Otro verano
Antes de A/A (Aire Acondicionado)
Aún recuerdo cuando el verano era la mejor estación del año.
El verano era libertad. No sólo porque era vacaciones. El verano eran sensaciones. Era el momento de salir al exterior y disfrutar de la naturaleza y el buen tiempo. Y de sus largas noches a la fresca.
Porque el “calor” todavía era buen tiempo. No mordía ni intimidaba tanto. Aunque mereciese respeto y pidiese una siesta, al arrullo de una calima moderada. Y no había aire acondicionado (A/A) ni pensábamos que hacía falta.
Fast Forward a Junio de 2026. Una ola de calor récord en Europa lleva a las principales ciudades a temperaturas sin precedentes. Cierre de hospitales y escuelas en UK. Carreteras que se derriten y centrales nucleares que tienen que parar en Francia. Con una estimación de 12.000 muertes adicionales en 3 días. Producto tanto del insoportable calor como de la falta de preparación.
Se discute estos días sobre la necesidad de instalar más aire acondicionado en Europa. Que el cambio climático está forzando. Y la tecnología puede cubrir con opciones cada vez más cuidadosas con su impacto medioambiental. Como sustituir las calefacciones por bombas de calor que, haciendo la vez de bombas de frío en verano, puedan alimentarse de electricidad de origen renovable.
Problema que tiene solución y parece inevitable acometer. Es natural que todas estas ciudades no estuviesen preparadas para lo que no estaban acostumbradas. Es racional no añadir un nuevo cacharro en el hogar para pocos días al año. Pero no se puede ignorar que las condiciones meteorológicas ya son otras. Como demuestra París, que pese a que ya conocía los días de “canicule”, aparece como la ciudad peor protegida frente a estos golpes de calor. Y es que se trataba de días contados, lejos de esta nueva intensidad y frecuencia.
Pero el principal problema no es que haya que equipar Europa con climatización de verano. Es que esta nueva realidad ha llegado para quedarse. Seguimos batiendo máximas. Y cada año vamos a más.
Problema que ha cobrado una dimensión antes impensable al extenderse del día a la noche. Porque cada vez miramos menos a las temperaturas máximas del día. Y más a las mínimas. Esas noches que antes disfrutábamos a la fresca y ahora pedimos que al menos nos permitan dormir con la ventana abierta.
Superar temperaturas de 37º hace pensar en la fiebre. En este caso, no se trata de un cambio interno del organismo, sino de un cambio externo que nos rodea. Una “enfermedad del ambiente” contra la que el cuerpo trata de protegerse. De evitar el golpe de calor. Que cuando se mantiene de forma prolongada, con noches cálidas que no dan respiro, puede generar un estrés térmico que multiplica todo tipo de riesgos contra la salud.
Europa está en primera línea de fuego. Somos el continente en el que el cambio climático avanza más deprisa. Hemos pasado de aquellas siestas en las que el calor nos hacía compañía a cuestionar cómo van a poder vivir sin aire acondicionado en París, Londres o Berlín.
No es sorpresa que cada día se escuche más que “estamos viviendo los veranos más fríos de nuestra vida”. La tendencia habla por sí sola.
¿Estás dispuesto a que sea así? Yo desde luego no. Por eso te escribo desde la preocupación.
Tal vez esto sea lo más importante que leas hoy. Lo que más puede afectar a tu futuro y nivel de salud y bienestar. A cómo será tu vida durante los próximos años.
Es normal querer ignorarlo y pasar a otro tema más amable, porque da miedo pensarlo. Es humano, pero no lleva a ninguna solución.
Tal vez por ello proliferan las voces que te piden que mires a otro lado. Protégete de los que se autodenominan “realistas climáticos”. Algunos te contarán que no tienes nada que hacer, que no tenemos ningún impacto sobre el clima. Otros dicen que para qué preocuparnos tanto por el calor si esto no tiene apenas impacto en el PIB conforme a su modelo de excel. Que no parece medir ni la salud ni la alegría.
Pero, ¿para qué nos vale el PIB si no podemos dormir con la ventana abierta, y cada año hace más calor y sufrimos más estrés térmico? Si nos obliga a vivir en un “refugio climático” durante buena parte del verano, el que tenga la suerte de podérselo permitir. Si las vacaciones se convierten cada vez más en elegir un destino para huir del calor, en pequeñas “migraciones climáticas”. Con veranos cada vez más largos.
Hay que recuperar aquellos veranos que esperabas que llegasen, y no estos que esperas que se pasen.
Podemos hacerlo desde el optimismo. Aunque el cambio climático es una mala noticia, viene acompañada de dos noticias buenas: sabemos lo que lo causa y sabemos lo que tenemos que hacer para combatirlo.
Moviliza el consumidor y el ciudadano que hay en ti, porque no hay tiempo que perder. Prepárate para que te llamen “alarmista climático”. Aunque, si no han visto que ya ha saltado la alarma, ¿a qué esperan? Mejor no fiarse mucho de los que tienen esos reflejos.
Recuperemos las ganas de verano. No por otro verano más, más cálido y largo que los anteriores, sino por otro verano como los de antes. De los que no necesitaban refugios climáticos y nos parecían la mejor estación del año.



