Bien sabían los antiguos griegos que los dioses nos cuidaban. Por eso nos colocaron en este paraíso gracias a un equilibrio entre la Tierra y el Sol.
Como al principio de los tiempos la Tierra era demasiado fría, decidieron añadirle una sábana protectora, a cuyo efecto los científicos llamarían “efecto invernadero” milenios más tarde.
A -18ºC de temperatura media global, la Tierra no resultaba un buen lugar para la humanidad, pero mediante unas cuantas leyes físicas, consiguieron que la atmósfera retuviera parte de la energía que llegaba del sol, lo que añadía 33ºC más de temperatura, para alcanzar los 15ºC que se ajustaban mejor a la especie humana.
Lo que mantenía ese equilibrio eran los “gases de efecto invernadero”, que dirían los científicos milenios más tarde, entre los que el que mayor peso tenía era el CO2. Gracias a que guardaban proporciones estables entre lo que generaba y capturaba la actividad de la naturaleza bajo los rayos del sol.
Era un buen lugar para vivir. Sin grandes lujos pero disfrutando de la energía del sol y del viento, que se formaba como consecuencia de su efecto en las masas de aire. Éramos capaces de secar al sol la ropa tendida.
Entonces apareció Prometeo. Un titán que empatizaba tanto con la humanidad que decidió hacernos un regalo, y nos entregó el fuego que robó a los dioses.

Como castigo, Zeus le encadenó a una roca en las montañas del Cáucaso, donde todos los días un águila descendía para devorarle el hígado.
Zeus también se vengó de la humanidad enviando a Pandora, portando una caja que liberó todos los males del mundo, dejando solo la esperanza en su interior.
Agradecidos por el regalo de Prometeo e indiferentes al mensaje de Zeus, nos aficionamos a quemar cosas y vimos que nos daban luz y calor.
Como la madera. Que, gracias a la fotosíntesis, guardaba energía resultado de la luz solar almacenada en forma de carbono.
A la energía directa del sol, añadimos la que producía el fuego, que, al quemar el carbono, liberaba la que había capturado la naturaleza. Y cuya combustión permitía no pasar frío, cocinar caliente y hasta fabricar utensilios. Con más energía se vivía mejor.
Pasaron cientos de miles de años. En los que el fuego nos acompañó. El resultado de la combustión concentraba mucha más energía que el sol y no teníamos que depender de sus horarios.
Tanto nos gustaba el fuego que acabamos descubriendo nuevos materiales que quemar. Llegaron los hidrocarburos: carbón, petróleo y gas. Con tanta densidad energética, que nos permitieron hasta montar una revolución industrial.
Porque estos combustibles fósiles también contenían energía solar almacenada. Durante cientos de millones de años. Como el “sol de Andalucía embotellado”. Mucho más carbono que quemar.
Descubrimos que podíamos contar con miles de “esclavos energéticos” que hiciesen realidad todos nuestros sueños materiales y la energía impulsó el crecimiento económico. El mundo se volvió un lugar más confortable para la humanidad. Todo pasaba mucho más rápido.
Hasta dejamos de tender la ropa porque podíamos usar secadoras. Y descubrimos que siempre queremos más.
Tanto usamos el fuego que nos olvidamos que era un regalo robado a los dioses. Pero quemar tanto carbono, liberando todo el sol embotellado durante millones de años, podía traer otras consecuencias.
El equilibrio del invernadero se alteró con tanta emisión de CO2 y otros gases como el metano. Aquellos “gases de efecto invernadero” se amontonaron en la atmósfera, convirtiendo aquella fina sábana tan bien diseñada por los dioses en una manta zamorana que retenía demasiado calor.
La Tierra empezó a convertirse en un lugar peor para vivir, en el que cada año era más caluroso, por encima de los 15ºC en los que habíamos prosperado. Y aunque quisimos poner límites, como el 1,5 °C del acuerdo de París, los superamos. Y aprendimos que, si seguimos jugando con fuego, podemos excederlos mucho más.
Los científicos lograron explicarlo en PPM, o “partes por millón”: por cada millón de moléculas de aire, cuántas son de CO2. Que, aunque parezcan cantidades insignificantes, son de las que depende el grosor de la sábana, ya convertida en manta, del efecto invernadero:
Desde los tiempos de Hesíodo, la fuente más antigua del mito de Prometeo, hasta nuestros días, habíamos pasado de los 275-285 ppm, prácticamente invariables durante 2500 años, al nivel de los 430 ppm en 2025, con un crecimiento que empieza con el inicio de la revolución industrial, se acelera de forma considerable en las últimas décadas, y se dispara desde que comenzó el siglo XXI.
Habíamos abusado del fuego y nos habíamos olvidado del sol. Aquel regalo arrebatado a los dioses venía sin manual de instrucciones. Sin prevenir de sus riesgos.
Entonces buscamos la caja de Pandora para rescatar la esperanza. Y, tras guiñar el ojo, nos dijo sólo tres palabras: mira al sol.
Porque el sol seguía ahí. Sin intermediarios. Con mucha más energía de la que necesitamos. Se calcula que la energía solar que recibe el planeta en cinco días es suficiente para cubrir todas las reservas de combustibles fósiles conocidas.
Sólo necesitábamos aprender a aprovecharla directamente y almacenarla. Y apenas acabamos de empezar. Cada día lo haremos mejor.
Tenemos que aprovechar ese disco enorme que hace que el cielo se ponga azul y genera energía gratuita todos los días. Que además impulsa al viento. Volver a tender la ropa sin necesidad de que algo se queme para que se seque. Y recuperar el equilibrio de nuestro invernadero.
Y, agradeciéndole los servicios prestados en todos estos años, ser más cuidadosos con el fuego. Y con los regalos que vienen sin manual de instrucciones.



