Una lección de la infancia que resulta útil para toda la vida es que en verano es mejor vestir de blanco que de negro. Más con los veranos tan calurosos que nos está tocando vivir. Porque mientras los colores oscuros absorben el sol, los claros lo rechazan.
Es la misma lógica que aconseja pintar los tejados de blanco para reducir temperatura y consumo de aire acondicionado cuando pega el calor. Y la razón por la que Andalucía está plagada de preciosos pueblos blancos.
Detrás de este fenómeno hay un nombre y explicación científica. Un bonito nombre por cierto, pero que hoy nos trae una historia inquietante en clave de blues. Sobre otro gran desconocido en la trama del cambio climático. Atentos al albedo. Porque cada día se le va a mencionar más.
Qué es el albedo y por qué deberías saberlo
Conforme al diccionario de la RAE, “albedo”, término procedente del latín para ‘blancura’, es la proporción existente entre la energía luminosa que incide en una superficie y la que se refleja.
Podríamos decir que albedo es el sinónimo técnico de brillo, al registrar la luz que refleja cada cuerpo. En una escala entre 1 y 0, un espejo tiene un albedo de 1, pues refleja toda la luz que le llega, mientras un cuerpo negro tiene un albedo de 0.
Así, la nieve fresca y el hielo, que reflejan la mayor parte de la luz solar, pueden llegar a valores de 0,9, mientras el asfalto oscuro o los bosques, que absorben la mayor parte de la radiación y reflejan muy poca luz, se aproximan mucho más al 0. Lo que explica que el albedo medio de la Tierra sea de 0,30. Esto es, el planeta refleja el 30% de la luz solar que recibe.
Los cambios en dicha reflectividad pueden suponer que la Tierra refleje menos luz solar y retenga un porcentaje mayor. Lo que, de forma paralela al efecto invernadero, influye en el equilibrio energético del sistema Tierra-atmósfera que determina la temperatura de nuestro planeta. Y acentúe la pérdida de dicho equilibrio, que es la causa del cambio climático.
Qué hace a la Tierra brillar
El albedo terráqueo viene determinado por tres componentes: las grandes superficies blancas, como los polos y la nieve en las montañas, las nubes, y los aerosoles como el SO2 que, una vez en la atmósfera, reflectan la luz solar antes de que incida en la tierra y los océanos.

Polos y glaciares
La nieve y el hielo en polos y montañas es la parte más estructural que determina el albedo y probablemente su mejor referencia visual. Sobre la que el calentamiento global está pasando especial factura, como prueba el derretimiento progresivo de los polos. Y de los glaciares, que desgraciadamente nos ha recordado la reciente tragedia de Nepal. No en vano, ya se empieza a denominar al Himalaya “el tercer polo”, por su importancia y riesgo medioambiental.
El feedback entre nieve, hielo y calor es el más documentado y la amenaza sobre la que más concienciados estamos: en cuanto más calor, más se derretirán los hielos, que reducirán el albedo, lo que aumentará la energía absorbida, y a su vez traerá más calor.
Nubes
Como todo el mundo sabe, las nubes tapan el sol. Pero, a su vez, el vapor de agua es un componente importante del efecto invernadero.
Las nubes son a la vez una sombrilla y una manta para la Tierra. Nos protegen del sol y reflejan sus rayos a la vez que pueden reforzar el efecto invernadero al retener energía.
A día de hoy las nubes se consideran el elemento más difícil de determinar y simular en los modelos de clima. Aunque su enorme variedad hace difícil establecer reglas generales, se considera que en general las nubes bajas y densas enfrían el planeta, mientras que las altas y finas retienen energía. Aportando un balance neto de enfriamiento como componente del albedo.
Aerosoles
Sobre el efecto de enfriamiento de los llamados aerosoles, y en particular el SO2, en contraposición a los gases de efecto invernadero y el CO2, ya entramos en detalle en “SO2 contra CO2”, una entrega previa de Verdades Incómodas, que complementa en detalle este artículo. Se trata de partículas que quedan en suspension y reflejan la luz solar, enfriando de esta forma el planeta.
Este efecto se pone de manifiesto de forma natural cada vez que se produce una erupción volcánica, como la del Pinatubo, que provocó un descenso de -0,5ºC en las temperaturas globales durante los dos años siguientes.
Pero el mayor peso de este componente ha venido marcado por la actividad humana, aunque haya sido de forma accidental, ya que llevamos emitiendo gases tóxicos desde la revolución industrial sin saber que tenían este efecto reflectante de la luz solar. Paradójicamente, la contaminación de partículas como el SO2 retrasa el efecto de calentamiento del CO2 y enfría el planeta. Lo que parece plantear un dilema macabro entre polución y calentamiento.
Perdiendo el brillo
La Tierra está perdiendo albedo. Como registran las mediciones satelitales del programa CERES de la NASA, la Tierra se ve cada vez más oscura desde el espacio.
Estamos perdiendo el brillo. Y con ello acelerando el calentamiento global.
Toda la nieve y hielo que se derrite por el calor acaba como agua en los océanos, que es oscura y por tanto con un albedo muy inferior. Parece que estamos perdiendo nubes de las que sirven como sombrilla, especialmente en los océanos, aunque no sepamos bien por qué. Y hemos reducido los aerosoles al luchar eficazmente contra la polución, que no olvidemos que mata millones de personas.
Pero, además, ha saltado la alarma en la comunidad científica: el cambio climático está siguiendo sus modelos, pero empieza a presentar una aceleración mayor a lo que explicaría la evolución en las emisiones. Y el albedo parece ser un sospechoso destacado.
Manifestada en cuestiones como un agravamiento por encima de lo esperado del fenómeno de El Niño, que parece muy relacionado con un aumento en la temperatura de los océanos más rápido de lo previsto en sus escenarios.
Como observa The Economist sobre las observaciones de CERES, desde que empezó este siglo, la diferencia entre la luz solar absorbida y reflejada por la Tierra no ha parado de aumentar, acentuando el desequilibrio energético que provoca el cambio climático.

Diferencia que se ha doblado en lo que va de siglo, por encima de los propios modelos climatológicos. Llevando a cuestionar qué les falta y cómo se puede incorporar.

Porque los escenarios manejados para prever el cambio climático no sólo son complejos, son sistemas interrelacionados con bucles que se refuerzan. Y la relación entre menor albedo y mayor calentamiento preocupa, por lo que puede suponer en cuanto a aceleración de los distintos escenarios. Reto Knutti, un climatólogo de ETH Zurich, estima que podría tener un efecto a corto plazo de +10-30%.
Ante esta gravedad, surge la inquietud si hay algo relevante con lo que no contábamos. Como bucles de retroalimentación entre los distintos componentes que estén acelerando el forzamiento que aporta cada uno. Y que aumentan la complejidad del sistema.
En particular, preocupan las nubes, como elemento menos comprendido, y cómo su formación y consolidación puede venir influída por los aerosoles, y muy especialmente en los océanos, donde se está reduciendo de forma decidida la polución del tráfico marino. Y si dicha reducción puede tener mayor impacto del inicialmente previsto.
Mantener el brillo
Tanto preocupa el albedo que ya se habla de su estabilización. Aunque no son obvias las formas en que esta se puede lograr, más allá de la mitigación del cambio climático origen de este ciclo de retroalimentación.
Son necesarias soluciones rápidas. Parece complicado lograrlo con propuestas idealizadas de regeneración natural, que requerirían que los bosques y océanos recuperen sus ciclos y recompongan las nubes y superficies blancas.
Lo que llama la atención sobre las técnicas de geoingeniería solar que, en clave de Antropoceno en positivo, interpongan partículas que reflejen la radiación solar, mediante alternativas no tóxicas al SO2, como una solución transitoria mientras seguimos eliminando emisiones para reducir el efecto invernadero.
Quien sabe si tendremos que crear nubes que protejan y permitan la regeneración de los polos y glaciares, o las selvas tropicales y los océanos. Pero el desconocimiento de qué impacto secundario puede tener este tipo de intervenciones sobre el clima global y las dificultades geopolíticas para llevarlo a cabo aconseja prudencia.
Ahora que lo hemos descubierto, no podemos perder de vista el albedo y su evolución ni a qué posibles soluciones pueden mantener el brillo del planeta. Porque cuando el sol nos da demasiado calor, es mejor vestir con ropa clara.
¿Y las nubes? A esas no hay quién las entienda.



Cada vez que leo sobre una propuesta que trata de “engañar” a la naturaleza o ser más listos que ella, pienso que tenemos demasiadas papeletas para que aparezcan efectos secundarios que no habíamos previsto. Como dices, intervenir en procesos tan complejos y difíciles de predecir requiere prudencia y asumir los límites de lo que somos y sabemos. El tema de las nubes parece fascinante. Estaremos atentos… ¡Gracias!