Dicen algunos de los que contraponen desarrollo y clima que el plástico es uno de los inventos que más ha hecho por salvar la naturaleza. Y cuantifican su argumento en número de elefantes.
Conforme a Michael Shellenberger, autor de “No hay apocalipsis”, a finales del siglo XIX Europa y USA consumían alrededor de novecientos mil kilos de marfil al año o, en otras palabras, unos 160.000 elefantes. Empujada por la demanda de bolas de billar y teclas para los pianos, se llegó a temer por la disponibilidad de marfil asequible y por el propio futuro de los elefantes.
Hasta que llegaron el celuloide y los plásticos como material sustituto y permitieron fabricar muchas más bolas de billar y pianos sin necesidad de cazar elefantes.
De forma similar, el mismo autor relata que “fue la codicia, y no Greenpeace, quien salvó a las ballenas”, cuando el petróleo sustituyó al aceite de ballena, que gozaba de gran adopción ya que “alumbraba más que las velas y era más limpio que la combustión de leña”.
Porque, siguiendo el argumento, el plástico y el petróleo son lo más ecologista del mundo, al haber salvado a elefantes y ballenas.
Pero el plástico y el petróleo no se limitaron a sustituir el consumo de recursos naturales. No habría habido suficientes elefantes y ballenas en el mundo para atender lo que vino después. Según estos nuevos materiales se fueron abaratando, sus usos se multiplicaron para atender usos de lo más diverso, desde instrumental quirúrgico y sanitario, difícil de elaborar de otra forma, hasta todo tipo de envases y embalajes de un solo uso, muchos de difícil justificación.

Siempre queremos más. Como los usuarios más egoístas del aire acondicionado, que lo utilizan por defecto para no salir de su burbuja de confort de temperatura, constante a lo largo del año, cuando podrían abrir la ventana o bajar el toldo durante buena parte del día.
Tenemos una tendencia a siempre querer más de todo aquello que se nos ofrece. Tendencia en la que se basa el sistema que habitamos. Y que responde a una ley económica.
La paradoja de Jevons
En el siglo XIX, el economista inglés William Stanley Jevons, preocupado por la disponibilidad futura de carbón para impulsar la revolución industrial, observó que las mejoras en tecnología que aumentaban su eficiencia no llevaban a reducir su consumo, como inicialmente podría haberse esperado, sino todo lo contrario.
De ahí el nombre de “la paradoja de Jevons”: Al reducirse el precio del carbón, se abarató la producción del hierro, lo que estimuló la demanda de sus productos y por tanto la del carbón. Y así en bucle.
También conocida como “la maldición de la eficiencia”, la paradoja de Jevons es una manifestación del llamado “efecto rebote”, por el que un menor precio lleva a un mayor consumo, pero de forma extrema, al superar el nuevo nivel de consumo al original.
Paradoja que resulta muy poderosa cuando hay necesidades insatisfechas, al escalar la producción hasta hacerla accesible a mucha más gente. Pero que puede acabar obligando a crearlas si ya están cubiertas.
Lo que probablemente no se imaginaba Jevons es que su paradoja se iba a convertir en una pieza fundamental para entender nuestra economía. Así lo resume Nicolás Dorronsoro:
La paradoja de Jevons es intrínseca a la lógica del sistema capitalista. El sistema está orientado a la acumulación, el beneficio y la expansión sin fin, lo que convierte cualquier ganancia de eficiencia en un motor para un mayor consumo agregado de recursos. Las mejoras en la eficiencia energética reducen el costo efectivo de los productos, lo que impulsa la economía en general y expande el uso total de energía. Esto perpetúa el crecimiento continuo y el consumo infinito de recursos en un planeta finito.
Maria Alvarez da un paso más: Vivimos en un sistema que lleva siglos creciendo gracias a lograr mejoras de productividad para vender más cosas a más gente. Y su mantenimiento depende de que no se pare el consumo. Que resume sobre el símil infantil de los 5 dedos de la mano de los que 4 fríen un huevo y el gordo se lo come todo (vale la pena seguir su relato original):
Por muchos huevos que frían los productores, si no tienen más consumidores a los que vendérselos, sólo caben dos desenlaces: o baja el precio de los huevos fritos y el gordito se come cuatro por el precio de uno, o los huevos sobrantes acaban en la basura porque no hay consumidores para ellos.
Porque el sistema necesita de la paradoja de Jevons para sobrevivir. Si se para la demanda, ¿para qué seguir produciendo, por mucho que se incremente la eficiencia? Como en el baile de las sillas, si no tienes donde sentarte, el juego para ti se acabó.
Cuando Jevons se encuentra con la IA y la energía
Nadie lo sabe mejor que los profetas de la Inteligencia Artificial, que necesitan justificar las valoraciones trillonarias de sus compañías por una explosión de la demanda: Si el precio es lo suficientemente atractivo, la demanda de IA se disparará. Hipótesis que ha convertido a SpaceX en la mayor salida a bolsa de la historia (con permiso de sus planes de conquista de Marte).
Algunos, como Satya Nadella, CEO de Microsoft, no han dudado en invocar a Jevons como santo patrón:
¡La paradoja de Jevons contraataca! Según la IA se vuelva más eficiente y accesible, veremos dispararse su uso, y se convertirá en una commodity de la que nunca tendremos suficiente.
Paradoja que ya se está cumpliendo en el precio y consumo de tokens, unidad de medida de las ventas de IA. Como observa Skander Garroum de The Climate Drift:
Si los centros de datos aumentan su eficiencia por cálculo, el coste del cálculo caerá, y, al hacerlo más barato, atraerá más demanda, que llevará a usar más ordenadores, y por tanto aumentará el consumo total de energía.

Una vez más, todo acaba en la energía, que, gracias a la transición energética hacia la electrificación y las renovables, es la gran esperanza contra el cambio climático. Porque dicha transición supone en sí misma triplicar la eficiencia de los combustibles fósiles, lo que debería ser suficiente para jubilarlos y limitar el calentamiento que provocan las emisiones de CO2.
Pero en el debate entre magos del green growth y profetas del degrowth sobre si el crecimiento se puede desacoplar de las emisiones, el elefante en la habitación es Jevons. ¿Se convertirán estas mejoras de eficiencia en reducciones efectivas del consumo energético? ¿O serán cubiertas por un mayor consumo de energía, que no sólo reduzca sino que incremente la producción total? ¿Y si, como apunta Fressoz en “More and more and more”, no nos encontramos ante una transición, sino ante una acumulación energética?
Escapar de la maldición
De lo que tenemos que ser conscientes es que el sistema necesita a Jevons para seguir funcionando. Y siempre nos va a ofrecer más.
Aunque no necesitemos más, el sistema sabe cómo hacer que lo queramos, en un juego sin fin. Su moneda es el status. Lo ilustra Will Storr en The Status Game. En el resumen expresivo de Sergio San Juan:
No importa desde qué lugar de la jerarquía leas esto: quieres más estatus. Cuando lo consigas, querrás más. Después querrás más, y más, y más, y más… Nunca será suficiente.
Porque una vez cubiertas las necesidades básicas, no es tanto lo que necesitamos. Nos lo recuerda Vaclav Smil: “el efecto del consumo energético en la calidad de vida se desvanece a un nivel de consumo energético muy inferior al de los países ricos”. Como lo demuestra que siendo USA el país con más consumo no sea el que mayor felicidad o bienestar tiene.
Necesitamos un modelo de crecimiento que aproveche las bondades de la paradoja de Jevons sin convertirla en maldición. En el que el plástico se utilice cuando sea racional. En el que no consumamos toda la energía que nos ofrecen. En el que aprendamos a gestionar tanta abundancia. En el que podamos decir basta. Tiene que haber otra forma.
Decía Lao Tzu que “aquel que sabe que suficiente es suficiente siempre tendrá suficiente”. Aunque queramos más, necesitamos menos.



👏👏👏
Así es, hacer algo más eficiente no garantiza consumir menos. En arquitectura se ve con claridad. Podemos mejorar aislamientos y sistemas de climatización, pero si construir de forma más eficiente nos lleva a construir más en términos absolutos, el ahorro desaparece por el camino.
Como dices, la clave está en evitar que cada mejora técnica se convierta en una invitación a consumir más. No se trata solo de diseñar edificios, ciudades o sistemas que gasten menos, sino también hábitos y culturas que necesiten menos. Gracias, José María.