La mayor habilidad es derrotar al ejército enemigo sin tener que entrar en batalla
Sun Tzu
Uno de los titulares más destacados del último COP fue un desplazamiento del foco de la mitigación a la adaptación. Esto es, de la prevención a la cura, aplicadas a la estrategia contra el cambio climático.
No es un fenómeno aislado. Va a más, y se puede observar desde en líderes respetados a simpatizantes de los mercaderes de la duda. La adaptación también ha subido su peso en las tesis de inversión de los fondos, junto a la eficiencia energética. Como soluciones comúnmente aceptadas, que no encuentran resistencias ni oposición.
Parece natural que cada día se hable más de adaptación, ya que el cambio climático sigue avanzando cada día y requiere respuestas para defendernos. Lo que requiere hacer uso de la adaptación en sus dos facetas: preparando el territorio para evitar futuras desgracias, y reconstruirlo allí por donde ya han pasado.
Lo que parece menos natural es que dicha inversión en adaptación, que resulta necesaria, se defina en contraposición a la mitigación, que paradójicamente es lo único que puede evitar que la necesidad de adaptación siga y siga creciendo.
¿Por qué está ocurriendo esto? ¿Es otra señal del signo de los tiempos contradictorios que nos han tocado? Nicolás Dorronsoro, en su muy recomendable newsletter “Hablando con Juan”, da buenas pistas:
En nuestra sociedad la adaptación es un producto de mucha más fácil venta que la mitigación. Adaptarse es reconocer que los impactos del cambio climático antropogénico ya están aquí (lo sabemos desde hace veinte años), que son graves, que van a ser cada vez peores, y que por ello debemos hacer todo lo posible para minimizar sus impactos.
Pero mitigar es un producto mucho más difícil de vender en un sistema económico construido sobre los combustibles fósiles, y que sigue acoplado a ellos. Y sobre todo, mitigar implica cambiar. No estamos dispuestos a cambiar.
La mitigación tiene dos problemas: que no luce y que la adaptación es mucho mejor negocio.
La mitigación no luce porque es difícil mostrar lo que se ha evitado. Nos preocupan las inundaciones e incendios que sufrimos pero no los que hemos prevenido, que son invisibles. Nadie celebra lo habitual, porque lo damos por hecho. Y aunque sepamos que si no actuamos no va a seguir siendo así, nos cuesta visualizarlo. No vemos las catástrofes de las que nos hemos librado.
De hecho, hay un apartado de la adaptación, el que construye protecciones contra las catástrofes, que también participa de esta prevención no siempre reconocida. Pero que no deja de venir forzado por no haber sido capaces de atajar el problema de raíz y evitar que el cambio climático haga que estas catástrofes sean cada vez más y más dañinas.
Además, la adaptación es mucho mejor negocio. Como, con ironía, compartía de nuevo Nicolás Dorronsoro en relación a mi post sobre el egoísmo del aire acondicionado, los veranos cada vez más calurosos son una gran oportunidad para la industria de la climatización. En palabras textuales del World Bank, “Extreme heat = Extreme opportunity”.
¿En qué consiste la adaptación? En construir y reconstruir. En infraestructuras y grandes obras de protección y restauración. Muros que nos protejan. Hormigón, acero, ladrillos… Lo que es muy bueno para que suba el PIB. Para los que cuentan el progreso en unidades como el acero per cápita. Y para muchas cuentas de resultados.
Puestos a buscar un símil, las guerras son también buenas para el PIB tal como lo medimos. Tanto que reconstruir lo destruido es una gran oportunidad para crecer la economía. Desde ese ángulo, el cambio climático no deja de ser una gran guerra.
Citando a Sun Tzu, la mejor manera de ganar una guerra es cuando se derrota al enemigo sin entrar en combate. No hay mejor guerra que la que se evita, aunque no luzca.
Su traducción a la lucha contra el cambio climático es la mitigación. Una estrategia kaizen: hacer las cosas bien a la primera, en lugar de esperar a que se produzcan los errores que ya conocíamos para corregirlos. Evitar la guerra antes de que se desencadene. Pero parece que somos más de construir y derruir, coherente con un mundo de usar y tirar.
Lo que es mejor para todos puede ser un peor negocio para los intereses creados, felices de incentivar y participar en la difusión de esta lógica de adaptación por encima de todo, que además es mucho más masticable para el público general.
Porque, a diferencia de la adaptación, que nos suele llegar de forma inevitable, la mitigación supone parar la fiesta. Dejar de hacer cosas y cambiar hábitos. Reconocer que hay que desengancharse del sistema que nos ha traído aquí y que necesitamos otro tipo de fiestas.
Pero nadie quiere parar. Nadie quiere renunciar. Nadie quiere cambiar. Nadie gana dinero parando la Fiesta. Y en el fondo todos piensan: “Alguien vendrá que nos sacará de esta”.
Si las catástrofes proliferan cada vez más, no habrá cantidad de adaptación suficiente para pararlas. Sólo la mitigación podrá. Y eso podemos hacerlo ahora, no entonces. No podemos esperar. Nos jugamos que en el futuro tengamos buenas fiestas.


