cada verano pasamos más calor y sufrimos más fenómenos extremos, y creemos que la mayoría de los científicos son responsables y hacen el mejor trabajo que pueden, sin pertenecer a ninguna teoría de la conspiración. Y que, aún con dudas, tenemos que actuar sobre la mejor versión de nuestro entendimiento de lo que está pasando, sobre la que, gracias a Dios, sí podemos influir.
Contra la duda, hay esperanza fundada. Este partido se puede luchar. Y ganar.



Mañana vuelvo con esto en El Mundo… tema urgente