Contra la naturaleza *
Una batalla que sólo se puede perder
Las películas del Lejano Oeste incorporaron al imaginario colectivo la figura del hombre solitario que lucha contra la naturaleza. Una naturaleza hostil e indomable ante la que era necesario imponerse. Y convertirla en terreno favorable para el asentamiento y progreso humano.
En dicho imaginario se apoya con frecuencia Trump y su ideología MAGA para justificar muchas de sus medidas, desde la desprotección de parques naturales a la construcción de gasoductos y nuevas explotaciones de carbón. En el mismo espíritu se han amparado acciones como la desprotección del Amazonas para que los grileiros, versión local de los legendarios cowboys, puedan convertirlo en pasto para sus ganados.
Una batalla que sólo se puede perder
E.M. Schumacher resumía la situación ya en 1973, en “Lo pequeño es hermoso”, en los siguientes términos:
El hombre moderno no se considera una parte de la naturaleza, sino una fuerza externa destinada a dominarla y conquistarla. Habla incluso de una batalla con la naturaleza, olvidando que, si ganase la batalla, se encontraría en el lado perdedor. Hasta hace poco, la evolución de dicha batalla iba lo suficientemente bien para darle la impresión de que sus poderes eran ilimitados, aunque no alcanzase la victoria total… Sólo ahora algunos empiezan a darse cuenta de lo que significaría para la existencia continuada de la humanidad.
Es el llamado principio de interdependencia, clave para entender nuestra relación con la naturaleza. Todos los seres vivos somos elementos del mismo ecosistema y dependemos mutuamente para sobrevivir, de forma que el daño a una parte afecta la totalidad. Atacar ese equilibrio supone poner en peligro nuestra salud y supervivencia a largo plazo.
Esta batalla con la naturaleza no siempre fue así. Al contrario, si nos remontamos a los orígenes de la humanidad lo que puede observarse es un culto a la naturaleza y una voluntad para integrarse con ella. La Madre Naturaleza, con frecuencia considerada un ser divino.
El “Siddharta” de Herman Hesse nos lo muestra: Cuando Siddharta necesita sabiduría acude al río, al que escucha y en el que encuentra las voces que le ayudan, Que, aunque nunca es el mismo, siempre está ahí.
Hoy pocos escuchan a los ríos. Al contrario, en nuestra guerra contra la naturaleza hemos convertido el río en un vertedero por el que circulan todo tipo de residuos urbanos y de explotaciones industriales y agrícolas que degradan la vida natural y acaban en los Océanos. Conforme a Clear Rivers, que moviliza voluntarios y equipamiento para limpiarlos y devolverles su esplendor, entre el 80% y el 95% del plástico en los Océanos viene arrastrado desde los ríos.
Atrincherados y debilitados
En su libro “Cómo hacer hielo en el desierto”, Francisco Colom nos muestra otro frente de esta guerra: nuestra relación con los edificios y las ciudades.
Resume la historia de la arquitectura en cuatro fases: Arrancando de una arquitectura ancestral, que sacaba el máximo partido de los recursos existentes, evoluciona a principios del siglo XX en una arquitectura climática, que aprovechando la revolución en la construcción que supusieron el hormigón y el acero, siguió dialogando con el clima a través de la orientación, la forma y la fachada.
Todo ello cambia tras la Segunda Guerra Mundial, con la popularización del aire acondicionado y la calefacción central. Llevando a las dos fases siguientes: una arquitectura mecánica independiente del entorno, que deja el confort interior en manos del consumo energético, y la mal llamada “arquitectura sostenible”, “cuya obsesión por la eficiencia y el control nos alejó definitivamente de nuestro entorno natural”.
Hemos pasado de construir aprovechando la naturaleza a hacerlo ignorándola o incluso contra ella. De los puentes vivientes de los Khasi en la India, que no solo sobreviven al monzón, sino que se refuerzan con él, porque “su diseño no resiste la naturaleza sino que es parte de ella”, hemos pasado a “la jungla de cristal”, que nos aísla de lo que pasa ahí fuera y nos hace dependientes del consumo de energía.
Es como si en la batalla contra la naturaleza nos hubiésemos atrincherado en nuestros castillos, en nuestra matrix desde la que podemos desentendernos de los efectos de nuestra presión sobre los ecosistemas. Porque ya pasamos más del 90 % de nuestra vida en interiores. Tanto que Francisco habla de “la gran migración” del ser humano: desde el exterior al interior de los edificios.
No nos damos cuenta que aislarnos del exterior nos debilita, como a los girasoles sin sol o a los árboles sin viento. Porque la cercanía de la naturaleza mejora nuestra salud.
La naturaleza no tiene precio
E.M. Schumacher añadía un agravante en esta batalla. Y esta vez la culpa es de los economistas, al dar por supuesta la aportación de la naturaleza a los modelos de producción y no valorar su contribución en términos económicos. Porque lo que no se valora, no se protege.
La naturaleza nos presta unos servicios de ecosistema que “nos salen gratis”. Incluyen desde la regulación del clima y las lluvias hasta la preservación de la biodiversidad. En el caso del Amazonas se estiman en 3 trillones USD, 30 veces el valor de las actividades de los grileiros que siguen a la deforestación.
El economista Ralph Chami ha difundido el uso de estas técnicas de valoración, que estiman cuánto vale una ballena en millones de dólares, o las praderas oceánicas en trillones. Lo que avala la creación de mercados de créditos de carbono que aseguren su protección por pura racionalidad económica.
Poner precio a la naturaleza es una forma de recordarnos que no es gratis. Y que preservarla sale a cuenta. Que es un bien escaso que presta servicios fundamentales para nuestra salud y bienestar. Y que si queremos asegurar su abundancia no podemos seguir ignorando su valor.
Valoración que puede abrir el camino a una economía que proteja, en lugar de ignorar, su contribución. Que prevenga incendios, regenere el suelo y los océanos, baje la temperatura de las ciudades, mantenga la biodiversidad… Que abra nuevas oportunidades de empleo a la vez que imponga costes a quien la deteriore.
Elegir bando
“Monetizar la naturaleza” para recoger su auténtico valor económico puede ser parte de la solución. Pero no es suficiente, dado el alcance y urgencia de la batalla. Incluso puede ser una ruta arriesgada según como se defina el sistema. Planteando dudas como las que expresa Cory Doctorow: “no puede ser que el camino para salvar el planeta tenga que pasar por Goldman Sachs”.
Un simple análisis coste-beneficio lleva a conclusiones rotundas. Como el aumento de fenómenos meteorológicos extremos está demostrando, luchar contra la naturaleza es una batalla que no podemos ganar. Es una fuerza exponencial tan poderosa que no somos capaces de dominarla, pese a la creciente rivalidad de ese nuestro invento también exponencial que es la tecnología.
Que alinear naturaleza y tecnología es mucho mejor que contraponerlas es la gran lección que puede hacer de esta nueva era que llamamos Antropoceno una historia con final feliz. Que ese hombre solitario que tiene que enfrentarse a su inmensidad deje de comportarse como el cobarde envalentonado que se siente amparado por sus inventos, y se dé cuenta de lo indefenso que está sin ellos. Pero también de lo bien que pueden sumar ambas fuerzas exponenciales.
La naturaleza cuenta además con otro tipo de superpoderes. Más en clave de seducción, como demuestra su mano de artista. ¿Quién si no podría crear una criatura tan increíble como el pavo real, o proporcionarnos una variedad tal de frutas en colores, sabores y aromas? Superpoderes tales que incluso está demostrado que son terapéuticos.
Queremos esos poderes en nuestro bando, no en manos del enemigo.
La belleza del armisticio
Una tregua es necesaria, pero insuficiente. Necesitamos un armisticio. Paremos la guerra contra la naturaleza. Esa guerra contra nosotros mismos.
Y el que tenga dudas, que deje su trinchera y pruebe. Hay que salir y disfrutarla. Llenar nuestra vida de naturaleza.
Que viene con buenas noticias. Porque la naturaleza no es vengativa, La naturaleza es generosa y nos devolverá con creces lo que le demos. Aunque tenemos que llegar a tiempo, antes de cruzar límites irreversibles.
Recordando a Jane Goodall, la esperanza puede vencer:
Con tiempo y ayuda, la naturaleza siempre puede regresar. Puede que no parezca la misma, pero las cosas pueden volver a ser bellas.
* El título de este post está inspirado por la canción “Contra la Naturaleza” de Décima Víctima, uno de los grupos más injustamente olvidados de la Movida (si quieres una prueba, escucha “Más lejos”). Me ha estado sonando de fondo mientras escribía este post, tal vez también quieres que te acompañe.



