Dicen que el verano de 2027 será peor que el de 2026.
Pero en 2028 mejorará. Son cosas de El Niño (aka ENSO) y de La Niña, que hacen oscilar el clima cada pocos años.

Aunque si atendemos a los tres años anteriores, mucha esperanza no dan. 2023, 2024 y 2025 siguieron ese baile pasando de El Niño a La Niña, pero los tres entraron en el pódium de meses más calurosos de la historia. Hasta que llegó 2026.
Desgraciadamente los modelos de clima se están cumpliendo. Y ojo que la curva es exponencial.

No son olas de calor. Es el nuevo clima. Es “lo que tiene que pasar” - ya nos habían avisado los modelos.
Como ha demostrado este verano, no estamos preparados. Ni parece que vayamos a estarlo.
No es ya nuestra naturaleza y resistencia física. Ni la falta de equipamiento y climatización para protegernos. Claro que necesitamos adaptación, es legítima defensa. Pero no es ese el quid del problema.
Es un problema mental. Y de inercia convertida en principio. Seguimos viendo el clima evolucionar pero seguimos a lo nuestro. Nuestra respuesta es la evasión.
Unos, resignados e impotentes. Otros, que prefieren que “ganen los suyos” a salvarse y reconocer que se equivocaron, que vale ya de discutir y que no hay tiempo que perder. Todos de alguna manera mirando a otro lado, agarrados a la evasión.
Decía Darwin que “para que un organismo sobreviva en un entorno cambiante, debe evolucionar al menos tan rápido como dicho entorno”. Tal vez sea el tatuaje que nos tenemos que marcar.
El reto nos lo va a volver a recordar cada verano. Si esto sigue y no hay cambios esperanzadores, no sé qué vamos a hacer.
Pero sabemos lo que tenemos que hacer. Contamos con la ciencia que nos ha desvelado las causas del problema. Y la tecnología para resolverlo. Aunque nos queden cuestiones pendientes, como una operativa a escala para absorber el CO2 excesivo que ya está atrapado en la atmósfera, contamos con el conocimiento suficiente de las estrategias que pueden combatir el cambio climático. La solución está en nuestras manos.
Aunque ese no es el reto. Paradójicamente eso es lo más fácil.
El reto es recuperar la ilusión y centrar nuestra atención en el problema que más puede cambiar nuestra vida y la de aquellos que nos rodean: Mantener las condiciones que hicieron de nuestro Planeta un gran lugar para vivir y nos han permitido prosperar.
Nunca una generación supo tanto ni tuvo tantos medios en la historia de la humanidad. Tampoco ninguna se enfrentó de forma tan consciente a un problema que nos afectase a todos y cuya solución nos obligase a ponernos de acuerdo.
Somos una civilización que ha pasado de hacer la guerra con sus vecinos a viajar para sacarnos selfies. A la que le anunciaron el fin de la historia y la paz universal en un entorno de abundancia. Pero lo que nos hemos encontrado es un reto proporcional a los medios de los que disponemos. Ha llegado La Gran Prueba.
Podemos convertirnos en la generación que, conociendo la solución al problema que más podía amenazarla, fue incapaz de aplicarla. O en la que, tras perder unos años muy valiosos, fue capaz de reaccionar con la energía y el entusiasmo necesarios y hacer historia. De pasar La Gran Prueba.
Llámalo “get your shit together” o “juntos de la mano”. O cordura transversal, sin jugar a los bandos políticos ni seguir actuando como si no pasara nada.
Pero no tenemos otra: hay que cambiar los valores de las variables que alimentan un modelo que ha demostrado que funciona. Y que, si no actuamos más decisivamente, seguirá yendo a más.
Porque no son El Niño y La Niña. Ni son olas de calor. Es un nuevo clima. Es el calentamiento global.
Y no estamos preparados para tanto calor. Hay que pasar de la resignación al impulso que lo puede parar. Necesitamos optimismo urgente y cambiar de arsenal. Porque sí existen soluciones. El problema es mental. Tenemos que despertar.

