¿Te gusta conducir?
10 predicciones incómodas sobre la movilidad que viene
CATL, el mayor fabricante de baterías del mundo, ha anunciado nuevos modelos de batería que permiten a los coches eléctricos hasta 1.500 km de autonomía y reducir el tiempo de recarga del 10% al 98% a menos de siete minutos.
Es el final del “range anxiety”, tardar más en repostar para una menor distancia, la última ventaja clara que le quedaba a los coches de gasolina frente a los eléctricos. Todo parece apuntar que al final el range anxiety acabará operando contra los coches de gasolina que tanto lo publicitaron.
El futuro ya está aquí
Este cambio del range anxiety, unido al resto de ventajas ya conocidas, pinta un futuro muy eléctrico para los coches, en el que la autonomía de distancias se suma a la economía y la reducción de emisiones y polución. Futuro al que hay que añadir dos ingredientes más: El futuro de la automoción es eléctrico, autoconducido y compartido. Combinación de tres tendencias en racha que recuerdan a la evolución exponencial de otras revoluciones tecnológicas.
Aunque se lleva hablando de coches autoconducidos o autónomos desde 2009, cuando Google empezó a desarrollar los primeros prototipos, es ahora cuando empiezan a perfilarse como una realidad imparable, como sabe cualquiera que haya probado el servicio de Waymo en ciudades como San Francisco. No sólo ya resultan al menos tan competentes como la conducción humana. Los datos indican que fallan menos y son mucho más seguros, reduciendo entre 5 y 10 veces el riesgo de accidentes.
Y que la forma de utilizar Waymo venga en forma de coche compartido o ride sharing tampoco es casualidad. En un mundo de recursos escasos y cambio climático, compartir en lugar de multiplicar la producción de coches no es sólo una necesidad medioambiental sino un imperativo de eficiencia. Teniendo en cuenta que los vehículos privados se utilizan solamente un 4% de su tiempo útil, frente al 35% de los operados en Uber, y suponen la segunda mayor inversión familiar tras la vivienda, parece que ha llegado el momento de ahorrarnos esa escultura tan cara que tenemos aparcada durante el 96% de su tiempo.
Menos coches. Más limpios, económicos y seguros. Eléctricos, autónomos y compartidos. Pasando de producto a servicio. El futuro ya está aquí.
Aprender del pasado
Pero los efectos de las nuevas tecnologías casi nunca son los que esperamos, como evidencian los efectos exponenciales del automóvil a lo largo de nuestra historia. Tendemos a sobrevalorar el impacto de la innovación en el corto plazo y minusvalorar en el largo. Basta pensar en cómo el automóvil ha alterado las ciudades y paisajes de todo el planeta.
No podemos imaginar nuestra civilización sin coches. Pero no siempre fue así. El libro “Life After Cars”, de Sarah Goodyear y Doug Gordon, recuerda la irrupción inicial de este nuevo invento hace un siglo, como sintetiza este artículo de Grist:
Cuando los primeros coches empezaron a rodar por las calles, no fueron precisamente bienvenidos. Uno de los principales problemas es que mataban niños. Sólo en 1921 mataron 286 niños en Pittsburgh, 130 en Baltimore, y 97 en Washington, D.C. En Brooklyn llegó a instalarse un “Death-O-Meter” cerca de un punto negro de tráfico que registraba el historial de heridos y muertos.
No era sólo en las ciudades. Los residentes rurales se revolvían contra los “coches sin caballos” que se estrellaban contra su ganado y sus vecinos. Les tiraban piedras y heces, les disparaban y les tendían trampas.
La llegada del coche fue acogida con escepticismo de que pudiesen reemplazar a los caballos y consternación por los riesgos que suponían. Los periódicos de principios del siglo XX llamaban a los conductores “asesinos sin escrúpulos”. Los coches no se veían como necesidades, más como juguetes peligrosos de aquellos lo suficientemente ricos que se lo podían permitir.

La tecnología evolucionó, pero sobre todo lo hizo su normalización social, que nos llevó al estado actual en el que contar con un coche sea lo natural por defecto.
Lo que incluye haber asumido sus inconvenientes como parte de la normalidad, que se redujeron pero no desaparecieron. Que hablemos de “accidentes” como un elemento más del mundo “que vivimos peligrosamente”. Que sigamos comprando coches cada vez más grandes, aunque si toda la flota combinada de SUVs fuese un país, sería el quinto en emisiones de CO2, por delante de Japón.
Porque los coches no son sólo una forma de desplazarnos de un punto a otro, son un elemento de status sobre el que se articula nuestra sociedad. Un símbolo de libertad personal, de emancipación, de autosuficiencia. Como nos recuerdan los omnipresentes anuncios de sus marcas.
En “Roadkill: Unveiling the True Cost of Our Toxic Relationship With Cars”, Henrietta Moore ataca la mayor y sostiene que los coches no representan la libertad, como nos han contado, sino los límites que nos imponemos a nosotros mismos. “Nuestra dependencia del coche vacía nuestros ahorros, limita nuestras opciones de movilidad y multiplica los peligros para nuestra salud y el medio ambiente”.
Los autores de “Life After Cars”, que además cuentan con el podcast “The War on Cars”, detallan estos costes de la proliferación de automóviles: “la destrucción de los barrios, ciudades y pueblos para hacer sitio a su infraestructura, una epidemia de muertes violentas, innumerables horas perdidas en atascos, aislamiento de las personas y destrucción de la naturaleza”.
¿Nos espera un futuro que lo supere? Todo parece indicar que es hora de equilibrar nuestra relación con el coche y contamos con tres nuevos ingredientes para conseguirlo. Que pueden traernos menos accidentes y menos contaminación y emisiones. Pero hay mucho más por decidir. Y buena parte está relacionado no ya con la conducción como modo de desplazamiento, sino como símbolo. Recordemos, el futuro siempre es incierto…
Juguemos a predecir
Te invito a un juego: a compartir tus predicciones sobre cómo los coches eléctricos, autónomos y compartidos van a cambiar este futuro. Yo empiezo con las mías, 10 para que sea un número redondo. Que incluyen deseos pero también temores. Al menos si te gusta conducir, como a mí (no me refiero a los atascos ni a buscar parking).
Siendo conscientes de que lo que hagamos con las predicciones pueden condicionar el futuro. Como explica David Alayón, pueden llevarnos al territorio de la “hiperstición”, que es una ficción que se instala en nuestro imaginario colectivo, cambiando nuestra forma de pensar y nuestras creencias. Y por tanto puede llevar a cambiar la realidad, siendo tan deseables o peligrosas como el futuro que pinten. Las llamadas “self fulfilling prophecies”.
No es la intención de este ejercicio. Sino más bien compartir escenarios probables, tanto utópicos como distópicos, para ser conscientes de las oportunidades y riesgos a los que nos exponemos. Y, a partir de ahí, ser responsables del poder de lo que queremos contar. Beware of what you wish for.
Ahí van las mías. Sin juicios de valor. Predicciones que simplemente me parecen probables, y algunas definitivamente incómodas. Espero tus ideas y aportaciones en comentarios. Te leo.
10 predicciones incómodas sobre la conducción del siglo que viene
1. Viajes en los que parar por placer, y no por necesidad: Con el final del range anxiety, el repostar ya no tendrá por qué condicionar las paradas. Más libertad para parar en un sitio que se come bien o es el mejor para pasar un buen rato. Sin tener que coincidir con el resto de la carretera.
2. La recarga es el nuevo WiFi: Las gasolineras perderán por tanto su carácter imprescindible y tendrán que reinventarse como lugares donde apetezca parar. La recarga será una commodity como el WiFi, que podrá incorporar cualquier establecimiento. ¿Recargaremos gratis en McDonalds en las horas punta de sol y viento?
3. Nuevas generaciones sin carnet de conducir: Ante un coche que se conduce solo, ¿para qué sacarse el carnet? Igual que con las calculadoras y los modelos LLM de IA, dejaremos de aprender lo que las máquinas nos resuelven. ¿Nos olvidaremos como civilización de cómo se conducía?
4. Fin del coche en propiedad: Teniendo acceso a movilidad on-demand que sea capaz de proporcionarnos mejor relación precio/convenience, lo único que mantiene la necesidad de ser dueño de un coche es su valor como símbolo de status. Parece que las nuevas generaciones ya están eligiendo otros, como el móvil o los viajes. ¿Se convertirá el coche en propiedad en una rareza, como tener una avioneta?
5. Ciudades sin coches: Una ciudad con coches autoconducidos integrados con el transporte público podrá cubrir necesidades de movilidad sin aparcamiento, reduciendo dramáticamente la necesidad de plazas de parking y los atascos (un cuarto de los conductores están buscando sitio). Qué oportunidad para eliminar unos cuantos semáforos, y reimaginar las ciudades reutilizando todo ese espacio que queda disponible, como aprendimos a pequeña escala durante el covid.
Ojo, que empezamos a movernos en territorios más distópicos…
6. Conducidos por el algoritmo: Aceptar que los coches sean autoconducidos implica aceptar que las decisiones sobre la marcha que afectan a nuestro destino las tome el algoritmo, incluso las de vida o muerte. ¿Cómo decidirá ante posibles accidentes y qué criterios utilizará? ¿Número de ocupantes, esperanza de vida esperada o aportación a la sociedad conforme a sabe quién qué ranking?
7. Pérdida de privacidad: Riesgo que no es futuro sino actual, dada toda la electrónica que ya incluyen la mayoría de los coches, incluso sin ser eléctricos ni autónomos ni compartidos (por no hablar de los móviles y dispositivos que elegimos que nos acompañen voluntariamente), pero que en este entorno se podrá acentuar. ¿Cómo gestionar la inmersión electrónica y los datos que puede almacenar?
8. Desplazamientos gratis: Con esa opción de conocer más sobre nosotros, unida a que nuestra atención quede liberada de la conducción, no tardarán en aparecer propuestas que reduzcan el coste de un desplazamiento si aceptamos publicidad personalizada. ¿Incluso hasta llegar a “free rides, ad sponsored” como en algunas plataformas de gaming?
9. Primas personalizadas del seguro de coche: Los coches autoconducidos, con su menor siniestralidad, pueden cambiar por completo la mecánica actuarial que determina las primas de seguros. Así como toda la información adicional que la aseguradora podrá tener sobre nuestra conducción si la compartimos. ¿Saldrá más a cuenta no conducir, o hacerlo constantemente vigilado por el seguro?
10. Conducir estará prohibido, o seriamente restringido: Dada la dramática reducción en accidentes y víctimas que ya arrojan las comparaciones entre coches autónomos y conducidos por humanos, que seguramente irá a más, ¿llegará algún momento en que la sociedad decida reducir la siniestralidad para salvar vidas y recortar gastos sanitarios? ¿que conducir se considere una actividad de alto riesgo como la posesión de armas, que debe ser regulada? ¿Volveremos a las discusiones de hace un siglo?
Lo dicho… Espero tus predicciones y comentarios. No es necesario que sea lo que quieres que pase sino lo que puede que pase. Ya elegiremos después qué es lo que nos gustaría contar. Ampliar el espectro es el primer paso para entender qué opciones se presentan. Entre las que elegir qué futuro queremos.




Muy interesante. Lo de las gasolineras reiventadas hay un concepto en Japón, que són como tiendas para comprar productos locales, areas de descanso con buena comida y zonas verdes