A veces pensar cómo estaríamos hoy si las cosas hubiesen sido diferentes es la mejor forma de pensar de forma diferente. La entrega de hoy, cara B del post “Nueva Europa”, juega a eso. Tomando conceptos del “Tiempo de Futuros” de David Alayón, caminando “entre la protopía y la ucronía”.
Cuando Trump decidió atacar Irán en febrero de 2026, no era consciente de cómo su acción iba a cambiar el futuro del planeta.
Animado por su rápida victoria capturando a Maduro, debió verse capaz de lograr un golpe similar contra el régimen de los ayatollahs, sin prever la resistencia que encontró y un jaque mate como cerrar el paso de combustibles fósiles por el estrecho de Ormuz, afectando a una quinta parte de la producción global de petróleo y gas natural licuado, y desencadenando una subida drástica de sus precios.
En un entorno económico todavía muy dependiente del consumo de combustibles fósiles, pese a su efecto probado sobre el calentamiento global, provocó una escasez y mayores precios con gran impacto para la economía mundial. Sin embargo, en esta situación surgió un ganador inesperado: Europa.
¿Cómo consiguió Europa pasar del desgaste continuado hace una década, cuando parecía incapaz de seguir el paso a USA y China, a salir reforzada de una de las mayores crisis en lo que iba de siglo?
Cómo empezó todo
Todo comenzó tras el acuerdo de París de 2015, en el que Europa jugó un papel importante liderando una acción coordinada mundial contra la evolución exponencial del cambio climático. El éxito obtenido, unido a la evidencia de que Europa era, de hecho, el continente más amenazado en el corto plazo por su evolución, fue una chispa que desencadenó un cambio.
Lejos de paralizarse por la amenaza climática, la urgencia de una solución enmarcada en el objetivo de cero emisiones en 2050 movilizó a los europeos a empujar un modelo alternativo en clave de esperanza. En un momento en que el propio proyecto europeo parecía cuestionado, con eventos como el anuncio del Reino Unido de celebrar el referéndum del Brexit, la lucha contra el cambio climático proporcionaba un nuevo motivo de cohesión, al convertirse en el punto de partida para definir una nueva visión para el futuro que ilusionase.
Visión que encontró un amplio respaldo social, cruzando generaciones, fronteras e ideologías. Desde los europeístas más veteranos que veían una nueva misión consistente con los motivos fundacionales de la Unión Europea hasta los jóvenes que cada vez mostraban más inquietud por cómo el cambio climático afectaría a su futuro.
De forma casi espontánea, surgió entre la sociedad civil una nueva sensibilidad compartida de que este era un reto importante que valía la pena. Se empezó a hablar de los “nuevos europeos”, porque su visión combinaba lo mejor de la tradición del continente con la innovación necesaria, tanto en tecnología como en modelos de sociedad y consumo, para hacerla realidad.
Trascendían fronteras, y no negaban que, para superar la amenaza climática, haría falta un mayor esfuerzo colectivo y la renuncia a los componentes más superfluos de la economía a los que nos habíamos acostumbrado. Incluso citaban el «no tengo nada que ofrecer sino sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor» de Winston Churchill.
Cuando en junio de 2016 se produjo el referéndum del Brexit, los británicos votaron por su permanencia, con una mayoría superior a lo que indicaban los sondeos. Los expertos lo atribuyeron a la emergencia de los “nuevos europeos” y su proyecto común para Europa, que había despertado la esperanza, particularmente entre los más jóvenes.
Ese hito fue el detonante para que los “nuevos europeos” pasasen de movimiento espontáneo a convertirse en la fuerza que impulsó un liderazgo europeo integrado durante los siguientes años. A los jóvenes e idealistas que empezaron lanzándose a la calle e ideando cómo podía ser ese futuro, se fueron incorporando el resto de la sociedad con acciones concretas, incluidos los profesionales y líderes de opinión más respetados en cada país, movidos por una idea que trascendía las fronteras de su país e incluso las de Europa.
Transformación como oportunidad
Estos “nuevos europeos” renovaron el nivel de ambición de la Unión Europea y cambiaron las reglas de decisión, recuperando parte de la agilidad, dinamismo e ilusión que había perdido en los años anteriores. Pero fue un proceso gradual que tuvo que ir venciendo retos sucesivos.
El cambio climático se convirtió en el gran motor de muchas de las grandes decisiones de esta nueva política europea. Tanto líderes como sociedad se dieron cuenta de que combatir este reto existencial no era sólo una necesidad, era la mayor oportunidad de prepararse para un futuro que iba a requerir una transformación completa de la economía, la producción y el consumo. Para el que Europa, con su enorme pool de talento y educación, podía estar especialmente bien preparada.
Por eso muchas de sus primeras medidas se centraron en incentivar la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero, para lo que Europa ya contaba con una base: El ETS, un mercado de derechos de emisión, basado en incentivos a los fabricantes, a modo de “palos y zanahorias”, que reducían los costes de los que eliminaban emisiones de sus procesos y los aumentaban para los que no.
En paralelo, una sociedad civil comprometida con estos cambios reaccionaba con interés a acciones de educación y adopción de hábitos, que incluían el uso de nuevas tecnologías de bajas emisiones, la moderación del consumo y la economía circular.
Pese a avances como el crecimiento del consumo de energías renovables, la velocidad no parecía suficiente. Y el proceso encontró la resistencia de aquellos incapaces de transicionar con la suficiente rapidez. Se quejaban de que el sistema no les protegía frente a la competencia internacional, que no sufría sobrecostes, y de las conductas fraudulentas que desviaban u ocultaban emisiones.
El modelo se fue perfeccionando para hacer frente a estos retos: Reforzó los elementos de incentivo, para fomentar el desarrollo de “campeones” que se veían recompensados al reducir sus emisiones. Y complementó dicho esquema para las importaciones, mediante un arancel que se denominó CBAM, que suponía una mejor posición en el mercado para cualquier negocio que avanzaba en la descarbonización, fuesen empresas del continente o negocios internacionales que querían acceder a los consumidores europeos.
Europa seguía avanzando hacia el objetivo de convertirse en una sociedad con crecimiento sostenible sin emisiones. Pero llevaba tiempo y los esfuerzos corrían el riesgo de acabar percibidos como algo eminentemente técnico y desconectado de la ciudadanía. ¿Se necesitaban cambios de mayor envergadura?
La “revolución fiscal”
Entonces llegó la “revolución fiscal”, inspirada por la idea de adecuar los impuestos al coste real que cada elemento tenía sobre la sociedad, y de esta forma impulsar en paralelo la transición energética y el consumo responsable.
Inspirados por el pionero de la economía circular Walter H. Stahel, los nuevos europeos intentaron hacer realidad su propuesta de “eliminar las tasas sobre recursos renovables y costes de personal (la mano de obra es un recurso renovable), y gravar, en cambio, cosas que no queremos, como el consumo de recursos no renovables, los residuos o las emisiones”.
Era la base para un círculo virtuoso en el que los propios precios facilitasen las decisiones de consumo e inversión del sistema, con dos componentes fundamentales:
Los impuestos sobre el consumo se eliminaban en las categorías con externalidades positivas y subían en las de impacto negativo.
Los costes de los factores de producción de las empresas se alteraban, al abaratar de forma radical recursos como las energías renovables y la mano de obra, lo que empujaba a desarrollar innovaciones que aprovechaban estos nuevos costes relativos por recurso.
Dado lo radical de los cambios, se apostó por una aplicación progresiva para ir graduando la adaptación de oferta y demanda y el equilibrio fiscal de la propia Unión Europea. En particular preocupaba equilibrar las reducciones en los tributos sobre personal con la financiación del sistema, que se resolvió destinando parte del tributo que se iba reduciendo a la creación de un plan de pensiones de capitalización para cada empleado y constituyendo un fondo soberano para ir cubriendo las cotizaciones históricas.
Pronto se vieron sus efectos sobre oferta y demanda: Los europeos que compraban su primer automóvil o se instalaban en su primera vivienda elegían coches y calefacciones eléctricas, cuyo coste de mantenimiento era ridículo comparado con el de la gasolina o el gas. Buena parte del equipamiento pasó a venir de proveedores locales, al ajustar el valor de factores como la mano de obra y el coste de transporte. Y cuando se estropeaba la lavadora ya no se veían obligados a comprar una nueva fabricada en China. Salía mucho más a cuenta la reparación.
No fue un proceso suave. Muchos productos bajaron de precio, pero otros subieron. Fue clave la complicidad de unos consumidores concienciados, que, al aumentar su demanda, hicieron los productos favorecidos por la revolución fiscal aún más baratos. Pero también ayudaba a los importadores que se adecuaban a las condiciones del CBAM. Como China, líder en la producción a escala de productos que resultaban tan necesarios como placas solares o coches eléctricos.
Como en cualquier cataclismo, no faltó cierta tensión entre ganadores y perdedores. Particularmente entre las industrias más perjudicadas por estos cambios. No todos los fabricantes de automóviles eran capaces de evolucionar hacia modelos eléctricos, ni toda la industria textil hacia la moda local fabricada para durar.
Consolidación del modelo
Entonces llegó el COVID que encerró al mundo. Y Europa no fue menos. Tras varios meses concentrados en hacer frente a la epidemia, logro en el que la investigación europea jugó un papel importante, una conciencia reforzada sobre la vulnerabilidad a fenómenos naturales impulsó una renovación del respaldo social al plan de transformación de los “nuevos europeos”. Lo que resultó oportuno en un momento en el que se acentuaba el descontento de aquellos con dificultades para adaptarse a los cambios drásticos impulsados por la “revolución fiscal”.
Manteniendo la premisa de que lograr un crecimiento sostenible no sólo era necesario para asegurar un futuro mejor, sino la mayor oportunidad para Europa, se avanzó en consolidar el modelo. Con la idea clave de que era necesario acelerar más aún el ritmo de transformación, lo que requería reinventar la economía europea en clave de “destrucción creativa”, y seguir abiertos a las innovaciones procedentes del resto del mundo, evitando el “not invented here”.
Para completar el modelo, se tomaron medidas en el ámbito económico, social y normativo, que impulsasen la innovación y su adopción por la sociedad civil.
Se completó el nuevo modelo de pensiones y fondo soberano resultado de la “revolución fiscal” añadiendo incentivos a la inversión en soluciones contra el cambio climático. Los ciudadanos europeos pasaron así a contar con un plan de pensiones más solvente, parte del cual estaba invertido en las empresas de mayor crecimiento e impacto positivo del continente. A su vez, estas se beneficiaron de un impulso decidido a la ciencia europea.
En paralelo, se acometieron reformas institucionales para agilizar el funcionamiento de Europa frente a la “euroesclerosis”. Se actuó contra la sobreregulación, reduciendo costes y operativa para sociedades y ciudadanos en toda la Unión. Y se impulsó una reinvención de la función pública, cuyos incentivos pasaron a depender de eliminar obstáculos e impulsar iniciativas de innovación y simplificación.
Europa empezó a destacar en las tecnologías sin emisiones. Desarrollando gradualmente sus capacidades en dispositivos fundamentales en la transición energética como placas solares y baterías (y en general en todo lo que se conoce como “electrotech”), aportando innovaciones como el uso de químicas alternativas y modelos de explotación circular. Liderando otras tecnologías alternativas, gracias a que los laboratorios científicos europeos pudieron llevar sus innovaciones al mercado más rápidamente, particularmente en áreas como la captura y utilización de carbono, incentivada en buena medida por las reglas del ETS y el CBAM, o el desarrollo de nuevos materiales, que reducían residuos y extracción de recursos.
Las ciudades europeas se convirtieron en el escenario ideal para la aplicación de nuevas tecnologías combinadas con modelos de consumo responsable. Un joven en cualquiera de las principales capitales podía vivir en un edificio rehabilitado con huerto y placas solares en la azotea, climatización eléctrica y baterías comunes que permitían que todo su consumo energético fuese renovable, y todo tipo de recursos compartidos, desde “librerías de cosas”, donde podía recoger un taladro cuando lo necesitaba, hasta talleres donde podía reparar cualquier dispositivo. Utilizaba transporte público y compartido, en unas ciudades en las que se había reducido el tráfico y recuperado la calle para los peatones. Y cada vez generaba menos basura, al existir alternativas duraderas o biodegradables a los envases de un solo uso.
Nueva posición en el mundo
Estando inmersa en esta transformación, un nuevo cataclismo sacudió Europa cuando Rusia invadió Ucrania en 2022. Además de una amenaza territorial, era un ataque a los valores europeos que Ucrania había elegido. Europa rápidamente se alineó con el país invadido, junto a su aliado USA.
La política energética e industrial europea, que todavía era parcialmente dependiente del gas ruso, reaccionó de forma inmediata. Europa cortó todo suministro y aceleró la transición a energías renovables y alternativas. Incluida la energía nuclear, dando fin a un viejo debate.
La invasión también llevó a Europa a reforzar su relación con otros países con modelos similares, en particular con los que ya se había intensificado gracias al CBAM, consolidando relaciones comerciales que reforzaban el desarrollo y adopción de tecnologías y energías limpias.
Pero en 2025 se produjo un fenómeno que cambió radicalmente las bases del proyecto europeo en los últimos 80 años, con la segunda presidencia de Trump, que no sólo negaba el cambio climático, y por tanto cualquier estrategia destinada a su mitigación, sino también su apoyo a Europa como aliado fiel e incondicional.
El proyecto de Trump también afectó a dos pilares básicos del proyecto USA: su apertura como imán de talento del mundo, y su compromiso con los valores de libertad e igualdad de oportunidades que le habían hecho prosperar.
Tras la enorme decepción inicial, Europa se dio cuenta que estaba particularmente bien posicionada para ocupar ese vacío de referencia mundial en valores y oportunidades que había quedado vacante. Aprovechando el poder de atracción de la calidad de vida del modelo europeo, ahora reforzado por un proyecto de futuro y un modelo de crecimiento ágil y sostenible, el continente se convirtió en el nuevo destino de elección, y fue capaz de atraer buena parte del talento “expulsado por Trump”, incluyendo a muchos de los mejores procedentes de China y USA.
Europa se convirtió también en un modelo al que otros quisieron asimilarse. Su avance tecnológico y compromiso moral permitieron reforzar a Ucrania y convertirla en un estado asociado de la Unión Europea, complementando sus aprendizajes en defensa.
Resultado de todo este proceso era una Europa líder en energías limpias y en nuevos modelos de consumo. Una Europa que se convirtió en una referencia en innovación en campos como energías renovables, nuevos materiales o economía circular, y en un mercado abierto a las tecnologías más prometedoras desarrolladas en cualquier lugar del planeta. En buena parte favorecido por una sociedad que había evolucionado rápidamente sus patrones de consumo hacia modelos de consumo responsable, que reducían dramáticamente las necesidades de producción. Con un esquema de precios que reflejaba el valor real de las cosas y una nueva mentalidad de ahorro que contribuía a la inversión en innovación local.
De vuelta a Ormuz
Por eso, cuando los precios del petróleo y el gas se dispararon tras el ataque de Trump, Europa se encontró en una situación de fuerza y se vio con la confianza de completar su transición energética y poder convertirse en pocos meses en una economía sin emisiones netas. No sólo se hacía realidad su visión medioambiental iniciada hace poco más de 10 años. De repente se había convertido en la economía con los costes de energía más bajos del mundo.
En plena crisis de precios de la energía, muchos países miraron a Europa como referencia, y la demanda por importar sus tecnologías y replicar sus modelos de consumo se disparó. Europa respondió con entusiasmo.
En los años siguientes, otros países como Canadá o Japón replicaron el modelo. Y todos aquellos con los que ya se venía colaborando, aceleraron su transición hacia la soberanía energética y modelos más sostenibles de consumo, inspirando a otros a seguirlos.
Las grandes potencias también tomaron nota. China, que ya había apostado decididamente por la electricidad y las renovables, se vio superada por el dinamismo europeo, y aceleró aún más su transición. Incluso USA, que con Trump había negado las virtudes de las energías renovables, reaccionó contra sus decisiones arbitrarias frente a las economías superiores de las nuevas tecnologías, cada vez más beneficiadas por las economías de escala, y acabó copiando las claves del “milagro europeo”.
Este giro estratégico trajo aires de paz. Sin demanda para sus combustibles fósiles, Rusia se quedó sin recursos para mantener la guerra contra Ucrania, y la gente se lanzó a la calle, deponiendo a Putin y abriendo un nuevo capítulo con la aspiración de parecerse a Europa e integrarse en la Unión. Algo similar ocurrió en Irán, donde el régimen de los ayatollahs se vio reemplazado por un movimiento renovador que también miraba a Europa como referencia.
De repente, algo inesperado ocurrió. La lucha contra el cambio climático empezó a arrojar resultados positivos, como consecuencia de la radical caída de emisiones, complementada de forma transitoria por las tecnologías de reducción de carbono y geoingeniería lideradas por Europa.
También pasó algo casi tan importante: el planeta tenía un nuevo proyecto de futuro distinto al juego de suma cero en que se había convertido. Sin guerras ni obsesión por que crezca el PIB. Un modelo de vida más alineado con la naturaleza y la salud. Con una visión que nos volvía a ilusionar a todos.
Y todo empezó con los nuevos europeos…
No se me ocurre mejor sintonía de cierre que “New Europeans” de Ultravox, aquí en la versión en directo de 1981, un buen recuerdo de cuando creíamos que éramos un gran continente. Es el momento de recuperar la convicción y la ambición, porque el futuro será lo que queramos…



